27 Feb 2014 - 2:55 a. m.

Capítulo 5: Una vela al diablo y la otra… también al diablo – La Candidata: primera temporada

La Candidata

La Candidata

Columnista

La amistad de la Candidata con el procurador Ordoñez rinde frutos, gracias a la destitución de Petro. El congresista Edward Rodríguez recibe información clave.

ADVERTENCIA: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas dicen «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. La Candidata Presidencial es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Domingo 8 de diciembre de 2013

Faltando 15 minutos para las 10 de la mañana, la Candidata ya estaba sentada en la segunda fila de la Capilla de los Sagrados Corazones de Jesús y María, en la carrera 18 con calle 35, en Bogotá. Llevaba solo un año asistiendo a la ceremonia lefebvrista de todos los domingos, pero su amistad con el procurador Alejandro Ordoñez le había permitido un puesto privilegiado en tan corto tiempo. A su lado rezaban el rosario María Eugenia Carreño (Presidenta de la Comisión de Asuntos Electorales de la Procuraduría) y Juan Carlos Novoa (Procurador Delegado para Asuntos Disciplinarios). Parecía que la Candidata oraba con ellos (escondida bajo la pañoleta vinotinto que cubría su cabeza), pero la verdad es que estaba sumergida en plegarias propias, orando por su hijo, pidiéndole a la Virgen que se lo devolviera, suplicándole a Dios que su plan le permitiera traerlo de vuelta, culpabilizándose una vez más por no haber actuado antes.

Había ingresado al culto para usarlo como un caballo de Troya con el que se acercaría íntimamente a Ordoñez. Y aunque al principio detestó el tono de la liturgia (desde la misa en latín, oficiada de espaldas a los feligreses, hasta las palabras sectarias del padre Fernando Altamira), con el paso de los meses encontró allí un espacio semanal de reflexión y purga espiritual.

Una mano grande se posó sobre el hombro derecho de la Candidata. Era el procurador Ordóñez, saludándola en silencio mientras llegaba a ocupar su lugar en la primera fila junto Beatriz, su mujer. No solo era fácil reconocer a la Candidata por el puesto fijo que tenía en la iglesia, sino también porque la pañoleta vinotinto había sido un regalo de la esposa del Procurador.

Terminada la ceremonia, la Candidata se ubicó a la salida de la iglesia, fingiendo que revisaba su celular. Esperaba que Ordoñez la viera cuando acabara el besamanos de admiradores. Su cálculo fue correcto.

—Mi estimada Candidata. Usted como siempre asistiendo a esta sagrada cita con la Virgen María.

Ella bajó la mirada, como escondiendo una vergüenza.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Esta es la última vez que vengo, Alejandro —respondió la Candidata, haciendo su mejor esfuerzo actoral para denotar aflicción.

—¿Cómo? —reaccionó Ordoñez.

—Solo he pensado en lo difícil que es decirle esto. Usted y Beatriz han sido muy generosos conmigo.

—De mí y de mi mujer es de quienes menos debería preocuparse. La que más la va a extrañar es la Virgen. ¿Ya lo habló con ella?

—Por supuesto que sí, Alejandro. Pero esto no significa que vaya a alejarla de mi vida. Simplemente quiero volver a la eucaristía católica. Espero me entienda y crea en mi eterno agradecimiento por invitarme a compartir su credo. Esta experiencia me ha servido para volver a entregarme como sierva de Dios.

Ordoñez se mostró compasivo.

—Su credo y el mío son el mismo, Candidata —dijo agarrándola de las manos—. Usted y yo somos siervos de Dios, no importa en qué idioma recemos.

—Gracias por comprender, Alejandro.

Se iba a despedir dándole un beso en la mejilla, pero el Procurador la detuvo.

—¿Por qué no almorzamos en mi casa? Si bien yo he servido de mediador para que vuelva al rebaño del Señor y de la Santísima Virgen, usted ha sido una guía política para mí, sobre todo en este último año. No quisiera perderme de nuestras disertaciones ocasionales.

—Me encantaría que así fuera. ¿A la 1 está bien?

