2 May 2021 - 5:00 a. m.

Capítulo 1: Legados cruzados - La Candidata: segunda temporada

La Candidata

La Candidata

Columnista

El miedo a Petro es aprovechado por la Candidata para manipular a los Sarmiento y sacar a Roberto Pombo del periódico. Tomás Uribe evalúa ser candidato.

ADVERTENCIA: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas dicen «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. La Candidata Presidencial es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Lunes 25 de enero de 2021

El sucesor y único hijo varón del hombre más rico de Colombia se comunicó por radio con la torre de control del Governors Harbour, en la isla de Eleuthera. Confirmó en inglés la instrucción para el aterrizaje de su Beechcraft King Air de dos motores y turbopropulsión (vea una foto de Luis Carlos Sarmiento hijo caminando por detrás de su avión).

—Cleared to land runway one-five, november six-ten.

La Candidata iba en uno de los asientos de atrás, a la derecha. Viéndolo maniobrar, la mujer tuvo un pensamiento que se reprochó, por infantil, pero que rápidamente se perdonó, por inevitable. «Tengo de chofer a Luis Carlos hijo».

Se dejó arrastrar por un sentimiento recurrente de amargura y resentimiento, un viejo conocido que la impulsaba a levantarse todos los días. Detestaba a los delfines, a todos aquellos que brillaban cabalgando en los apellidos de sus padres: los Sarmiento, los Ardila, los Santo Domingo, pero también los Uribe, los Santos y los Galán. Sobre todo, se detestaba a sí misma, y lo sabía aunque en ocasiones evadiera la reflexión. Se detestaba, no solo por haber sido incapaz de encumbrar a su propio delfín, a su hijo Camilo, sino por no haberlo salvado de pudrirse hasta el suicidio en una cárcel de Estados Unidos.

Dos autos idénticos los recogieron en el aeropuerto. Luis Carlos y ella se fueron por separado. Tomaron Queens Highway en dirección sur. Eleuthera es una isla particularmente larga y muy angosta. El recorrido por carretera, de punta a punta, es de 150 kilómetros, pero el ancho, en la mayoría de tramos, no supera los tres kilómetros. Vista desde el aire evoca una bacteria helicoidal.

Pronto la Candidata se olvidó de su malestar y casi disfrutó el trayecto, el olor de los cultivos de piña, el aire salado en sus labios y el viento fresco chocando en sus párpados.

El lugar tiene un embrujo irrechazable. Su nombre viene de «eleuthería», una expresión usada por los antiguos griegos para referirse a los pueblos libres de los gobiernos tiránicos y a los individuos libres de su propia avaricia. De entre todos los lugares del mundo, allí encontró la libertad el cantante Lenny Kravitz (vea aquí un video del artista hablando de las Bahamas), a quien le bastó una noche para decidir que ese sería su nuevo hogar (lea el testimonio de Kravitz aquí). Algo parecido le ocurrió a Luis Carlos Sarmiento padre cuando visitó la isla por primera vez, con la intención de comprar una mansión (lea aquí el informe «La isla de los cachacos»). Tras respirar el aire, percibir los aromas y dejarse deslumbrar por el resto del cliché (el cielo azul, la arena blanca y el mar de no-sé-cuántos colores), decidió que esa debía ser su casa en el Caribe y también una oportunidad para hacer negocios, aunque terminara fracasando en el intento (lea aquí una noticia de «Eleuthera News» sobre el negocio que Luis Carlos Sarmiento padre quiso hacer en Eleuthera, aunque luego no terminaría prosperando).

Tanto el cantante como el empresario estaban viviendo allí, de manera permanente, desde marzo de 2020. Llegaron huyendo de la pandemia y creyendo que solo se quedarían por una o dos semanas. Lo que debía ser una casa de recreo se volvió una casa de todos los días. En el caso de Kravitz, por decisión propia. En el caso de Sarmiento, por la cantaleta infinita de su hija menor.

