5 Jun 2014 - 6:22 p. m.

Capítulo 13: La persuasión del miedo - La Candidata: primera temporada

La Candidata

La Candidata

Columnista

Ante la inesperada votación a favor del uribismo, la Candidata sugiere que las FARC envíen un mensaje de miedo, al secuestrar a la hija de un comandante de Policía.

ADVERTENCIA: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas dicen «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. La Candidata Presidencial es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Domingo 25 de mayo de 2014

En la campaña de la Candidata estaban de fiesta. A pesar de haber sido la última, sus cerca de 800 mil votos eran motivo suficiente para celebrar.

—¡Gracias a todos los que creyeron en nuestro proyecto! —decía ella en tarima, finalizando el discurso en el que acababa de reconocer la derrota—. ¡Gracias por entender que no podemos culpar a nadie de nuestros males, sino a nosotros mismos! ¡Solo si aceptamos que somos responsables, podemos hacernos cargo de nuestro destino! ¡Solo si asumimos nuestras faltas, podemos apropiarnos de la solución! ¡Ustedes son la cura! ¡Muchas gracias a todos!

Los asistentes al Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, en el centro de Bogotá, estallaron en aplausos. La música tropical tronó en los diferentes parlantes y un juego de luces inundó el lugar.

La Candidata tardó ocho minutos en recorrer apenas 22 metros, desde la tarima hasta la puerta trasera por donde tenía previsto salir, deteniéndose a saludar a cada uno de los eufóricos seguidores que querían darle una palabra de aliento. Eran las 6:32 pm cuando al fin se subió a la camioneta con Nicolás Ulloa, su asesor de confianza, y Lorena Agudelo, su Secretaria Privada. A diferencia del ambiente festivo que acababan de presenciar en el Centro de Convenciones, al interior del vehículo había desconcierto.

—¿De cuánta es la diferencia? —preguntó la Candidata desde el asiento del copiloto.

Ulloa revisó en su iPad el último boletín de la Registraduría.

—Zuluaga le gana a Santos por casi 460 mil votos.

La cifra era preocupante. La Candidata sabía que de poco o nada le servía volver a la política con 800 mil votos si Juan Manuel Santos no resultaba reelegido.

—La está llamando María Isabel Nieto —dijo Lorena, sosteniendo el celular de su jefa.

—No contestes —ordenó la Candidata—. Seguramente el Presidente quiere hablar conmigo. Prefiero tener algo que ofrecerle antes de conversar con él.

—Pero… —replicó Lorena— creo que 800 mil votos son algo bueno para ofrecer.

—No seas ingenua. Lo nuestro fue un voto de opinión. La gente que vota así no se va con el uno o con el otro, según lo que yo diga en una rueda de prensa. Además, no me sirve ser una simple adhesión. Para la segunda vuelta tengo que ganarme un espacio trascendental en la campaña de Santos…. ¿Cómo va la votación en Bogotá?

—Curioso que lo preguntes. Petro acaba de tuitear eso —dijo Ulloa, extendiéndole su teléfono móvil.

La Candidata vio con atención la foto que había publicado el Alcalde, con los resultados de la votación en la capital del país.

—Lorena, pásame mi celular… Y ve buscando cómo fueron las votaciones en la última elección para la Alcaldía de Bogotá.

Le marcó a Verónica Alcocer.

—Querida…, dime que estás tan sorprendida como yo —dijo la Candidata sin saludar.

—Me parece increíble —respondió la mujer del Alcalde—. Tengo a Gustavo aquí al lado. Creo que nadie se esperaba esto.

—Déjame hablar con él, por favor.

Verónica Alcocer puso el teléfono en altavoz.

—Felicitaciones, Candidata —saludó Gustavo Petro—. Lo que acabas de hacer es un regreso fenomenal a la vida pública.

—Te agradezco, Gustavo, pero hablemos de eso después —respondió cortante—. Ya tendremos tiempo de celebrar mi reencauche. Estoy muy preocupada por la votación de Zuluaga. Vi el tuit que pusiste sobre los resultados en Bogotá y tengo el presentimiento de que estamos interpretando de manera distinta la situación.

—Pues lo que yo estoy viendo es que, por lo menos, hay 500 mil votos de la izquierda que nunca se irían con Óscar Iván Zuluaga y que nosotros podríamos redirigir para Santos en segunda vuelta.

