Publicidad
23 Jan 2022 - 2:00 a. m.

Capítulo 18: «Misdirection»

Gilinski planeó las OPA para adueñarse de las empresas del GEA, en el mismo tiempo que los paisas han estado en pie de guerra con el alcalde de Medellín.

La Candidata
La Candidata
Foto: La Candidata

ADVERTENCIA: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas advierten que su trama está «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. La Candidata Presidencial es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación del autor. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Domingo 9 de enero de 2022

En la sede de la Candidata no parecía que estuvieran a mitad de un puente festivo. Les habían ordenado a todos reintegrarse desde el jueves y trabajar durante el fin de semana. Al correo de Nicolás Ulloa llegó un mensaje del equipo de monitoreo de medios: «Posición de Grupo Argos respecto de las declaraciones de Daniel Quintero».

—¿Estás viendo? —le dijo Nicolás a Lorena Agudelo, con quien compartía oficina, y leyó en voz alta el quinto punto del comunicado—. «La compañía analizará acciones legales por injuria, calumnia, pánico económico y cualquier otra a que haya lugar».

Lorena quitó las manos de su computador portátil, giró en la silla poniéndose de frente a Nicolás y bufó con una actitud de fascinación.

—Yo sé que este era el plan, pero… igual es difícil de creer, ¿no? ¡Llevan un año entretenidos con el alcalde de Medellín! O sea… ¿Qué tal la energía que gastaron cambiando la dirección de «El Colombiano» para poder darle más duro a Quintero? ¿O qué tal la engolosinada que se pegaron con la revocatoria?… Yo no sé si la jefa es muy buena o si los paisas resultaron muy ingenuos… Estos tipos del «grupo empresarial antioqueño», que son unos viejos zorros, que se las saben todas, no vieron venir a los Gilinski por estar peleando con el alcalde de Medellín. Es que me acuerdo muy bien de un detalle: el 10 de noviembre estaban todos distraídos con la entrega de firmas de la revocatoria de Quintero… y ese mismo día fue que Gilinski anunció la primera OPA.

Nicolás agarró un papel de su escritorio e hizo una pelota. Se acercó a Lorena y se sentó en la mesa de ella. Le mostró la bola con la mano izquierda e hizo un movimiento de ilusionista, haciendo parecer que la agarraba con la mano derecha. Puso ambos puños a la altura de la cara de Lorena, escondiendo en uno de ellos el papel arrugado.

—Hay un concepto fundamental en la magia que se llama «misdirection» —ilustró Nicolás—. En español algunos le dicen «distracción». De lo que se trata es de dirigir la atención del público hacia un punto en donde no puedan darse cuenta del truco.

Lorena señaló el puño derecho de Nicolás e intentó abrirlo a la fuerza. Él estiró el brazo y lo alejó del alcance de ella. Lorena no le quitó los ojos de encima a aquella mano.

—Déjame ver. No te hagas —jugueteó la secretaria privada de la Candidata.

Nicolás esperó un par de segundos y obedeció. No había nada en su puño derecho. Lorena volteó la cara para esculcar la otra mano. También estaba vacía. Nicolás dio un paso atrás y señaló un bolsillo del blazer de Lorena. Con la mano izquierda había puesto allí la bola de papel, justo cuando ella forcejeó para abrirle la mano derecha.

—Eso hizo la jefa con los paisas —dijo Nicolás—. Distrajo al GEA en la pelea con el alcalde, mientras Gilinski les metía la mano en los bolsillos.

***

Miércoles 12 de enero de 2022

El mar del Golfo Pérsico se filtra hasta 26 kilómetros adentro en la costa de Abu Dabi. Lo que parecen ríos son en realidad largos canales de agua salada que dividen la ciudad en un grupo de islas urbanizadas y unidas entre sí por un puñado de puentes.

Lejos de cualquier atracción turística, huyendo del calor y la humedad, Jaime Gilinski esperaba a sus socios árabes en una sala de reuniones del octavo piso del Royal Group. Por encima de cualquier cosa, Gilinski amaba ver a su grupo empresarial crecer y, casi con la misma intensidad, detestaba sudar. Por eso se deleitaba tanto haciendo negocios en cuartos con aire acondicionado, con el mismo placer que un asalariado se toma una caipiriña bajo una sombrilla de playa.

