En los últimos días han sido criticados Iván Cepeda, Juan Fernando Cristo y otros dirigentes por pedirles a militantes del Pacto Histórico, En Marcha y la Alianza Verde que no voten en las consultas del 8 de marzo. El argumento es que invitar a no votar sería antidemocrático, pero esa afirmación desconoce cómo funciona la representación política.
Los liderazgos políticos no solo compiten por votos: también orientan a sus electores. La representación supone precisamente eso: que quienes siguen un proyecto político reciben señales sobre cuándo participar y cuándo no hacerlo. Si un sector considera que una consulta no expresa su visión o que legitima una disputa que no comparte, desconoce que recomendar la abstención también forma parte de la disputa democrática.
Eso ocurre ahora. La salida de Iván Cepeda de la consulta por decisión del CNE —organismo que armó este embrollo solito demorando deliberadamente la aprobación de la fusión del Pacto Histórico—, la reorganización de alianzas y los movimientos tácticos de dirigentes que decidieron competir por fuera han alterado completamente el sentido inicial de ese proceso. En ese contexto, no resulta extraño que algunos líderes les digan a sus seguidores que no participen.
Pero más allá de las orientaciones partidistas, hay otra realidad que pesa incluso más: el desencanto ciudadano. En estas elecciones compiten más de tres mil candidatos entre Senado y Cámara. Para un elector promedio, que no está inmerso en redes clientelares ni en militancias ideológicas fuertes, tomar una decisión informada es muy difícil.
Alguna vez el politólogo Francisco Gutiérrez explicó en clase este fenómeno con una comparación sencilla: elegir entre pocas marcas de jabón es fácil; hacerlo entre decenas que se parecen entre sí es mucho más difícil. Algo parecido ocurre hoy con la política colombiana. La proliferación de candidaturas, las alianzas contradictorias y las identidades ideológicas cada vez más difusas generan confusión más que claridad. De nuevo la representación: pocos saben, excepto quienes tienen un patrón político, quién representa qué.
A eso se suma un problema más profundo: la baja confianza en el Congreso. Las encuestas muestran desde hace años que menos de un tercio de los colombianos confía en esa institución. Entre escándalos recurrentes y una sensación generalizada de ineficacia, no es extraño que muchos ciudadanos sientan que participar no cambia demasiado. La retirada es una opción emocional válida frente al desencanto.
Por supuesto, también hay candidaturas serias que vale la pena considerar. En distintas listas aparecen nombres con trayectorias respetables o que proponen debates necesarios: Enrique Uribe Botero, por ejemplo, que ha insistido durante años en poner las ciudades en el centro de la agenda pública, en la lista de Fajardo; o Angélica Lozano y Lucho Garzón en la lista verde; o Juan Carlos Losada, el liberal crítico de Gaviria, se destacan como candidatos a Senado entre otros perfiles que intentan darle contenido programático a la discusión legislativa.
No obstante, reconocer esas excepciones no obliga a desconocer el clima general de desconfianza. El voto es la herramienta clave de participación, pero también de castigo al sistema. Ir a las urnas es clave, pero no hacerlo es respetable. El silencio también habla de las emociones. El voto es un derecho que incluye también la libertad de no ejercerlo.