***

Nicolás Ulloa entró al Café Oma de la carrera 12 con calle 82. Pidió un capuchino para llevar y, mientras esperaba, se tomó su tiempo para buscar disimuladamente la figura de Edward Rodríguez. En efecto, allí estaba sentado aquel candidato uribista al Congreso, el mismo que se había quemado en la campaña de 2010, a pesar de contar con el respaldo público de Tomás y Jerónimo Uribe (ver “El candidato de los hijos del Presidente”). Ulloa pagó y salió del local. Caminó a un puesto de ventas ambulante que estaba a cinco cuadras y allí le entregó una memoria USB (más 20 mil pesos) al adolescente que atendía el negocio junto a su madre.

—Es el tipo de saco oscuro y camisa azul clarita —le indicó.

El muchacho salió a cumplir con lo pactado previamente. Ulloa aguardó unos momentos, calculando el tiempo que le tomaría a su mensajero llegar al lugar, y solo entonces pidió a la señora que le vendiera minutos de celular.

—Aló —contestó Rodríguez.

—Edward, tuve que cancelar a última hora nuestra cita. Me da pena con usted.

—Hombre, pero… con todo lo que tengo que hacer, y me avisa hasta ahora. Yo ya estoy acá.

—No se preocupe. La información está en camino. Y en todo caso, es mejor que no sepa quién soy. Podría apostar a que usted no está solo en el Oma.

Rodríguez calló y miró de reojo al escolta que le habían “prestado” en el Centro Democrático, y que fingía ser un cliente más en otra mesa.

—No lo culpo —prosiguió Ulloa—. Yo tampoco confiaría si recibiera una llamada anónima en la que me prometen información confidencial.

En esas entró el joven del puesto ambulante y ubicó rápidamente a su destinatario.

—¿Señor Edward?

El candidato uribista lo observó nervioso.

—¿Sí?

—Esto es para usted.

Rodríguez recibió la USB con desconfianza.

—No le ponga misterio —continuó Ulloa en el teléfono, dándole tiempo al domiciliario para que emprendiera su retirada—. En esa memoria va a encontrar lo que le prometí: el archivo completo que manejan en la Casa de Nariño para repartirle puestos a la Unidad Nacional.

—Vea, hermano —dijo Rodríguez asustado, mirando a la calle y luego a los consumidores de otras mesas, temiendo que lo estuvieran grabando o fotografiando—, esta no es la primera vez que hago campaña. En una coyuntura así no falta el que lo quiera encochinar a uno. ¿Yo cómo sé que esto no es una trampa?

—Relájese. Simplemente soy un tipo con información privilegiada ayudando a la persona indicada. A mí me pareció muy interesante el plantón que usted se inventó en el Congreso repartiendo mermelada (ver noticia). Quiero contribuir a que su protesta sea más que simbólica.

—¿Y yo cómo sé que esto es de verdad?

—Tómese todas las precauciones que necesite para verificar la información. Si se pregunta de dónde la saqué, es sencillo: hay uribistas que, por muy decepcionados que estén, siguen trabajando en el gobierno de Santos. Uno de esos fue el que me pasó el archivo.

—Difícil de creer.

—No me venga con hipocresías, Edward. Hasta hace poco, usted mismo estuvo haciendo oposición desde adentro (ver “Otro que se va”). Todo el mundo sabe que usted no solo trabajaba para Angelino Garzón sino también para Álvaro Uribe. Ahora no le puede parecer raro que haya otros así de firmes y comprometidos con la causa uribista.

—¿Y usted quiere que yo publique esto?

—Haga lo que mejor le parezca. Yo cumplo con compartirle la información. Si quiere consúltelo mañana con Óscar Iván. Tengo entendido que, además de las listas de Senado y Cámara, van a acompañarlo a inscribir la candidatura de él, ¿o no? (ver foto de Edward Rodríguez con Óscar Iván Zuluaga, tras inscribir sus nombres en la Registraduría). Usted verá.

