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En la ciudad de la furia

Lariza Pizano

18 de diciembre de 2022 - 12:00 a. m.

Hace un mes y medio, el colectivo Furia Feminista destruyó la estación de Transmilenio de la 72 con Caracas en Bogotá en protesta por el caso de abuso sexual contra una mujer de 17 años. Han pasado seis semanas desde entonces y en las conversaciones públicas sobre seguridad, quienes defienden el cuidado del sistema de transporte masivo aún siguen siendo calificados por muchos como machistas.

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Se trata de una falsa oposición basada en la dictadura de lo políticamente correcto. Cuando sucedieron los hechos, en redes sociales se multiplicaron los mensajes contra quienes protestaban por el vandalismo, argumentando que era más importante la integridad de las mujeres que el estado de los buses rojos. Pero reivindicar una cosa no tiene nada que ver con atacar la otra.

Además de los costos materiales, las mujeres son las más afectadas por los daños al sistema. Esa es la paradoja. Ante los daños del colectivo furioso, quienes se vieron afectadas fueron las personas que dicen defender. En el mapa de género del recién publicado libro Mi TransMi en mapas, queda claro que más de la mitad de los usuarios de Transmilenio son mujeres. Este porcentaje es mayor al 75 % en el occidente de la ciudad, en localidades como Engativá, Fontibón y Kennedy; en el área cercana al Portal Norte y en los alrededores del Portal de las Américas, uno de los más vandalizados.

El alto uso de los buses rojos por parte de las mujeres puede deberse a que, según la encuesta de movilidad 2019, los hombres utilizan más frecuentemente los medios de transporte privados. Las mujeres usan más el transporte público (Transmilenio, Cable, bus alimentador, intermunicipal, SITP provisional y zonal) con un 37,9 % de sus viajes en estos modos.

Las razones que lo explican sí se deben al machismo. Por un lado, porque si en una casa hay un solo carro, es el hombre el que por lo general lo usa para trabajar: el 60,4 % de las personas con licencia son hombres. Por otro, porque las mujeres son las que se dedican a hacer actividades familiares que trascienden lo laboral: llevar a los hijos a consultas médicas o al colegio, por ejemplo. A eso se suma el hecho de que muchas de ellas afirman que, por los requerimientos de vestuario para ir a sus trabajos, no se desplazan en moto ni en bicicleta; mientras los hombres usan esta última —el 11,2 %— solo el 3,7 % de las mujeres hace sus viajes cotidianos en ciclorruta.

Es cierto que hay que mejorar las condiciones para los viajes de las mujeres en el sistema de transporte masivo. La Veeduría Distrital concluyó que los buses son uno de los lugares en donde sienten más miedo de sufrir acoso. La infraestructura de Transmilenio no es la culpable de todo, pero en cambio cada colado, cada puerta destruida, cada talanquera dañada implica recursos que mejor se podrían usar en campañas formativas contra el acoso o en el aumento de frecuencias de los buses.

Se entiende que haya ira contra el sistema porque durante sus 23 años de vida ha sido objeto de ataques políticos. Lo que no se entiende es que en nombre de las mujeres se justifiquen actos que terminan afectando a otras. Que lo digan las mayores, las estudiantes, las trabajadoras, las que viven en Bosa, Usme y Ciudad Bolívar, cuyo derecho a la movilidad sí que es políticamente correcto reivindicar.

Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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