13 Jun 2021 - 3:00 a. m.

Capítulo 4: De Argentina a Barranquilla

La Candidata

La Candidata

Columnista

Los gases lacrimógenos en Barranquilla, en el partido entre Junior y River Plate, fueron parte de un plan que involucró al presidente Alberto Fernández.

ADVERTENCIA: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas advierten que su trama está «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. La Candidata Presidencial es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Jueves 6 de mayo de 2021

El presidente de Argentina, Alberto Fernández, miró a su jefe de gabinete en busca de una respuesta:

—Y bueno, ¿ahora voy a pelear con Colombia? Ya estoy peleando con los estudiantes, con los padres de familia, con los colegios, con la mitad de Buenos Aires…

Santiago Cafiero entendió la preocupación de Fernández.

—Sí… A ver… a mí también me gustaría entenderlo un poco mejor. Exactamente, ¿qué conseguiríamos haciendo un pronunciamiento sobre lo que está pasando en Colombia?

La pregunta se la hizo Santiago a una mujer que no estaba allí, en el despacho del presidente, pero que sí estaba hablando con ellos a través de una videollamada. La Candidata, tras días de gestiones, había llegado a tender un puente directo con la mismísima Casa Rosada. Un abogado peronista, un amigo en común entre ella y el presidente Fernández, hizo posible aquella reunión.

—Lo que conseguirían es que se abra un debate —contestó la Candidata—; una discusión necesaria sobre la pertinencia de que Colombia sea sede de la Copa América. Si ustedes quieren quedarse con todo el torneo, este es el momento de tomar decisiones. Y es una gran oportunidad para usted, presidente, para que le dé vuelta a sus números.

—Tampoco es que Colombia vaya a renunciar a ser sede por lo que digamos nosotros —dudó el presidente Fernández.

—Claro que no —replicó la Candidata—. El pronunciamiento de ustedes es solo un primer paso. Pero si lo dan, si alzan la voz cuestionando la violencia institucional en Colombia, ojalá hoy mismo, yo puedo encargarme del resto.

***

Miércoles 12 de mayo de 2021

Hay momentos en que las multitudes se sienten indestructibles, especialmente, cuando están de fiesta, cuando la indignación se canaliza en forma de canto, de baile y de salto.

Ese día, en Barranquilla, había una multitud que se sentía indestructible en el cruce de la calle 72 con carrera 47, a solo unos metros del estadio Romelio Martínez. Allí, esa misma noche, se jugaría un partido de especial interés para Suramérica, no por el local, el Junior, sino por el visitante, River Plate, de Argentina.

Los empleados de almacenes Olímpica, del BBVA, de Súper Giros, del Centro Comercial Tierra Santa cerraron temprano sus locales, ante el justificado temor de que la manifestación se convirtiera en disturbio.

—¡Hay que estudiar! ¡Hay que estudiar! ¡El que no estudie es policía nacional! —cantaba a gritos la gente, como si se tratara de otro éxito musical, de aquellos que son pegajosos, pero también, clasistas y ofensivos.

(En el video de este tuit se puede oír el pegajoso y ofensivo canto).

A un par de cuadras, Nicolás Ulloa repasaba el plan con el «Turco» Hassan, un líder popular, un agitador cincuentón que se explicaba a sí mismo como un barranquillero criado en el Líbano. Sin embargo, resultaba más preciso decir que era un libanés nacido en Barranquilla. Su acento no era costeño sino que sonaba a Oriente Medio. Y así, con voz de extranjero, pero con un discurso de colombiano, había organizado a sus seguidores para sabotear aquel partido de Copa Libertadores.

—Acuérdese, Turco —dijo Nicolás—: si se cancela el partido no hacemos nada. Lo importante es que jueguen y que se mantenga la transmisión al aire. Si los gases lacrimógenos afectan a los jugadores, esto se vuelve noticia mundial.

—Fresco, hermano. Ya te dije que yo me conozco a la policía y al Esmad. Ellos primero llegan y muestran los dientes, pero sin morder. ¿Me entiendes? Luego echan unos gasecitos, después sacan a pasear la tanqueta, echan agua y luego, más gasecitos (ver página 21 del manual de la Policía para el control de multitudes). Ellos siguen un libreto que ya nos conocemos. Tú relájate y disfruta, hermano.

Nicolás no estaba en capacidad de disfrutar nada. No se sentía seguro. Hassan parecía impredecible. Tenía cambios bruscos de humor. Era un personaje con facetas tan marcadas y tan opuestas que abrumaban; era un comerciante con Dios, pero sin ley; se grababa repartiendo comida a los indigentes, al tiempo que aceptaba en entrevistas que no pagaba impuestos; era un hombre hostil que hablaba de paz con convicción; un marchante algunas veces tranquilo y otras veces violento. Podía ser todas esas cosas a la vez, así como hay genios que son locos y hay locos que son buenos y que, en nombre del bien, hacen mal.

***

Faltando 6 minutos para las 7 de la noche, permanecían en la zona unas 100 personas (que parecían 200). Como estaba previsto, atacaban furiosamente al Esmad con piedras en la mano y con rabia en el corazón. Pero algo no estaba saliendo de acuerdo al plan. A pesar de la violencia de los manifestantes, los policías parecían estar conteniéndose.

—¿Qué pasa? —reclamó Nicolás—. El Esmad solo está echando agua. ¿Por qué no mandan gases?

