A pesar del agotamiento con una peste que parece eterna, para este país el que año viene podría ser mejor. Al menos en la política se cerrará un ciclo gris, pesado, vacío y difícil. El escenario será otro, renovado en fuerzas y energías.
Frente a la polarización, no hay tantas razones para pensar que, al menos entre la ciudadanía, vaya a alcanzar el grado de 2018. La gente llega cansada de la peleadera y, aunque hay quienes insisten en radicalizar, el centro tiene un nuevo estatus. “Ni lo uno ni lo otro”, es una frase que usa la gente cuando especula por quién votar.
No hay discurso que no deba incluir temas como la reactivación económica, la lucha contra la miseria o la generación de empleo. La situación merece liderazgos. Se piden soluciones y, aunque el desespero es terreno abonado para el efectismo, la gente no es boba y tiene claro, después de estos cuatro años, lo costosa que es la inexperiencia.
Otra razón por la cual la radicalización podría ser menos fuerte es la dificultad que tendría la derecha para revivir sus ataques a la paz. El Acuerdo de La Habana se da por hecho y hay consenso sobre la necesidad de implementarlo. Un segundo período para los congresistas de Comunes no espeluzna a nadie: su perfil ha sido discreto y no fueron ellos, la izquierda del Polo ni los alternativos quienes trataron de volver esto como Venezuela. El discurso en contra de la paz ya está trillado y el Acuerdo sigue brillando ante la comunidad internacional. A pesar de la adversidad, ha sido lo mejor que Colombia ha tenido para mostrar.
El optimismo que paradójicamente inspira un centro racional y sereno también está ligado al fin del período de Iván Duque. Estos cuatro años fueron lentos por la pandemia, pero también por el poco ritmo presidencial. Como los relojes de Dalí, los describió alguien cercano: sin secuencias claras, sin forma. Aunque su gobierno tuvo logros, como la política de vacunación, el Estatuto de Protección para Migrantes, la buena imagen del ministro de Salud y el empujón a la matrícula cero, estuvo lleno de sombras y ambigüedades. ¿Fue el gobierno de qué?
Quienes conocen a Duque dicen que cuando llegó a su puesto en el BID colgó una foto de Turbay para recordarlo. Como lo recordó este año, cuando decretó al Ministerio de Cultura sacar un libro con sus discursos, o cuando le sugirió a los policías que Carlos Negret era un politiquero por evidenciar que en 2020 los uniformados violaron derechos humanos. Si fuera 1982, Negret estaría ya en el Cantón Norte.
Duque repitió la historia del BID y volvió a homenajear a su referente cuando se vistió de policía; cuando, en medio de los cacerolazos, sugirió que la gente de bien no protesta; cuando tuteó a Guterres y admiró a Trump, y cuando se hizo el de las gafas mientras su partido hacía campaña contra Biden. Aunque esas historias tuvieron costos enormes, por fin se acerca el momento en que podrán ser anécdotas.
El año que comienza, en medio del ahogo de la pandemia, los colombianos tendrán una clave de libertad: poder decidir. Dejar cosas atrás, soltar y soñar con renacer será siempre una posibilidad optimista. De eso se tratan las elecciones.