La Candidata entró en cólera. No podía soportar la falsa suficiencia de su interlocutor.

—Entonces, en efecto, tenemos interpretaciones distintas, Gustavo —le dijo en tono golpeado—. Lo que yo estoy viendo es que fracasaste en tu parte del trabajo, que era darle votos a Santos. ¡Por Dios! ¡No solo quedó de tercero en Bogotá, sino que Zuluaga aparece de primero! Además, discúlpame la incredulidad, pero me parece muy ligero que des por descontados los 500 mil votos “de la izquierda”. No, señor. Esos son votos de Clara López y del Polo. Y tú hace rato que no estás ni con el uno ni con el otro. Hasta aquí, es poco lo que has hecho. Si las cosas siguen así, la izquierda preferiría votar en blanco antes que por Santos.

Verónica Alcocer, ofendida por el trato que acababa de recibir su marido, intervino:

—Me perdonas, pero le vas bajando al tonito porque yo no voy a permitir… que… no voy a…

—No, no, no… —interrumpió la Candidata—, me perdonarán ustedes por recordarles que se están jugando el pellejo. Podrá parecerles ofensivo lo que les estoy diciendo, pero eso no es nada comparado con lo que les va a pasar si el uribismo llega a la Presidencia. Aquí lo que está en juego no es mi “tonito”, sino la supervivencia política de Gustavo. Con mis palabras no pretendo ofender a nadie, sino abrirles los ojos. Así que díganme: ¿vamos a contar con ustedes, de verdad, para la segunda vuelta, o no?

Petro, sin descomponerse ni alterarse, contestó:

—Tú sabes, Candidata, que nosotros estamos con la paz, pero comprenderás que tenemos limitaciones para hacer campaña, de frente, a favor de Santos. Nos toca ser cautelosos porque el Procurador debe estar esperando el menor descuido de nuestra parte para acusarnos de participación en política. Yo de verdad confío en que, desde aquí, podemos influir en los votos de la izquierda.

—Es que no es suficiente con que “confíes” —dijo la Candidata, calmando ahora su voz—. Tienen que meterse de lleno, cuadrante por cuadrante en esta ciudad.

—¿Y cómo sugieres que haga eso sin que nos caiga la Procuraduría?

—Revisa quiénes en tu gabinete cuentan con más maquinaria y hazlos renunciar. Mañana mismo deberían quedar “libres” para que se metan de lleno, y de frente, en la campaña.

Petro miró a su mujer, como consultando la opinión de ella. Verónica se encogió de hombros sin estar segura de la respuesta. Una segunda llamada entró al celular de la Candidata.

—Me están marcando de Presidencia —presionó la Candidata—. Dime si podemos ofrecerle eso a Santos. Te aseguro que él está más molesto que yo con los resultados de hoy.

Verónica Alcocer asintió tímidamente con la cabeza, indicándole a su marido que no era mala idea.

—Supongo que la ocasión hace al ladrón —sentenció Petro.

—¿Sí o no, Gustavo? —insistió impaciente.

—Sí, Candidata, sí… No tengo claro a quienes les voy a pedir que renuncien, pero dile al Presidente que mañana tendrá a un equipo de exfuncionarios distritales al servicio de su reelección.

—Perfecto. Hablamos después —dijo la mujer y de inmediato respondió la otra llamada—. María Isabel, qué pena no haberte contestado antes, pero estaba saliendo de un par de asuntos.

—El Pre quiere hablar contigo. Ya te lo paso.

La Candidata, como si le doliera la cabeza, se sobó la sien mientras esperaba. Podía escuchar al otro lado de la línea un cuchicheo de voces ansiosas que intentaban explicarle al Presidente en dónde habían fallado los votos.

—Lorena —dijo la Candidata—. ¿Encontraste los datos de la última elección en Bogotá?

—Sí —contestó la joven pasándole su celular.

—Mi querida Candidata —saludó Santos—, primero que todo, felicitaciones. Te confieso que no creí que tú fueras a sacar 800 mil votos. De haberlo sabido…

—Juan Manuel —cortó la mujer—, gracias por el gesto, pero celebremos cuando tú hayas ganado. Me perturba enormemente la votación de Zuluaga.