—Llegaron —le dijo Luz Ángela Sarmiento a la coordinadora de la casa, acomodándose el tapabocas—. Que se laven bien las manos y que pasen por el tapete.

Mary Luz escuchó la instrucción completa antes de empezar a caminar, como si necesitara que le dijeran lo que había que hacer, cuando en realidad lo tenía claro todo, el nivel de detalle de las tareas, los tiempos en que debían ejecutarse y la diferencia entre lo urgente, lo importante y lo imprescindible, dependiendo de quien estuviera en la casa.

—Mary —añadió Luz Ángela—. Y que se cambien los tapabocas.

—Sí señora —respondió como si le hubieran recordado algo, aunque ya tenía en mente ir por los N95.

La Candidata y Luis Carlos hijo cumplieron con los protocolos. Se asearon en una batería de seis lavamanos que Luz Ángela mandó instalar en la entrada, antes de Navidad, previendo que en diciembre podrían llegar en patota los hijos y nietos del patriarca. Lo fácil habría sido prohibir la visita de cualquiera, pero Luis Carlos padre no permitió semejante medida: «O dejan que venga el que quiera o me largo para Bogotá. No me voy a morir yo aquí de viejo sin poder ver al resto de la familia», sentenció. Al final acordaron que podrían ir todos los que quisieran, pero por grupos.

Su casa en Eleuthera era otro gran cliché, de aquellos que se ven en revistas y programas sobre mansiones y estilos de vida ostentosos; una estancia de ultralujo de las que se pueden encontrar en Airbnb, pero cinco veces más grande y siete veces mejor cuidada.

Se inspiraron en la arquitectura y cultura balinesa y, particularmente, en un sistema pensado para albergar, en un mismo terreno, a diferentes generaciones de una misma familia. Construyeron tres grandes casas de un solo piso, separadas por jardines y zonas verdes. La principal, para uso de Luis Carlos padre, su esposa y sus hermanos. La segunda, con habitaciones para cada uno de sus cinco hijos. La tercera, con camarotes para la gavilla de nietos que solían ir acompañados de parejas y amigos. Al frente, entre las casas y el mar, una piscina infinita flanqueada a la izquierda por una cama gigante de descanso al aire libre y a la derecha por un comedor exterior y una cocina abierta.

De todos los lugares en los que pudieron haberse sentado, escogieron el más incómodo: unas poltronas de terraza ubicadas sobre el césped, entre la piscina y el mar, que quedaron ligeramente inclinadas por la irregularidad del terreno. Cuando Luis Carlos hijo llegó a aquel punto le hizo el comentario a su hermana, aprovechando que la Candidata seguía en el baño:

—Está como chistoso esto aquí. Nos podríamos sentar allá —dijo señalando el comedor exterior, junto a la piscina—. Ahí también es ventilado.

—Aquí llega más brisa —respondió Luz Ángela cortante y convencida, con la certeza de quien ha recorrido el terreno haciendo pruebas de dónde fluye mejor el viento—. Y como siempre que viene alguien, se terminan todos quitando el tapabocas, con la excusa de que estamos al aire libre, pues entonces aquí es que vamos a hablar.

Luis Carlos hijo solo suspiró, pero fue suficiente para que Luz Ángela interpretara correctamente la desaprobación de su hermano.

—Mi papá va a cumplir 88 años, Junior —se justificó ella—. Ya está vacunado. Sí. ¿Pero qué sacamos con todo el esfuerzo que hicimos, si igual termina contagiándose? La vacuna no es 100 por ciento efectiva. Lo sabes. Me lo traje para acá, para cuidarlo, para evitar que le prendan el virus ese, peleando con todo el que ha venido a pasearse aquí como Pedro por su casa… Porque aquí ha venido todo el que ha querido. Aquí pasó Año Nuevo Adi con el niño. Estuvo Manuela con el novio… Como si nada. Como si no hubiera pandemia. ¡A esta edad se murió el viejo Santo Domingo y sin el bicho del coronavirus andando por ahí! Yo estoy muy asustada, Junior… Logré evitar que vinieran todos al mismo tiempo en diciembre, pero me da lo mismo si, cada vez que alguien llega, nos «fresqueamos» y entonces dejo que cojan a mi papá y le den besos y le hablen en la cara sin tapabocas. No. Tampoco.

