Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Una crisis política es una coyuntura compleja en el ejercicio del poder, una alteración del sistema político.
Hace 20 años el violentólogo Álvaro Camacho mostró la necesidad de revisar el uso del concepto de crisis y encontrar uno mejor para explicar la realidad nacional.
Cinco gobiernos después, los politólogos y los medios siguen pegados a esa categoría y en cada periodo anotan cuando una tormenta “pone en riesgo las instituciones”. La opinión se forma con la idea de que los recurrentes casos críticos son excepcionales.
En mayo de 1993, la periodista María Teresa Ronderos decía sobre César Gaviria: “Apenas el 12 % de los colombianos tienen una buena opinión del presidente. La fuga de Escobar y el apagón tuvieron mucho que ver”.
A Gaviria por lo menos lo acompañó el optimismo de la Constituyente. La “crisis de Samper” fue aceptada como la más profunda en la historia reciente. En El Tiempo, en 1996, se anotaba: “Bastaron 27 minutos para que el país se sumiera en la crisis política más grave de los últimos 40 años. [...] Fernando Botero Zea dejó a un lado su lealtad de 157 días y decidió hablar”. Un año después, El País de España acogió en un editorial la idea de la tormenta nunca antes vista: “Samper parece decidido a continuar en el poder hasta el final, lo que quizá no contribuya a la recuperación de un país que atraviesa una de las crisis más profundas de su historia”, decía.
Pastrana no se escapó de esas referencias. La Agencia EFE repartió contenidos asegurando que “su primer año como presidente termina con el país inmerso en la peor crisis social, económica y de violencia en muchas décadas”.
Después de una luna de miel con Álvaro Uribe, los editoriales a favor de la política de seguridad se transformaron en otros sobre las crisis de la yidispolítica, la parapolítica, las chuzadas del DAS, la entrega de notarías y los subsidios de Agro Ingreso Seguro. “El año fue agitado y complejo, y un clima de polarización se sintió en la política y en las relaciones del Gobierno con los medios”, señaló El Tiempo en julio de 2010.
Con el Acuerdo de Paz promovido por Santos comenzó la radicalización, que derivó en lo que la revista Semana de entonces denominó “la mayor crisis de popularidad desde el 2010”. A esa contribuyó el ventilador del Ñoño Elías quien “habló de montos exactos y dijo, por ejemplo, que le entregó $800 millones a Roberto Prieto para las elecciones de 2014”.
Con Duque no fue el Ñoño sino el Ñeñe, quien revivió el fantasma de las crisis. “Así se podría resumir la última tormenta política de Colombia”, aseguró en 2020 Ariel Ávila, cuando aún era columnista.
El rol de Botero o del Ñoño ahora lo asumió Benedetti, al disparar la que para los medios fue la “peor crisis desde el comienzo del mandato Petro”. Ramiro Bejarano escribió que tiene “un amigo que no entiende por qué este Gobierno atraviesa la más grave crisis de la historia reciente y ha descuadernado al país”.
Cuando un fenómeno es recurrente y se vive con él, deja de ser una crisis. En la historia de los mandatarios de este país tan presidencialista nada es atípico y nada es anormal.