—¿Tanto te interesa que yo gane?

—Más de lo que te imaginas. De hecho, ya estoy trabajando en eso. Tengo algo que puede servir y te conviene aceptar.

—Espera. Déjame ponerte en altavoz —dijo el Presidente, pidiéndole ayuda a María Isabel Nieto.

—Candidata —retomó Santos—, estoy aquí con todo el equipo de campaña. La escuchamos.

—Acabo de hablar con Gustavo Petro. Le propuse que hiciera renunciar a los miembros de su gabinete que tuvieran más maquinaria a cargo. La idea es que se remanguen de verdad y movilicen el mayor número de redes para hacer campaña por la reelección. Él ya aceptó.

Quienes escuchaban a la Candidata se cruzaron miradas. Alfonso Prada, el coordinador de la campaña de Santos en Bogotá, reviró.

—Pero… ¿cómo así que usted está haciendo esos acuerdos así como así? Es que los de la campaña del Presidente somos nosotros. Usted, hasta ahora, era una candidata rival ¿y ahora aparece haciendo arreglos a nombre nuestro?

—Supongo que el que habla es Alfonso Prada —dijo la Candidata—. Vean… yo siempre supe que iba a perder y lo advertí en cuanta entrevista me hicieron (leer diálogo con Felipe Zuleta en el capítulo 8). Y en su momento le dije al Presidente, personalmente, que quería que él ganara. Si quieren más explicaciones pídanselas a él. Por ahora les dejo esto sobre la mesa: Petro está dispuesto, mañana mismo, a prescindir de parte de su gabinete para que se metan, de frente y con sus cuadros políticos, a trabajar por la campaña de Juan Manuel Santos.

Germán Vargas Lleras intervino.

—No me parece tan buena idea, Candidata. Vea usted que la alianza con un sector del Progresismo no dio los frutos que esperábamos. Casi que me atrevería a aseverar que nos restó votación en Bogotá.

—Exacto —apoyó Prada—. Yo creo que eso nos quitó votación de independientes que se fueron con Clara López y con Peñalosa… bueno, y con usted.

—Se equivocan ambos —sentenció la mujer—. En Bogotá perdieron porque falló Petro y falló usted, señor Prada. Ambos fueron incapaces de mover maquinaria, por no hablar de que pasó lo mismo en el resto del país. Pretendieron motivar el voto de opinión con la figura de un alcalde alicaído y fracasaron. La gente ya no sentía solidaridad con Petro sino fastidio con su situación. Si no les sirve lo que les propongo, bien puedan y llamen al Alcalde para detenerlo porque yo no lo voy a hacer.

—Pues… yo creo que al menos tenemos que analizarlo —medió una voz familiar, chillona.

—Presidente Gaviria —lo reconoció la Candidata—, no se tomen mucho tiempo para pensarlo porque, con cada segundo de duda, Zuluaga nos coge ventaja. Rafael Pardo podría ser un buen enlace con Petro. Y de una vez analicen esto otro… —añadió ella mirando la pantalla del celular de Lorena—. En el Gobierno están sentados en casi medio millón de votos para Bogotá, y no los han querido utilizar o simplemente no los han querido ver. En la pasada elección a la Alcaldía, su actual directora del SENA (Gina Parody) sacó 376 mil votos, y su hoy Consejero para las Regiones (David Luna) sacó 92 mil (vea acá un tuit que indica sus votaciones en la elección a la Alcaldía de Bogotá de 2011). Así como Petro quiere poner de su parte, ustedes deberían aportar la respectiva cuota. A Gina y a David hay que sacarlos a la calle a hacer campaña.

Alfonso Prada se apresuró a decir algo, cualquier cosa. Sabía que la Candidata se estaba metiendo en su terreno y sentía la necesidad de reivindicar su papel ante el fracaso de los resultados en Bogotá.

—Y yo… pues… para reforzar…. puedo hacer gestiones dentro de la Alianza Verde para que se adhieran al Presidente.

—Eso es lo mínimo que esperaríamos, señor Prada, pero perdóneme que sea escéptica.

Santos le lanzó a Prada un suspiro de decepción y una mirada de reproche.