Su hermano quiso tener un gesto de empatía con ella, pero fue inmediatamente interrumpido.

—Yo entiendo…

—¿Pero la mala del paseo quién es?… ¡Pues yo! Soy la villana que no lo deja ver a los nietos, la que, mejor dicho, le dio «paraíso por cárcel» —aquí Luz Ángela se puso histriónica—, la villana, pues, que le está quitando sus últimos días de felicidad en esta tierra. Eso soy yo para todo el mundo, a pesar de que soy la que lo cuida, la que está pendiente de que se tome las cosas, la que le corta el pelo, la que dejó al marido por allá en Londres por venir a cuidarlo, ¡la que se la pasa llamando a «El Tiempo», a ver si se despiertan!, a ver si cubren las noticias de mi papá como tiene que ser, porque lo que no puede ser es que a estas alturas, cuando mi papá ya está sobre lo divino y lo humano, vengan a dañarle la imagen, a destruir su reputación y tirársele el buen nombre. Yo creo… —y aquí bajó el volumen de la voz cuando vio que la Candidata se acercaba—. Yo creo que los achaques que tiene, más que por la edad, son por esa campaña contra él, que lo tiene tan afectado…

Luz Ángela se puso de pie y saludó, señalando su tapabocas y simulando con torpeza un abrazo a la distancia.

—¡Qué rico que estés acá! Perdona que no me acerque. Las muestras de afecto también nos la quitó el coronavirus… Pero bueno, si estás aquí es porque te queremos y te valoramos.

—Yo sé —respondió la Candidata—. Estoy muy agradecida y feliz de verlos. No deben ser muchas las personas a las que invitan.

—¡Ni a mis hermanos! —admitió Luz Ángela—. No te imaginas los problemas que he tenido con ellos… Pero es porque no se cuidan. Yo sé que no se cuidan como deberían; unos viviendo en Nueva York, y tú sabes cómo estuvo de crítica la situación por allá; otros viajando de un lado para otro, como si nada… Entenderás que debo ser más cuidadosa que nadie, porque estoy viviendo aquí con mi papá.

—¿Cómo está él? —preguntó la Candidata.

—Pues… yo creo que bien, en general. Lo vacunamos el 20 de diciembre, la primera dosis. Un día antes que a Biden —contó Luz Ángela orgullosa—. Ya le pusieron el refuerzo. Igual nos cuidamos, porque la vacuna no es 100 por ciento efectiva, pero ya por ese lado estamos más tranquilos. De resto, pues «daddy» tiene sus cosas propias de la edad. Lo normal. Pero justo estaba hablando con Junior de todo el palo que le han venido dando en los últimos años y eso lo afecta. Después de tanto que ha hecho por este país, pues a cualquiera le duele que lo acusen con tantas mentiras. Eso que pasó con el puente que se cayó… ¡Pues claro que fue una tragedia! ¿Pero qué tiene que ver mi papá? ¿Fue que él lo construyó? ¡No! Él sí preside diferentes juntas directivas, da línea y consejo y pregunta y opina y todo lo que tú quieras… pero el que dirige Coviandes es otro y el que diseñó el puente fue otro, y el que lo construyó, y el que hizo la interventoría. Pero la foto que siempre aparece es la de mi papá. «¡Se cayó puente que construyó Luis Carlos Sarmiento!». ¡Pam! ¡Foto de mi papá! Igual con Odebrecht. Nadie se puede imaginar a mi papá, pues, escuchando de un soborno y quedándose callado. ¿Pero la foto que ponen de quién es cada vez que hablan del tema? ¡De mi papá!