***

En el hogar del Procurador ya estaban armados tres pesebres y el respectivo árbol de Navidad que llegaba hasta el techo. Aún así, el toque decembrino no era suficiente para alegrar aquel lugar que emulaba un anticuario religioso, lleno de imágenes de la Virgen y símbolos de la cruz en paredes y estantes. Aunque era la quinta vez que la Candidata entraba a dichos aposentos, volvió a mirar con morbo una foto sobre la mesa principal de la biblioteca: un retrato de él y de su mujer con una corona de plata, recibiendo la comunión el día de su matrimonio. Ya sabía (porque le contaron la historia como en tres oportunidades) que aquella corona había sido heredada por las mujeres de la familia Ordoñez durante más de dos siglos. Ese récord incluía a Nathalia, la segunda de las hijas del Procurador, quien la portó de camino al altar a principios de 2013. “Dios hace a los fanáticos y ellos se juntan”, pensó la Candidata. Y así como le ocurría con la foto, tampoco había logrado acostumbrarse al bullicioso recibimiento de Martina, la perrita de los Ordoñez, que corría a olerla y a encaramar sus patas delanteras en las piernas de ella.

—Mamita, no moleste —dijo el Procurador regresando de la cocina y agarrando al animal para ponerlo en dirección hacia uno de los cuartos.

Antes de que pudiera sentarse para atender la visita, el timbre sonó y tuvo que ir a abrir la puerta. Era Nathalia. Ordoñez saludó a su hija con inmenso afecto, haciéndole pucheros de padre consentido. La Candidata los observó desde la biblioteca.

—Siempre es bueno que venga a ver a su viejo. Ya como no me quieren.

—Uish, mi papá tan exagerado —respondió Nathalia, mirando a la Candidata y dirigiéndose a ella para saludarla con un prolongado abrazo.

—Claro, cuando le dije que teníamos visita, ahí sí vino corriendo —insistió Ordoñez—. Pero usted no se haga ilusiones, Candidata. Natis viene a verla, pero para ver qué le vende.

La Candidata se conmovía cuando presenciaba la faceta paternal del Procurador, completamente derretido y vulnerable ante sus hijas. Sabía que él mismo había llamado a Nathalia; es lo que hacía cada vez que recibía a una mujer en casa (“Vuélese para acá, mamita, que va a venir no-sé-quiencita”). Era una de sus tantas maneras de apoyar el proyecto empresarial de Nathalia como diseñadora de modas. Y la estrategia funcionaba. La Candidata ya le había comprado dos vestidos, a pesar de que todas sus creaciones le parecían de mal gusto.

—Pues de eso se trata, Alejandro, de vender. ¿O no, Nati? Cuéntame cómo va la empresa.

—¡Súper! Me han seguido sacando varias publicaciones en medios. Y no te voy a negar que me he aprovechado de la fama de mi papá.

—Por ahí me dijeron que uno de tus vestidos salió en TV y Novelas. Que no se entere el padre Fernando. Tú sabes que él dice que esas son revistas huecas.

—Es que el padre Fernando… —interrumpió el Procurador— con todo y el respeto que me merece, es más radical que yo. Y eso es mucho decir. Pero bueno… mamita, después del almuerzo le muestra los diseños. Déjenos un momentico a solas que yo tengo un asunto que hablar con la dama.

Nathalia salió y cerró la puerta de la biblioteca. Ordoñez invitó a la Candidata a sentarse. Sin más preámbulo, le soltó la noticia.

—Mañana anuncio la destitución de Petro.

La Candidata intentó ocultar su inmensa satisfacción, pero la sonrisa fue incontenible. Solo ahora se justificaba que hubiera tenido que soportar tanta cátedra moralista durante el último año y medio. Había conocido al Procurador en julio de 2012, cuando él contrató sus servicios para hacer lobby ante el Congreso (y ante el mismo Juan Manuel Santos), de manera que fuera nuevamente incluido en la terna del Presidente y luego reelegido como jefe del Ministerio Público. Después, cuando vio la oportunidad de usarlo para sus propósitos, decidió tragarse el sapo de la iglesia lefebvrista y manipularlo desde el seno de su fe.

—Yo sabía que esta noticia la iba a alegrar —añadió Ordóñez, interpretando el rostro iluminado de ella—. Es más, a veces creo que esto es más idea suya que mía.

—No, Alejandro —respondió tomándolo de la mano, irradiando felicidad—. Como usted me dijo esta mañana: “Su credo y el mío son el mismo”. De eso se trata la destitución de Petro.