—Muchas gracias, Candidata —dijo el Presidente—. Voy a terminar de discutir sus ideas con el equipo, pero creo que son apuestas que vale la pena tener en cuenta… ¿algo más?

—No, Presidente. Eso es todo.

La Candidata colgó. Se mantuvo abstraída mirando el asfalto que pasaba veloz por debajo de la camioneta.

—¿Qué dijeron? —preguntó Nicolás.

La mujer no contestó. Pensaba en su hijo, aterrada. Sus esfuerzos no resultaban suficientes. Peor aún, parecía que cualquier solución estaba más allá de su control. La votación general demostraba que había un impresionante sector de la sociedad que, irremediablemente, seguía derechizado. Le sorprendió descubrir que el 30 por ciento del país votante (aquellos que marcaron la cara de Zuluaga en las urnas) prefería mantener la confrontación con la guerrilla para ver correr la sangre de sus cabecillas, en vez de firmar un acuerdo de paz y evitar que nuevos muertos siguieran alimentando el odio. “¿Cómo ablandar a la ultraderecha?”, se preguntaba. “¿Cómo sacudir a esos que están a la derecha de la derecha? ¿Cómo hacer que Santos gane para traer a mi hijo de vuelta?” (ver capítulo 6). La respuesta más mezquina posible se apoderó de su cabeza, tal y como un demonio poseería un cuerpo vulnerable. “Nada ablanda más que un hijo”, se contestó.

—Doctora, ¿quiere que deje a Lorena y a Nicolás en sus casas? —preguntó Fabián, el conductor, quien en ese momento viraba en la última esquina del recorrido, antes de llegar a la fachada del edificio en el que vivía la Candidata.

—No —respondió ella sin quitar sus ojos perdidos en el asfalto—. Ellos se quedan aquí y piden un taxi. Nosotros vamos para otro lado.

***

Ramiro Orjuela, el abogado de Simón Trinidad, apagó su viejo televisor análogo.

"Yo no tengo garantizado el derecho a la defensa": 'Simón Trinidad'

Aunque acababa de ver con sus propios ojos los resultados electorales de aquel domingo —y había escuchado atentamente el discurso de Óscar Iván Zuluaga celebrando el primer lugar del uribismo—, le costaba creerlo. Fue a la cocina, abrió la puerta de su pequeña nevera y sacó de allí una cerveza en lata. Bebió un largo sorbo, como pretendiendo que el líquido helado le permitiera mantener la cabeza fría. El timbre de su casa sonó. Arrugó los ojos ante el inesperado llamado. Más que extrañeza, sintió miedo. Él, como abogado de uno de los cabecillas más importantes de la guerrilla de las Farc, tenía sobradas razones para vivir con delirio de persecución.

Se asomó discretamente por una de las ventanas, empujando levemente la cortina amarillenta para descubrir quién lo visitaba a esa hora de la noche. Su rostro se contrajo, confundido. Abrió la puerta con vacilación.

—Buenas noches, Ramiro —saludó la Candidata.

—¿Y eso? ¿Qué hace por acá?

—No pretenderá que le cuente en la puerta, aguantando frío. Eso no sería muy caballeroso de su parte.

Orjuela le dio paso y la invitó a tomar asiento en un trajinado sillón. La Candidata observó la lata de cerveza que él había dejado en una mesita esquinera.

—¿Está ahogando las penas del día con el alcohol? —ironizó ella.

—Ojalá tuviera algo más fuerte para poder ahogarlas de verdad.

—Nos conviene estar sobrios… Supongo que entiende lo que significa que Zuluaga gane en la segunda vuelta.

El abogado no contestó. Aún estaba imaginando ese escenario en su cabeza. La Candidata prosiguió.

—Ya el Presidente está haciendo lo que tiene que hacer: convocar a todo el antiuribismo alrededor de su candidatura. Pero no es suficiente. Si no le restamos votos a la derecha, corremos el riesgo de que no alcance para ganarle a Zuluaga.

Orjuela negó con la cabeza.

—Si a Santos le cuesta atraer a la izquierda, que tanto dice querer la paz, no veo cómo vamos a hacer que la derecha cambie de opinión.

—Con miedo, Ramiro… Piense en esto: en condiciones normales la gente dice defender a muerte sus principios, argumenta con valentía sus convicciones…, pero cuando sienten miedo, miedo de verdad, son capaces de actuar como nunca imaginaron que lo harían.