—Bueno, ya ponen más la mía también —aclaró Luis Carlos hijo—. Para eso he salido a dar la cara y a hablar, para que dejen tranquila la imagen de mi papá. Nosotros que siempre hemos salido poco o nada en los medios, de un momento a otro empezamos… o empecé, yo, a exponerme mucho más. Ese «walk of shame» que hice saliendo de los juzgados en Paloquemao no fue gratuito. Fue para ponerme en los reflectores. Lo que pasa es que tampoco ayuda que tengamos el mismo nombre, porque cuando dicen «Luis Carlos Sarmiento» la gente sigue pensando en mi papá.

—En buen momento son dueños de un periódico como «El Tiempo», que les sirve para decir lo que necesitan —comentó la Candidata.

—¡Jah! —soltaron los dos hermanos.

—«El Tiempo» nos sirve exactamente para tres cosas —advirtió Luz Ángela—: para perder plata, para perder plata y para perder más plata.

—Sí, claro —reconoció la Candidata—. Un buen negocio no es, pero sí he visto que le han sacado algún provecho. He leído varios editoriales que sé que vienen de Luis Carlos, porque lo conozco y he trabajado muchos años con él. También vi la entrevista de Junior, hace unos años ya, con María Isabel.

—Ahí el problema es que a Pombo hay que, como dice mi papá, «arrearlo» —explicó Luz Ángela—, sobre todo en los temas que afectan su reputación. Mira lo que pasó en diciembre, con la noticia falsa sobre mi papá dizque diciendo que el salario mínimo era muy alto y que los pobres no tenían de qué quejarse. ¿Ah? Y la noticia falsa estaba montada sobre un… cómo se dice… sobre un… sobre un formato de «El Tiempo». O sea, ¡parecía que era una noticia de «El Tiempo»! Pues, me tocó llamar. ¿Puedes creer? Me tocó decirle: «Roberto, ¿no será bueno que en el periódico desmientan eso?… Mira, Roberto, me están llamando y está cogiendo vuelo esta noticia». ¿Ah? Cómo será que «Semana» salió a explicar que eso no era cierto. Y si allá en «Semana», que no tienen nada que ver con nosotros, se tomaron el trabajo de desmentir semejante falsedad, entonces debe ser que yo no estaba tan loca y sí había que aclarar lo que estaba pasando. Para no ir muy lejos: ayer, Petro salió con la soberana ridiculez de emitir billetes para los más pobres. ¿Ah? Y no contento con eso, cuando le cayeron encima, con toda la razón, por semejante propuesta tan pendeja, y me perdonas que ya empiece a hablar así… al idiota de Petro le da por mandarle un varillazo a mi papá. Que dizque para mi papá sí se emiten billetes. ¡Hágame el favor! ¿De dónde? ¿Cuándo le han regalado a mi papá un peso? ¡Al contrario! No hay familia en este país, NO LA HAY, que haya puesto más plata que nosotros, en impuestos, en obras sociales, en trabajo para la gente. Que eso es lo que necesita la gente: trabajar, que haya empleo.

Luz Ángela estaba tan metida en su discurso, en la liberación que se siente cuando se vomita una perorata, que tardó en darse cuenta que su papá se dirigía hacia ellos, en pasos cortos y lentos, apoyándose en un enfermero que llevaba una silla en la otra mano.

El viejo se veía algo pálido, con poco aliento y con menos pelo.

—Tráigale un tapabocas a mi papá —instruyó al enfermero.

—No, no, no… —dijo Luis Carlos padre molesto, pero sin fuerza en la voz, como es apenas comprensible en quien lleva más de 80 años usando sus cuerdas vocales—. Así está bien. Una cosa es prevenir, pero otra cosa es exagerar.

—¿Ven? —dijo Luz Ángela con claridad, pero en voz baja, señalándose a ella misma—. «La mala del paseo».

—¿Cómo estás? —saludó el octogenario empresario a la Candidata.

—Muy bien —respondió ella de pie.

