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Tragedias naturales y tragedias criminales

Klaus Ziegler

15 de agosto de 2026 - 12:06 a. m.

En su Poème sur le désastre de Lisbonne, Voltaire pregunta: ¿Qué crimen han cometido los niños aplastados bajo los escombros?

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A las 7:34 de la mañana de ese lunes, la tragedia surgió sin previo aviso desde lo más profundo de la Tierra. A unos cien kilómetros de profundidad, en el interior de la litosfera y en las inmediaciones de San José del Palmar, en Chocó, una masa descomunal de roca, sometida durante años a enormes esfuerzos tectónicos, cedió de repente. En cuestión de segundos, parte de la energía elástica acumulada comenzó a propagarse hacia la superficie en forma de ondas sísmicas que atravesaron la corteza a velocidades supersónicas.

Las costas occidentales de Colombia se encuentran sobre una de las grandes cicatrices geológicas del planeta: allí, la placa tectónica de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana. «Subducción» es el término técnico. El movimiento es permanente y extraordinariamente lento a escala humana: unos seis centímetros y medio por año. Pero la roca que desciende hacia el interior de la Tierra se deforma y acumula enormes esfuerzos hasta que, de tanto en tanto, alguna región cede súbitamente.

Eso fue precisamente lo que ocurrió el día de la tragedia. En apenas unos segundos, un terremoto de magnitud 7,4 liberó alrededor de ocho mil billones de julios de energía, una cantidad comparable a la de unas 125 bombas atómicas, como aquella que pulverizó Hiroshima. La energía no ascendió como una explosión que empujara la corteza desde abajo. Se alejó del lugar de la ruptura en forma de vibraciones en la roca.

Para comprender el fenómeno, podemos imaginar, de manera simplificada, que el interior de la litosfera —la capa sólida y rígida que forma la parte exterior de la Tierra— está formado por pequeños cubos de caucho perfectamente ajustados entre sí. Al comprimir uno de ellos, el cubo se deforma y, cuando la presión desaparece, intenta recuperar su forma original, como un resorte que se comprime y luego se suelta. Ese movimiento de recuperación empuja al cubo vecino; este, a su vez, empuja al siguiente, y así la perturbación comienza a propagarse. En la roca real, las deformaciones son diminutas en relación con las enormes dimensiones del medio que atraviesan, pero pueden propagarse a través de volúmenes inmensos y transportar grandes cantidades de energía sin que la materia viaje con la onda.

Las primeras en llegar son las ondas P, de tipo primario: comprimen y dilatan la roca en la misma dirección en que avanzan, como cuando damos un empujón brusco a uno de los extremos de un resorte. En las rocas profundas, pueden recorrer entre 6 y 8 kilómetros por segundo. Unos instantes después, llegan las ondas S, de tipo secundario, más lentas —típicamente entre tres y cinco kilómetros por segundo—, que, en lugar de comprimir la roca hacia adelante y hacia atrás, la hacen oscilar transversalmente, de lado a lado o de arriba hacia abajo.

Esa vibración también puede medirse por su frecuencia. Pero un terremoto no tiene una sola frecuencia, como una orquesta no produce una única nota. Las ondas P y S llegan mezclando vibraciones rápidas y lentas, y esa diferencia es fundamental. Un suelo que oscila una vez por segundo puede desplazarse varios centímetros de lado a lado; si oscila más rápidamente, el desplazamiento puede ser menor y, sin embargo, la aceleración — y con ella las fuerzas que actúan, por ejemplo, sobre las columnas de un edificio — puede ser igual o incluso mayor. El peligro no depende solo de cuánto se mueve el suelo, sino también de cuán rápido cambia de dirección.