En aquel edificio sin mayor gracia, asentado en una zona aburrida y polvorienta (el llamado «Complejo Ministerial»), operan las multimillonarias compañías y sociedades de la familia real de Abu Dabi. Gilinski se paró frente al ventanal desde donde se puede ver, a casi 300 metros, la pista del aeropuerto ejecutivo Al Bateen, para uso exclusivo del Gobierno y de sus invitados especiales. Había aterrizado allí, horas antes, en su Dassault Falcon 7X, un jet de tres motores capaz de cruzar el Atlántico. De las cosas que más disfrutaba en sus viajes a Abu Dabi es que el traslado del aeropuerto al edificio del Royal Group es de 10 minutos o menos. Tenía la ventaja adicional de estar muy cerca a un Carrefour, el único del mundo al que Gilinski entraba para buscar por sí mismo algún remedio que le aliviara el dolor de cabeza.

No se estaba adueñando de las empresas del GEA por venganza sino porque, después de darle muchas vueltas, estaba convencido de que era una movida inteligente. Además, era parte del juego. Las reglas del mercado indicaban que las acciones de Sura y Nutresa estaban ahí para ser compradas y no solo para verlas perder valor. Se sentía particularmente orgulloso con sus recientes decisiones en la bolsa de valores. No estaba ejecutando un negocio más en su carrera, sino la transacción más ambiciosa, insolente y divertida de su vida. Era insolente porque estaba desafiando a unos cacaos poderosísimos, que no contemplaron la idea de otro cacao metiéndoseles al rancho sin pedir permiso. Y era divertido porque ganarle la partida a un grupo de intocables, y verlos patalear, es sencillamente exultante.

Había, sin embargo, un tema que le hacía ruido, un escrúpulo muy puntual que tenía nombre propio: Gustavo Petro.

—Por momentos me pregunto si se te fue la mano —dijo Jaime Gilinski.

El comentario cogió desprevenida a la mujer que lo acompañaba. Ella también estaba viendo por el ventanal, detallando el horizonte árido y la bruma de arena flotando en las calles.

—¿Que se me fue la mano?… ¿En qué? —preguntó la Candidata.

Gilinski le hizo un gesto de «tú sabes en qué».

La mujer abrió sus ojos con indignación.

—¿Te refieres a que se me fue la mano ayudando a que te tomes las empresas del GEA?… Bueno… si tú lo dices, de pronto sí se me fue la mano —reclamó con ironía la Candidata.

Gilinski sonrió.

—Tú sabes que estoy muy agradecido por lo que has hecho… Pero igual me pregunto… me cuestiono si, a costa de este negocio, al final vamos a terminar pagando todos un precio muy alto.

—Lo que tú vas a pagar por Sura y Nutresa es muy razonable.

—Sí, pero a lo que yo me refiero es a que…

—Yo sé, Jaime… —interrumpió la Candidata, dejando de estar a la defensiva—. Yo entiendo de qué estás hablando…

Los dos se quedaron callados, ante el desértico panorama de Abu Dabi.

—Mira lo que han hecho acá… —dijo ella—. Han construido una especie de imperio en medio de un ambiente tan… desolador… De alguna manera, eso fue lo que yo te propuse, Jaime: pintar un horizonte desolador para que tú pudieras agrandar tu imperio. Ese era el acuerdo, ¿no? Yo me encargaba de mantener a Petro como una amenaza latente, para que la gente, asustada con el castrochavismo, te vendiera sus acciones. Nunca te habrías quedado con una participación tan grande, de no ser por el pavor que le siguen teniendo a Petro.

—La efectividad de tu método no está en duda —reconoció Gilinski.

—Bueno, entonces… si ya matamos al tigre, no nos asustemos con la piel… Hay que celebrar. El mérito es de todos. Tu hijo Gabriel hizo un trabajo sensacional alineando a «Semana». Yo nunca había visto a un medio de comunicación ser tan… «útil» para sus dueños. Sirvió para que el Gobierno acelerara las OPA, sirvió para hacerle un cariñito a Luis Carlos Sarmiento, que terminó por venderte todas las acciones de Porvenir. Y lo que hicieron con Daniel Quintero fue sensacional. El GEA perdió por completo el norte con esa pelea. Si a alguien se le fue la mano haciendo un gran trabajo fue a Gabriel. Tu hijo es un «crack».

Jaime Gilinski escuchó con gozo el recuento, pero una duda persistía.

—¿Tú crees que vamos a salirnos con la nuestra sin que nos pase nada?

La Candidata entendió la preocupación.

—Es verdad que vamos a tener que entregar una cabeza —reconoció la mujer—. Pero te garantizo que no va a ser ni la tuya ni la mía.

Recibe alertas desde Google News