El enfermero puso la silla al lado de Luz Ángela y ayudó a Luis Carlos padre a sentarse.

—Me agrada saber que contamos con tu consejo de nuevo. No habíamos sabido de ti en años —reclamó—. ¿Vas a ser candidata otra vez?

—Sabes que siempre sueno, pero poco trueno.

—No te lo recomiendo. La vida pública es muy hostil. Mira todo lo que han atacado a Marta Lucía. La estaría pasando mucho mejor si se hubiera quedado con nosotros.

—Pues por lo pronto, en lo que estoy interesada es en ayudarlos. Aquí me estaban poniendo al día sobre Petro, sobre «El Tiempo»…

—Petro es el tema que más me preocupa —admitió Luis Carlos padre—. Me ataca para que la gente nos vea como a David frente a Goliat. Es una estrategia muy inteligente. La gente siempre apoyará en masa a David. Por eso es tan peligroso. Sería nefasto que llegara a la Presidencia. Va a acabar con este país y, de paso, va a reescribir a su antojo la historia de los Sarmiento y de lo que yo, personalmente, he construido. Si nos ha difamado tanto siendo un simple congresista, cómo será de presidente.

Cuando Luis Carlos padre hablaba, sus interlocutores solían mantenerse en silencio durante algunos segundos, para asegurarse de que había terminado.

—La historia no la escriben los políticos —aseguró la Candidata—. La historia la escriben los periódicos. Lo que pasa es que esos periódicos han estado al servicio de los políticos por décadas, pero las cosas han cambiado. Ustedes son ahora los dueños de «El Tiempo». Están sentados en una máquina de propaganda y, francamente, no entiendo la prevención que tienen de usarla. ¿Por qué los políticos sí pueden y ustedes no? ¿Por qué los otros empresarios sí pueden y ustedes no? Ustedes son los únicos que ven a su propio medio como si fuera un jarrón prestado, como si tuvieran que pedir permiso para tocarlo. Los Gilinski, los Santo Domingo y los Ardila, todos, controlan sus medios sin asco.

Luz Ángela asintió, como haciendo cara de «me consta, por lo que cuenta mi marido». Luis Carlos hijo preguntó.

—¿Pero y eso cómo se hace sin generar tanto ruido? Yo no quiero que estén diciendo que nosotros nos metemos en lo que se publica o en lo que se deja de publicar.

—¿Y luego no dicen eso ya? —cuestionó la Candidata.

Los demás se quedaron pensando, como quien jugando ajedrez recibe un «jaque».

—¿Saben qué ha dicho Daniel Coronell sobre este tema de los dueños de los medios de comunicación? —indagó la Candidata.

—¡Jah! —soltó Luz Ángela—. Ese que es más papista que el papa.

—Exactamente. Él, que es más papista que el papa, ha dicho que el dueño de un medio de comunicación no tiene derecho de cambiar los titulares que pone el director, pero sí puede despedir al director.

Junior se apresuró a rechazar la idea.

—Pero eso sí que haría ruido; echar a Pombo.

La Candidata chasqueó con algo de impaciencia.

—No lo tomen todo tan literal. Pombo es un tipo muy orgulloso. Casi… diría que es una diva… No hace falta despedirlo. Solo díganle que no les gusta su trabajo. —La mujer hizo una pausa para sonreír, aunque los demás no pudieron verle la boca—. Les garantizo que si le dicen eso hoy mismo, que no están conformes con su trabajo, a más tardar mañana les pone en bandeja su renuncia.

Los hermanos Sarmiento masticaron un poco la idea y luego voltearon a ver a su papá. El patriarca se quedó callado. Junior planteó el primer nombre que se le vino a la cabeza.

—¿Y quién podría ser?… ¿María Isabel Rueda, tal vez?