—¿A dónde quiere llegar con esto, doctora?

—Hay que enviarles un mensaje a las Fuerzas Armadas. Hay que hacerlas sentir miedo.

—Por favor, señora. ¿Y qué propone? ¿Que las Farc se tomen una base para asustar a los militares? Si pudieran lo hubieran hecho hace mucho tiempo. ¿O pretende que se bajen a un general o a un político? Eso solo les daría más razones a los uribistas para dedicarse a echar bala durante otra década. Ahora, no tiene sentido que usted y yo hablemos de “tácticas de guerra sicológica”, porque le aseguro que la cúpula de las Farc ya ha barajado esto y muchísimo más.

La Candidata se mantuvo imperturbable.

—Por supuesto que los militares no le tienen miedo a seguir en guerra —replicó ella—. Para eso viven. De eso viven. Pero… ¿qué tal si empiezan a temerle a una guerra que amenace a sus familias?

Orjuela repitió esas palabras en su cabeza, para asegurarse de haber comprendido bien.

—No me gusta lo que estoy escuchando…

—Le va a gustar menos la sangre que seguirá corriendo en este país si no hay acuerdo de paz, por no mencionar la persecución que volverán a sufrir todos los que sean opositores del uribismo.

—Dígame de una vez lo que vino a sugerirme.

—Hay que convencer al Secretariado de las Farc de que envíe una amenaza de guerra, ojalá con simbolismo, contra las familias de las Fuerzas Armadas. La derecha tiene que saber que, si no hay paz, la guerra que se viene también será contra sus mujeres y sus niños.

El abogado soltó una carcajada corta. En realidad estaba turbado.

—Aún sin entender qué es exactamente lo que me está proponiendo. ¿Usted cree que yo mañana puedo coger un bus intermunicipal para llegar al campamento de Timochenko? ¿O que lo tengo en el chat para escribirle ya mismo?

—No, por supuesto que usted no cuenta con ese tipo de contacto —dijo la mujer quitándose el abrigo, acomodándose para una larga conversación—. Por eso es que usted, Ramiro, tiene que viajar mañana mismo a Cuba.

***

La noticia estalló hacia las 9:30 am del jueves 29 de mayo. Los negociadores de las Farc, en La Habana, leían con nerviosismo la noticia desde la casa destinada para su hospedaje.

—Donde esto se salga de control, nos vamos todos a la mierda —exclamó Iván Márquez, jefe del equipo negociador de la guerrilla.

En un rincón del salón, el abogado Ramiro Orjuela intentaba escapar de las miradas que buscaban culparlo de antemano, en caso de que ocurriera una tragedia.

Fabian Ramírez, el último de los jefes guerrilleros incorporado al equipo negociador, quiso tranquilizar a Márquez.

—La cuadrilla tiene instrucciones claras de dejar libre a la rehén al final del día. No le va a pasar nada. Estoy seguro. Ustedes saben que yo mismo comandaba esa zona del norte del Cauca y conozco a los encargados del operativo. Además, el comandante Timoleón también entiende muy bien la importancia del asunto y reafirmó la orden de entregar a la niña ilesa.

ESTE TUIT DE IVÁN MÁRQUEZ YA NO SE PUEDE ENCONTRAR EN TWITTER. FUE PUBLICADO UN DÍA DESPUÉS DEL SECUESTRO DE LA NIÑA.

—¿Cómo es que se llama el Alcalde que está de vocero en este tema? —preguntó Márquez.

—Francisco Paz —respondió Ramírez.

—Bueno… el “Alcalde Paz” —dijo el jefe negociador, buscando razones para calmarse—, tengo que reconocer que eso puede ayudarnos a redondear el mensaje. Pues… al menos es simbólico (escuche aquí la entrevista al alcalde Francisco Paz, a partir del minuto 1:00).

—No solo eso —respaldó el abogado que se sentía culpable—. Recuerden que las tres cuartas partes de los votos de Guachené fueron para Santos (ver votación en Guachené). Ellos, que viven el conflicto a diario, son legítimos validadores para explicar por qué es necesaria la paz.

Iván Márquez miró con sospecha al abogado Orjuela.