Para entender cómo se produce el daño, podemos pensar en una edificación como un enorme péndulo. Toda estructura posee una frecuencia natural de oscilación: si la apartáramos ligeramente de su posición de equilibrio y la dejáramos vibrar libremente, tendería a oscilar a un ritmo característico, determinado, entre otras cosas, por su altura, rigidez y masa. Una casa baja y rígida tiende a oscilar rápidamente; una torre alta, mucho más lentamente.

Si el terremoto hace vibrar el suelo a un ritmo cercano al que el edificio tiende a oscilar naturalmente, cada sacudida puede reforzar la anterior. Es el llamado fenómeno de resonancia, el mismo principio por el que un niño en un columpio alcanza alturas cada vez mayores al recibir pequeños impulsos en el momento adecuado. La fuerza de cada empujón no tiene por qué ser extraordinaria. Lo decisivo es el ritmo. Por eso, dos terremotos de igual magnitud pueden causar daños muy distintos en una misma ciudad, y un solo terremoto puede afectar de manera desigual a edificios separados por unas pocas cuadras.

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El Servicio Geológico de Estados Unidos situó la ruptura a unos 107 kilómetros de profundidad, en la placa oceánica que se hunde bajo el continente 1. El terremoto ha dejado al menos 273 muertos y más de 3.800 heridos, y ha golpeado con especial dureza a Cali y Pereira 2.

Pero la cuestión más intrigante es por qué el mismo terremoto apenas causó daños menores en otras ciudades, como Medellín o Bogotá 3. La distancia explica una parte. Pereira estaba mucho más cerca de la fuente sísmica que Bogotá o Medellín y, por ello, recibió una sacudida más fuerte. Cali, sin embargo, demuestra que la distancia no basta. El hipocentro —el punto en el interior de la Tierra donde se inicia la ruptura— estaba a unos 190 kilómetros de Cali y a unos 200 de Medellín: prácticamente a la misma distancia. Pese a ello, las consecuencias fueron muy distintas. Algo tuvo que ocurrir entre la roca que se quebró y los edificios que acabaron cayendo al suelo.

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Al acercarse a la superficie, las ondas atraviesan distintos terrenos. Los sedimentos blandos pueden reducir la velocidad y amplificar determinadas vibraciones: se trata del llamado «efecto de sitio». En otras palabras, el subsuelo transforma el terremoto antes de que sus ondas alcancen la ciudad 4.

Y hay una complicación adicional: el suelo también tiene sus propias frecuencias. En Cali, algunas zonas descansan sobre materiales relativamente firmes; otras, sobre sedimentos acumulados durante milenios por los ríos que descienden de la cordillera 5. Pereira suma cenizas volcánicas, rellenos y suelos meteorizados: rocas que la lluvia, los cambios de temperatura y las reacciones químicas han ido descomponiendo lentamente hasta convertirlas en materiales más blandos y menos compactos.

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Medellín tampoco reposa sobre una losa de granito providencial, como ha sugerido cierta mitología en torno al «batolito antioqueño». El Valle de Aburrá posee depósitos aluviales —sedimentos de arena, grava y arcilla acumulados durante siglos por el río y sus afluentes— y materiales de ladera —suelo, fragmentos de roca y derrubios que han descendido desde las montañas—. Ambos pueden modificar y, con cierta frecuencia, amplificar las ondas sísmicas. La diferencia no puede reducirse a la fantasía de una Medellín asentada sobre roca firme frente a unas Cali y Pereira construidas sobre suelo gelatinoso.

Lo ocurrido fue probablemente el resultado de una combinación de factores: la dirección y la frecuencia de las ondas que llegaron a cada ciudad, la manera en que fueron modificadas por los materiales del subsuelo y, finalmente, la resistencia de las edificaciones que encontraron en la superficie 4. Determinar el peso de cada uno de esos factores corresponde ahora a los ingenieros sísmicos y a los geólogos.