—Mi recomendación es que sea alguien sin agenda, porque da la misma poner a alguien que trabaje en sus propios intereses políticos y no en los de ustedes. Me explico: María Isabel Rueda es antipetrista por convicción, pero lo que ustedes necesitan no es alguien con convicciones propias, sino alguien cuya única convicción sea tener contenta a la familia Sarmiento. ¿De qué les sirve que María Isabel sea antipetrista si el día de mañana apoya a un alcalde que a ustedes no les gusta o le da palo a otro que ustedes necesitan tener de su lado? Mi sugerencia es que busquen a alguien cuya única agenda sea convertirse en director de «El Tiempo». Alguien que valore tanto esa posición, que haga lo que sea necesario para quedarse ahí. Y todo lo que se necesita para quedarse ahí es mantenerlos a ustedes contentos.

—O sea, alguien que, básicamente, haga caso —interpretó Luz Ángela.

—No es tan básico como eso —replicó la Candidata—. Ustedes necesitan un soldado, pero no cualquier soldado. Hay dos tipos: los que, en efecto, hacen caso de todo, sin dudarlo, pero a los que siempre hay que decirles a dónde disparar; los otros, en cambio, saben a dónde quiere disparar el general y disparan, sin que les tengan que dar la orden de apretar el gatillo.

A los hermanos Sarmiento les costó entender la analogía. A Luis Carlos padre, no.

—Lo que nuestra estimada amiga quiere decir —apuntó el viejo— es que debemos poner un director lo suficientemente entendido para que titule como nosotros queremos, pero sin que haga falta llamarlo para dictarle el titular.

***

Martes 26 de enero de 2021

A las 4:47 de la mañana Tomás Uribe ya tenía 362 mensajes sin leer en WhatsApp. Los grupos de los que hacía parte estaban alborotados.

Es una tragedia!!!!

Dios lo tenga en su gloria amen

Ay que abrasar a su familoa

Hace menos de tres horas había fallecido Carlos Holmes, como consecuencia del coronavirus. Tomás se levantó de inmediato. Salió de la habitación y habló por teléfono con su papá y con su hermano. Les escribió mensajes a los hijos de Holmes. Prendió la radio y se sentó en el comedor, pegado al celular, pasmado, leyendo noticias, tuits, chats. «Qué tragedia, por Dios». Tuiteó un mensaje de condolencias.

Pensó en su papá, en lo afortunados que fueron de que resultara asintomático ante el mismo virus que acababa de matar al Ministro de Defensa. «Gracias a Dios». Se lamentó de tanto que había pasado en los últimos meses. De la detención de su padre, el miedo a la persecución de la que parecían siempre escapar, pero que también siempre se veía más cerca. Su cabeza estuvo dando vueltas en círculos sobre los mismos temas: Carlos Holmes, el coronavirus, su papá, la detención, Carlos Holmes otra vez. «Qué tragedia, por Dios», se repetía. «Gracias a Dios a mi papá no le pasó nada».

Le impactó lo que se dijo en alguno de los grupos de WhatsApp: «Se nos fue quien pudo ser nuestro próximo presidente». Y lo que debía ser un momento de luto se empezó a convertir, a lo largo de la mañana, en una nueva excusa de varios copartidarios para empujar la candidatura de Tomás.

Perdimos el más sensato de todos. La sensatez tuya es la que nos debe guiar ahora.

Cuando un soldado cae, los demás dan un paso al frente Tomas

loque me da esperansa es que te tenemos ati.

La realidad es que él, hasta ahora, no había contemplado en serio una candidatura suya. Pero en lo que no había dejado de pensar, a partir de la tragedia de Holmes, es que su papá se pudo haber muerto con una orden de detención encima; que el abuelo de sus hijos pudo haber pasado a la historia como el expresidente que falleció preso; que sus opositores habrían bailado sobre su tumba y disfrutado la «justicia poética» de haberlo golpeado con la ley colombiana, justo antes de ser «sentenciado por la ley divina». Y entonces, por primera vez, de verdad, Tomás contempló la posibilidad: «Si me toca meterme me meto, pero no puedo quedarme quieto viendo cómo a mi papá le destruyen la honra, en vida o muerto». Miró a su esposa, que sacudía en el patio el pantalón embarrado de su hijo, y dudó al instante sobre lo que acababa de pensar. Temió por la sola idea de meterla a ella y a sus hijos, de lleno, en un mundo tan salvaje. Pero la puerta de la Presidencia, ahora sí, había quedado abierta para el hijo de Álvaro Uribe.

