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A cinco meses de las elecciones y por primera vez, en Bogotá no se siente la campaña por la Alcaldía. Las pocas vallas que hay parecen prematuras, la gente ni siquiera sabe bien quiénes son los candidatos.
Entre los electores hay percepciones afianzadas. Según encuestas y grupos focales, para los bogotanos sigue vigente la idea de que hay dos ciudades: la del norte y la del sur. Mientras la del norte es “civilizada y limpia”, la del sur es “pobre, gris y sucia”. La belleza es asociada solo a los barrios de clase alta, tal como lo hace el Chat GPT al responder que en Bogotá se vive bien en Usaquén, Chapinero Alto y el Chicó, desconociendo avances que ha habido en este siglo en los barrios populares.
Los electores ven otras dos contraposiciones en la ciudad. La primera, entre los candidatos “técnicos” y los que “tienen calle”. Muchos creen que quienes conocen las cifras “no han montado en Transmilenio”. La segunda, entre las políticas de embellecimiento de la ciudad y la inversión social.
Esa última oposición es un error de política inducido desde la campaña de 2003, cuando Lucho Garzón, asesorado por Ángel Becassino, un grande de la comunicación, dijo que la suya era la ciudad para los ciclistas, no para las bicicletas. La frase era crítica con Peñalosa, a quien acusaron de ser el alcalde del cemento.
La idea generó una falsa contradicción urbanística. Porque con cemento se hace infraestructura y porque en las ciudades, la belleza es una inversión social y política importantísima, una declaración de que hay que dejar de construir pobre para los pobres. Los ciudadanos, sin exclusiones, tienen derecho a espacios llenos de significado y de memoria. El triunfo de los ángulos, de la luz, de las formas y de las experiencias —de la arquitectura— sobre el utilitarismo es calidad de vida y cuidado. No es poco el malestar que generan los comercios blindados del vandalismo, las fachadas sucias, los avisos gigantes, la falta de árboles, los andenes destrozados y las rejas reforzando el miedo.
La belleza también es una inversión en capital político y social. A comienzos de este siglo, los aportes voluntarios en impuestos pasaron de $528 millones en 2005 a $843 millones en 2008. Entre 2003 y 2006, según Invamer, el optimismo en la ciudad llegó a un pico y nunca volvió a ser tan alto después de 2008, cuando se destapó el carrusel de la contratación.
En términos de capital social, la dignidad estética genera civismo y promueve la participación. Los espacios públicos recuperados e iluminados mejoran la vida, sobre todo de los más vulnerables.
Ser amables no es algo que solo merezcan las ciudades del primer mundo. Pensar en el valor que tienen la arquitectura y la infraestructura de calidad es cuestión de justicia. Ojalá que cuando comience la campaña en Bogotá no se cancelen estos temas y la dignidad estética tenga cabida en la agenda. La ciudad, como lugar, debe renacer después de una pandemia que casi arrasa con todo.
P. D. Lo lógico habría sido escribir sobre el escándalo de la niñera. Pero habrían sido muchos caracteres para concluir que maletines, dólares, vuelos chárter, chuzadas y polígrafos son propios de un país mafioso. Tal vez lo local aún sea viable.