***

Cuando la Candidata regresó a su apartamento, y entró al cuarto de estudio, encontró a Nicolás Ulloa pegando Post-its sobre el tablero acrílico. Le había encargado que recogiera toda información disponible sobre los candidatos al Congreso que se inscribirían al día siguiente. La idea es que pusiera el nombre de cada uno en papeles diferentes y de acuerdo al color de sus respectivos partidos.

—Qué pena ponerte a trabajar un domingo, Nico, pero entenderás que están pasando muchas cosas.

—No hay problema. ¿Cómo le fue con el Cardenal?

—Muy bien, MUY bien —respondió ella rozagante, despojándose del bolso y el blazer—. Mañana es el día.

Mientras ella miraba con interés el tablero, Nicolás se puso serio.

—Candidata, yo no tengo ningún problema en trabajar para usted los siete días de la semana si es necesario. Pero, con este nivel de entrega que le estoy dando, a mí sí me gustaría saber para dónde es que vamos.

—Ciertamente no vamos a tomarnos la Casa de Nariño —dijo burlona.

—Eso ya lo sé —sentenció él, agravando la voz.

La Candidata le devolvió la seriedad.

—¿Qué es lo que quieres saber, Nicolás?

—Pues…, por ejemplo: ¿para qué me mandó hoy a entregarle la USB a Edward Rodríguez? Yo estoy asumiendo riesgos con cosas como esa.

—¿Pudiste dársela sin que te viera?

—Sí, sí… salió bien.

La mujer comprendió la inquietud de Ulloa.

—Eso fue una favor que me pidió Juan Mesa. Él se enteró que por otro lado estaban cerca de conseguir el archivo del famoso computador de Palacio. Concluyó que lo mejor era adelantarse y filtrar esa información pero desactualizada. Mejor dicho: a los uribistas se les va a hacer agua la boca con esos listados y luego, cuando ya estén publicados y hayan hecho todo el escándalo, se van a dar cuenta de que la mayoría de nombramientos se hicieron en el gobierno de Uribe. Además, el plan de Mesa es hablar antes con sus amigos en los medios y suavizarlos (escuche reacción en la mesa de trabajo de Blu Radio).

—¿Y lo de Petro? ¿Y lo de presionar que Serpa fuera cabeza de lista de los liberales?

La Candidata le señaló el tablero con los Post-its.

—Todo está aquí, Nicolás.

El hombre no entendió.

—Dime —agregó ella—, ¿quiénes de los actuales candidatos fueron presidentes de la Constituyente del 91?

—¿Mmm? Pues… ehhh… Horacio Serpa es uno.

—Ajá. La cabeza de lista al Senado del Partido Liberal —complementó la Candidata mientras cogía el papel correspondiente a Serpa y lo ubicaba en el punto más alto del tablero—. ¿Quién más?

—Antonio Navarro.

—Ajá —volvió a decir, repitiendo el mismo procedimiento, esta vez con el papel que contenía el nombre de la cabeza de lista de la Alianza Verde—. ¿Y quién es el tercero?

—El tercero está muerto: Álvaro Gómez.

La Candidata agarró entonces el papel de Álvaro Uribe, cabeza de lista del Centro Democrático y lo puso junto a los otros dos.

—El tercero será remplazado por un equivalente: el máximo líder de la derecha que existe hoy. Un Álvaro por otro Álvaro.

—¿Quieres hacer una nueva Constituyente?

—No solo yo, Nico. Por razones distintas, muchos queremos una Constituyente, incluso las Farc. Pero hablemos de estos tres. El primero fue Uribe; la propuso el año pasado dizque para hacer una reforma a la Justicia (ver “Farc y uribismo, unidos por la Constituyente”). El siguiente fue Serpa, no hace mucho, que propone hacerla en cinco años. En cambio, Navarro es de los pocos que se ha negado…, hasta hoy. Te aseguro que otra cosa cantará pronto, cuando todo el mundo ande alborotado por la destitución de Petro (ver cambio de postura de Navarro sobre Constituyente, tan solo una semana después del anuncio de destitución de Petro).

—¿Y Santos? Él ha dicho que no.

La Candidata exhaló despreocupada..

—Sí, le pasa lo mismo que a Navarro: ha dicho que no… hasta ahora.

***

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