***

Miércoles 10 de febrero de 2021

En la casa de Roberto Pombo y Juanita Santos no había protocolos de bioseguridad. La única garantía que ofrecían era una frase cargada de ingenuidad: «No se preocupen que nosotros nos cuidamos».

A la Candidata, que se creía relajada y poco paranoica con respecto a las medidas de autocuidado, le pareció un escándalo la irresponsabilidad de ellos, pero le pudo más el morbo. Con tal de oír la historia de boca del mismo Pombo, con tal de verlo derrotado, se resignó a permanecer casi una hora en aquel lugar, sin ventilación, pero sin quitarse ni por un segundo el tapabocas. Tanto así que brindó pero dejó servido un trago que le ofrecieron, pasadas las 4 de la tarde, en la misma mesa y con los mismos vasos que Pombo utilizaría el viernes siguiente junto a sus compadres de La W.

—Mira, yo he lidiado todos estos años con lagartos de todo tipo, de todos los niveles, de todos los sectores, de todos los partidos —dijo Pombo—, pero ninguno de esos lagartos ha sido tan pesado y tan «jarto» como los Sarmiento.

—Lo que pasa, Rober, es que a los lagartos uno les hace favores. A los Sarmiento, uno les cumple órdenes —replicó la Candidata.

—Yo creo… —dijo Pombo con amargura—, yo creo que lo que más me molesta de todo es haberles cubierto la espalda tantas veces, a costa de mi propia reputación, con todas esas noticias y editoriales por los que nos cuestionaron, por no advertir que podía haber un conflicto de intereses cuando hablábamos de sus negocios.

—Más que molesto, te noto dolido.

Pombo se quedó mirando el trago en su mano, mientras le daba pequeños giros al vaso. Empezó a asentir levemente con la cabeza.

—Me duele terminar mi carrera en «El Tiempo» con esta fama de tibio. «El Fajardo del periodismo» —dijo sonriendo con resignación—. Tengo esta sensación de que sí, el periódico ha sobrevivido, a diferentes dueños, pero sacrificando el periodismo que alguna vez hicimos y que, conmigo en la dirección… no volvimos a hacer… Ojalá Lucas lo haga diferente. Se lo tengo que decir.

Su teléfono empezó a vibrar. La llamada le recordó un asunto de alta sensibilidad que se había dado el lujo de olvidar por algunos minutos.

—¡Jum! —dijo apretando los ojos, antes de contestar—. Quiubo […] No, pues esa columna de Luz Ángela yo la voy a leer, pero no la tengo que revisar. O sea: mire usted que no tenga errores y ya. Móntela así, como venga […] Bueno […] Chao […] Espere, espere… ¿Aló? […] Una cosa: por favor, quite mi nombre de la bandera […] Sí, quite mi nombre […] Sí […] Que quede muy claro: no quiero ver mi nombre en la bandera del periódico a partir de mañana. ¿Entendido?

Antes de explicar los detalles del novelón que se avecinaba entre Luz Ángela Sarmiento y Margarita Rosa de Francisco, Pombo le adelantó a la Candidata su conclusión sobre el tema:

—Esta semana publicamos una columna de Gabriel Silva, sobre el miedo de los ricos a que gane Petro y sobre cómo ese miedo los está llevando a cometer errores que terminarán favoreciendo al mismo Petro… Pues eso es justo lo que están haciendo los Sarmiento: están cometiendo el error de dejarse graduar de enemigos de Gustavo Petro; están cayendo en el juego de ser el Goliat que pelea contra David… Y todos sabemos que la multitud quiere que gane David y que caiga Goliat.

***

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