Columna de opinión

La incertidumbre es nuestro presente y … futuro

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Según las costumbres culturales que compartimos, la sensación de certidumbre ofrece seguridad y estabilidad. Tener razón y controlar el futuro nos dice que somos dueños de nuestro destino y del mundo, a un nivel tal que las guerras mas irracionales se auto justifican por la presencia de alguna certeza poderosa.

En un punto de la evolución humana, probablemente antes de hacernos sedentarios la certidumbre no era un estado mental util, las condiciones cambiaban día a día y mas bien vivir bajo la incertidumbre era la garantía para sobrevivir.

Poco a poco la humanidad transitó hacia la “estabilidad” y entonces, como perdió la destreza para experimentar la incertidumbre, se llenó miedos frente al cambio, disipando asi mucha de su creatividad y capacidad adaptativa.

Nos hemos opuesto a aceptar la incertidumbre como un hecho de la vida misma. Aún sabiendo que el futuro no esta bajo nuestro control, buscamos espacios de seguridad haciendo proyecciones que damos por irrefutables, convertimos en verdades absolutas hallazgos que la ciencia se encarga de reemplazar por otros. En fin, hemos pretendido ser omnipotentes, teniendo bajo control el futuro y el presente.

Sin embargo, hoy, a raíz de la pandemia, resulta imperativo reencontrarnos con este sabiduría: “la aceptación” de la incertidumbre. Desde luego, ello nos pide una gran dosis de valentía y una ampliación de la conciencia suficientes para sobrevivir y trascender.

Hoy, resulta una aventura desafiante construir equilibrio emocional cuando rutinas cotidianas sencillas, como ir a mercar o hacer un recorrido para visitar a la familia deben realizarse con planeación y cálculo. Un error puede costarnos la vida. Ni siquiera el quedarse en casa es suficientemente seguro, pues traer alimentos también es incierto.

La realidad es que sabemos poco acerca de las consecuencias individuales y sociales del Covid-19, ni siquiera los protocolos para evitar el contagio están totalmente probados, hay quienes se contagian sin exponerse, hay quienes se exponen y no se contagian, hay quienes son asintomáticos o tienen signos muy suaves y hay quienes llegan a perder la vida. Las consecuencias a largo plazo de haber contraído la enfermedad no pueden ni siquiera estudiarse.

Estamos obligados a vivir lo cotidiano en la incertidumbre, un estado mental parecido al que imaginamos que experimentaron Colón y sus marineros cuando las Indias no aparecieron en el horizonte, su viaje parecía no tener final y el tiempo de su recorrido amenazó sus provisiones.

Pero a diferencia de ellos, no podemos buscar un chivo expiatorio, nos corresponde como personas y como nación y planeta navegar hacia la búsqueda simultanea de una vacuna y de una administración de los recursos económicos que permita, como a los afortunados marineros de Colón encontrar un “puerto desconocido hasta ese momneto.”

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