(Se puede constatar la inusual actitud pasiva del Esmad en el siguiente video).

—Está muy raro —admitió Hassan—. Les estamos tirando con todo… Deberían estar lanzando gas pimienta. No sé qué está pasando.

La Candidata le escribió a Nicolás: «Estoy viendo la transmisión. El partido ya va a empezar y no se escucha un suspiro».

Nicolás, que antes temía por su seguridad, por lo que pudiera pasarle en medio de los disturbios, ahora tenía más miedo de que no terminara ocurriendo nada y fracasara el plan. Se quedó pensando, se quedó mirando y, sobre todo, se quedó oyendo con atención. En efecto, del otro lado, ni siquiera estaban sonando las sirenas de los vehículos de la policía.

—¡Pues claro! —exclamó Nicolás en voz alta, tras comprenderlo todo—. Deben tener la orden de interferir lo menos posible con el partido. Como no hay ni público ni barras que ayuden a tapar el ruido de afuera, la instrucción es que nos contengan sin disparos, sin bombas aturdidoras, sin sirenas haciendo bulla…

—Tranquilo, hermano —dijo Hassan—. Voy a decirles que avancemos. No nos vamos a dejar de estos criminales de la policía…

Nicolás lo interrumpió.

—No, no, no no… A punta de piedra el Esmad no se va a animar a nada más… ¿Sabe qué? Las pistolas… ¿Ustedes tienen pistolas, cierto?

—Hermano, las pistolas son un recurso extremo. No le disparamos a nadie. Eso no lo vamos a hacer…

Nicolás agarró al Turco de los hombros y lo miró a los ojos:

—No hay que dispararle a nadie, Hassan… Solo necesitamos que se escuchen los tiros. ¿Me entiende?…

El partido estaba a segundos de empezar. El árbitro dio inicio al minuto de silencio, en homenaje a las víctimas del coronavirus. En Bogotá, la Candidata miraba con impaciencia la transmisión. Además de los comentaristas, solo se escuchaban pájaros e insectos. Exasperada se levantó del sofá. Le iba a escribir de nuevo a Nicolás, pero justo en ese momento escuchó algo diferente en la televisión. Le subió el volumen y afinó su oído… La mujer, finalmente, sonrió.

Fueron, en total, cuatro las detonaciones que se escucharon, en vivo y en directo, por transmisión internacional.

(Escuche las detonaciones en el siguiente video).

El encargado de la operación del Esmad recibió un mensaje por radio.

—¡¿Qué está pasando allá?! ¡Por la televisión se están oyendo tiros!

—No somos nosotros, mi coronel. Son ellos.

—¡Disperse a esa gente!

—Pero mi coronel, con solo la tanqueta no se puede…

—¡Haga lo que tengan que hacer! ¡Pero háganlo ya!

Los gases empezaron a llegar, en cartuchos expulsados desde un fusil o en granadas de humo lanzadas con la mano. Fue una lluvia química que Nicolás quiso disfrutar, como quien se pone debajo de una tenue llovizna. No le duró mucho el disfrute porque en segundos empezó a sentir un intenso ardor en los ojos y una inmensa opresión en el pecho. Tosió sin control y se alejó corriendo, a la velocidad que le permitían sus vías respiratorias irritadas. Vio de reojo cómo algunos manifestantes agarraban las latas de gas, aún humeantes, y las regresaban al Esmad.

Los gases, sin embargo, parecían quedarse pasmados ante la falta de viento. Así estuvieron un rato hasta que Dios pareció ponerse en contra de la Copa América y a favor de los manifestantes. Eso creyeron ellos, cuando apareció una brisa que empezó a empujar hacia el estadio los compuestos químicos de la cloroacetofenona y el clorobenzol.

Fue exactamente al minuto 22 con 58 segundos del partido cuando el mundo vio llorar al «Muñeco» Gallardo, el técnico consentido de América y, a la vez, el entrenador del club de fútbol más consentido de la Conmebol. Él y sus jugadores tuvieron que parar, echarse agua y tomar aire. Con los gases lacrimógenos recorriendo el césped del estadio, los comentaristas argentinos no tuvieron más remedio que hablar de la situación social en Colombia.

A esa hora, el presidente de Argentina era un espectador más de la situación. Con preocupación, llamó a su jefe de gabinete.

—Buenas noches, presidente —contestó Santiago Cafiero—. Imagino que está viendo el partido… Bueno, si a esto se le puede llamar un partido.

—¿Sabés que no lo puedo creer?… La señora colombiana estaba hablando en serio, ¿eh?… Ella nos dijo algo en concreto sobre este partido, ¿verdad?

—Sí, sí. Lo recuerdo muy bien. Ella dijo: «Ese es el partido con el que lo vamos a cambiar todo… Lo siento por Santiago, que es de River». Yo creo que, con esto que está pasando, no hay duda de que la Copa América la vamos a hacer solo nosotros.

—Sí… pero vos sabés que tampoco está fácil hacerla acá… Esto del coronavirus nos tiene podridos.

—Vamos paso a paso, presidente. Yo le propongo que lo miremos con calma. Creo que esto es una buena noticia. Por lo pronto, celebremos… y ríamos un poco, también.

—Yo no estoy tan seguro, Santiago… Te digo en serio que no sé si reírme… o ponerme a llorar.

***

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