—Oiga, Ramiro… ¿y de verdad esto se le ocurrió a usted solito? Yo no lo recordaba tan proactivo y con semejante iniciativa.

Orjuela asintió nerviosamente con la cabeza antes de responder.

—Sí… claro. ¿Quién más me iba a dar una idea así?

***

Pasado el mediodía Germán Vargas Lleras le marcó a la Candidata. Era la cuarta llamada que le hacía en la semana. En las tres ocasiones anteriores ella no le había contestado.

—Hola, Germán.

—Mi señora… la he estado buscando todos estos días. Es más fácil hablar con el Presidente.

—He estado ocupada. Le aseguro que no he dejado de trabajar para la campaña de ustedes.

—Pero sería bueno que estuviéramos más articulados. Mire lo que pasó ayer. Prada no ha hecho un soberano culo. Los verdes decidieron no apoyar a Santos para la segunda vuelta y eso era responsabilidad de él (ver noticia sobre el anuncio de la Alianza Verde de no respaldar a ningún candidato). Estoy seguro de que las cosas hubieran sido diferentes si usted hubiera ayudado.

—Le voy a confesar algo y espero que se quede entre los dos: no voy a trabajar de la mano con Prada en Bogotá para que después él saque pecho con mis resultados.

—Mire, si ese es el problema, yo dejo claro ya mismo que la coordinadora de la campaña en Bogotá es usted y santo remedio.

—Eso me parece justo… —dijo con naturalidad la Candidata, como si esperara tal ofrecimiento— Déjeme ver qué puedo hacer. Está claro que la Alianza Verde ya no va a respaldar en grupo la reelección, pero puedo intentar convencer a varios de los más negados para que vayan anunciando apoyos individuales.

—Bueno —contestó Vargas Lleras con algo de escepticismo—. Eso sería de mucha utilidad.

—Cuente con eso. Hablamos luego.

Nicolás Ulloa estaba al lado cuando la Candidata colgó. Habían trabajado juntos durante toda esa semana, sin parar, desde el estudio del apartamento de ella.

—¿Y ahora vamos a visitar uno a uno a los verdes o qué? —preguntó él.

—No creo que haga falta —dijo la mujer.

De inmediato buscó en su lista de contactos el celular de Norbey Quevedo, editor de investigaciones de El Espectador.

—Candidata, cómo le va —saludó el periodista.

—Te tengo una chiva, Norbey.

—Ah, pero qué bueno. Diga no más.

—Estoy viendo los resultados de la última Gallup. ¿Ya estás anotando?

Quevedo dudó.

—¿Y qué tan confiable es esa información?

—Tú sabes que siempre conozco la encuesta antes que nadie (ver capítulo 12).

—Uy, Candidata… pero… es que la Gallup la contrata un grupo de medios y ahí está metido El Espectador. O sea, tenemos un pacto para publicar al mismo tiempo. A mí no me van a dejar chivear a los otros medios de la alianza. Podría meter en un problema al periódico.

—Bueno… entonces alguien más querrá saber quién va ganando para la segunda vuelta…

—No, no, no —la detuvo Quevedo—, yo podría… pues, al menos puedo publicar la información desde mi cuenta de Twitter. Eso es personal… y tengo más de 33 mil seguidores.

—Entonces ahí van: Zuluaga, 38%; Santos, 31%.

—Epa… eso está buenísimo.

—Para que veas cómo te privilegio. Te tengo que dejar. Un beso.

Ulloa se quedó viendo boquiabierto a su jefa.

—¿Y tremenda mentira a cuento de qué? Te juro que la mitad del tiempo no entiendo a qué juegas.

La mujer sonrió con malicia.

—Miedo, Nicolás… el miedo es capaz de persuadir hasta a las mentes más radicales.

El asesor se encogió de hombros. Seguía sin comprender. La Candidata le explicó.

—Cuando Norbey publique el tuit y se riegue como pólvora la noticia, los verdes y muchos otros van a entrar en pánico. O les asusta que no se firme la paz, o le tienen pavor al regreso del uribismo, o las dos cosas.

—¿Y eso va a hacer que apoyen a Santos?

—Por supuesto —dijo la Candidata con plena certeza—. Te aseguro que, hoy mismo, la más radical de los verdes va a terminar tragándose el sapo y anunciará su voto por Santos.

***

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