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Pero la geología, por sí misma, no explica la magnitud del desastre. Los efectos de un terremoto sobre una edificación también dependen de la calidad de los materiales, del cumplimiento de las normas sismorresistentes, del mantenimiento y de la posibilidad de construir en terrenos más seguros. Una misma sacudida puede ser apenas un sobresalto en un barrio y una catástrofe unas cuadras más adelante. Los desastres naturales, por desgracia, también distinguen entre clases sociales.

Y la manera de responder a la catástrofe ya pertenece a otro ámbito: la política. Mientras Colombia contabilizaba a sus muertos bajo los escombros, su presidente aparecía ante las cámaras sonriendo, saludando y repartiendo besos con la desenvoltura de un actor que llega al estreno de Earthquake.

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La controversia no tardó en abrirse paso, incluso entre las ruinas. Desde el Palacio de San Carlos, el nuevo director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo anunció que Colombia recibiría equipos internacionales de búsqueda y rescate únicamente de cuatro países: Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador. La explicación oficial fue que esos grupos cumplían con los estándares internacionales requeridos 8.

Curiosamente, la selección se ajustó a la perfección a la nueva geografía política del Gobierno colombiano, en la que Estados Unidos y sus aliados ocupan un lugar privilegiado. Washington, no lo olvidemos, es ahora el gran protector político del nuevo presidente. Hasta para sacar a colombianos de debajo de los escombros, parece que hay que preguntarle primero al Tío Sam a quién se le puede extender la mano.

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También conviene recordar que De la Espriella adquirió la ciudadanía estadounidense tras prestar juramento de lealtad 10.

Hagamos aquí un paréntesis y, por un momento, ensayemos el experimento mental de invertir los nombres. Supongamos que Iván Cepeda hubiera ganado la presidencia y, además de ser ciudadano colombiano, fuera ciudadano ruso por naturalización y hubiera jurado lealtad a Rusia. Supongamos luego que, apenas instalado en la Casa de Nariño, comenzara a privilegiar sistemáticamente al Kremlin y a sus aliados, y que, en medio de una catástrofe nacional, incluso la selección de quiénes podrían venir a ayudarnos coincidiera con esa geografía política.

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¿Cuántos de quienes hoy consideran irrelevante el juramento estadounidense aceptarían con la misma tranquilidad el juramento ruso? La pregunta no es si Estados Unidos es preferible a Rusia. Es mucho más elemental: si un presidente de Colombia puede haber jurado lealtad, siquiera formal o simbólica, a una potencia extranjera sin que esa circunstancia merezca siquiera una discusión pública.

Pero la inclusión de Israel en esta lista contiene una ironía aún más sórdida. Uno de los invitados a mostrarnos cómo encontrar seres humanos bajo toneladas de concreto es, precisamente, el sepulturero mayor de Gaza: un Estado cuyas operaciones militares han dejado decenas de miles de civiles muertos y a un número imposible de determinar sepultados bajo los escombros de sus propias casas.

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Para el nuevo protegido, estos asuntos parecen menores. La prioridad es claramente otra: ayudar a su jefe a mantener a Netanyahu y a los responsables de la devastación de Gaza fuera del alcance de cualquier tribunal que pretenda exigirles cuentas. Apenas unos días antes de la tragedia, había anunciado que Colombia abandonaría su intervención en el proceso abierto ante la Corte Internacional de Justicia sobre Gaza 9.

Las proporciones hacen innecesaria cualquier hipérbole. Para el 13 de agosto, el terremoto en Colombia había destruido unas 12.600 viviendas y dañado más de 74.800 2. Naciones Unidas, por su parte, había identificado en Gaza 102.067 estructuras completamente destruidas, además de 17.421 gravemente dañadas y decenas de miles con otros grados de daño 6. UNICEF contabilizaba al menos 21.289 niños fallecidos reportados desde octubre de 2023 7.

