11 Jun 2021 - 3:30 a. m.

Desde lo local

Lariza Pizano

Columnista y periodista

Desde comienzos de los años 90 los teóricos de la globalización se plantearon la pregunta sobre el papel del Estado. La desterritorialización impuesta por el intercambio digital y las nuevas dinámicas económicas llevó a las preguntas sobre cómo construir comunidades. ¿Qué papel juegan las naciones en un contexto global?, ¿cuáles y dónde deben estar las autoridades?, eran las preguntas claves.

Treinta años después, con la peor de las crisis de salud pública en la mitad, quedó en evidencia dónde estaban esas categorías, porque no hay nada más global que una pandemia.

Los contrapesos a la globalización tomaron aún más fuerza en esta crisis. A medida que el drama global se consolidó, el poder local se volvió aún más relevante. Proveer pruebas, habilitar los hospitales, dotar las UCI, cerrar o abrir fueron decisiones lideradas y mediadas por las autoridades regionales y municipales.

Lo local también tomó fuerza como entorno de seguridad física y emocional. Pedirle la compra al tendero en vez de ir a una gran superficie, ir al parque del barrio en lugar de meterse a un centro comercial, darle la vuelta a la manzana durante 30 minutos. Algunas de esas acciones fueron determinadas por las exigencias de las cuarentenas. Otras, por el simple consuelo de ver a un vecino.

Con el paro, el poder de las autoridades locales se volvió aún más importante. La imagen del gobernador de Cundinamarca abriendo espacios legítimos de ejercicio de la política para desbloquear contrastó con la del Gobierno Nacional cerrado a la comunicación. Los alcaldes de Bogotá, Cali y Medellín hicieron lo propio, abriendo espacios para buscar algún tipo de calma en sus ciudades, y lo siguen haciendo, mientras Emilio Archila aparece como el único interlocutor posible en el Gobierno.

Durante mucho tiempo, la academia insistió en la pregunta de cómo construir un sentido de nación en Colombia. Hoy, la pandemia y la crisis social dejan en evidencia la necesidad de definir ese sentido a partir de la construcción de lo público. Levantar un Estado capaz de hacer lo elemental: garantizar el derecho a la vida, el acceso a la salud, la educación y la justicia. Si algo quedó de enseñanza politológica en esta tragedia universal es que, por más globalización que haya, los Estados importan.

“Desde el Estado no se permitirán los bloqueos”, dice Duque sin entender que su negacionismo es la fresa en el pastel de la ineficiencia y la falta de sentido de lo público que históricamente ha acumulado tragedias en Colombia. En esas circunstancias, las referencias formales y elogiosas a una colombianidad idealizada —la democracia más antigua de América Latina— hacen pensar que el mandatario vive en otro mundo. Las calles insisten en que el paro sí existe y le dicen a Duque que es más que un problema de tráfico: ¡hay hambre!

En medio de la oscuridad y el bloqueo institucional, el funcionamiento de lo local da esperanza. Es ahí donde se están ejerciendo la política y abriendo los caminos que en algún momento deberá recorrer el Estado colombiano, hoy inviable, cuya reconstrucción es una tarea básica.

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