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No sabemos cuántos quedaron sepultados en las casas donde dormían, comían o jugaban. Y acaso sea precisamente esa imagen la que vuelve dolorosa la comparación: en Colombia, hombres y mujeres remueven desesperadamente bloques de concreto con la esperanza de escuchar una voz. En Gaza, esa esperanza se ha perdido. El mundo lleva años contemplando una ciudad de hierros retorcidos, paredes abiertas y edificios reducidos a polvo, como si aquella devastación hubiera dejado de ser una catástrofe para convertirse en un paisaje natural.

No podemos impedir que la placa de Nazca continúe hundiéndose bajo Sudamérica. Tampoco sabemos determinar el día y la hora en que una masa de roca, después de acumular tensión durante décadas, terminará por quebrarse. Contra esa clase de tragedias, hemos inventado sismógrafos, códigos de construcción, hospitales, organismos de socorro y equipos capaces de buscar durante días el débil sonido de una persona todavía viva bajo las ruinas.

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Las otras tragedias son diferentes. No nacen a cien kilómetros de profundidad ni obedecen a las fuerzas tectónicas. Comienzan en despachos y cuarteles. Tienen órdenes, firmas, coordenadas y responsables. Y contra ellas, la humanidad inventó otro tipo de instrumento: el derecho internacional. Por eso, resulta especialmente grave que un gobierno pretenda apartarse de los mecanismos que la comunidad internacional creó, tras algunas de las peores atrocidades de la historia, para establecer responsabilidades allí donde los muertos no pueden atribuirse al azar geológico.

Voltaire preguntaba qué crimen habían cometido los niños aplastados bajo los escombros de Lisboa. Casi tres siglos después, la respuesta sigue siendo la misma: ninguno. Los niños sepultados en Colombia tampoco cometieron ninguno. Los de Gaza tampoco. Pero hay una diferencia decisiva: a unos los sepultó la tierra; a otros, la maldad de algunos hombres. A la tierra no podemos llevarla ante un tribunal. A quienes cometen esos crímenes, sí.

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Referencias

1 U.S. Geological Survey, ficha técnica del terremoto de San José del Palmar, 10 de agosto de 2026: magnitud (M_w 7.4), profundidad aproximada de 107–110 km y mecanismo predominantemente strike-slip.

2 Associated Press y El País, 13 de agosto de 2026: balance de al menos 273 muertos y más de 3.800 heridos; aproximadamente 12.600 viviendas destruidas y más de 74.800 dañadas.

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3 Alcaldía de Medellín, evaluación preliminar posterior al sismo.

4 Servicio Geológico Colombiano, Modelo Nacional de Amenaza Sísmica.

5 Servicio Geológico Colombiano, documentación sobre microzonificación y caracterización sísmica de Santiago de Cali.

6 UNOSAT, Gaza Strip Comprehensive Damage Assessment, evaluación satelital del 5 de agosto de 2025: 102.067 estructuras destruidas, 17.421 gravemente dañadas, 41.895 moderadamente dañadas y 31.429 posiblemente dañadas.

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7 UNICEF, State of Palestine Humanitarian Situation Update, 6 de febrero de 2026: al menos 21.289 niños habían sido reportados muertos en Gaza hasta el 3 de febrero de 2026.

8 El País, 12 de agosto de 2026: anuncio desde el Palacio de San Carlos sobre los equipos internacionales de búsqueda y rescate procedentes de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador; el Gobierno invocó criterios de certificación internacional y aclaró que la limitación no cobijaba medicamentos, alimentos ni otras formas de ayuda.

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9 Associated Press, 16 de julio de 2026: Abelardo de la Espriella, entonces presidente electo, anunció que su gobierno retiraría la intervención de Colombia en el proceso promovido por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia.

10 Cambio, 7 de junio de 2026, sobre la ciudadanía estadounidense de Abelardo de la Espriella y el juramento correspondiente; U.S. Citizenship and Immigration Services, Oath of Allegiance, sobre el juramento exigido para adquirir la ciudadanía estadounidense por naturalización.

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