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En negación

Lariza Pizano

09 de julio de 2021 - 12:30 a. m.

La negación es un mecanismo psicológico que tiene la gente para protegerse al no saber de verdad qué es lo que realmente pasa. Puede ser peligroso si quien lo emplea tiene la función de responder a la crisis de toda una sociedad.

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No puede ser más que negación la frase que dijo Iván Duque hace unos días, justamente en un foro del SENA dirigido a la juventud. Según él, que es presidente, no hay un estallido social, sino un “estallido de emprendimiento”.

Un mes de marchas llegando a la plaza de Bolívar: los maestros, los taxistas, los camioneros, los indígenas, los bomberos, los estudiantes, la Asonal (gremio judicial). Y el presidente hizo oídos sordos a ellos y a los gritos enfurecidos de otro sector que alargó —y degradó— sus protestas, rompiendo vidrios en Suba y Las Américas.

“Yo lo que estoy viendo hoy acá es esa Colombia de futuro y emprendedora, que es la del estallido de la creatividad, del emprendimiento, de crear y de no destruir”, dijo con la misma teoría con que enfrentó las movilizaciones de 2019. La misma de “los buenos somos más”.

Porque hay quienes así lo creen, insinuando que todos los que salen a reclamar derechos —no favores— no son buenas personas. O que todos los que protestan son malos. Una lógica que no permite grises, cuando en realidad los hay.

En la misma línea del presidente, un vecino me dijo aterrado que se encontró en una calle a madres con bebés haciendo un bloqueo. Que eso no podría ser hambre porque esas madres “debían estar pagadas”. Como si tuvieran que tener la barriga llena para que su protesta fuera legítima. “Lumpen”, agregó, como si el lumpen no fuera parte de la miseria, como si al lumpen no le diera hambre.

Indigna ver al joven que la semana pasada salió del Archivo de Bogotá renegando porque Claudia López no estaba en una mesa de diálogo, amenazando con acabar lo que queda de los portales de Transmilenio. Choca más que minutos antes, a pesar de sus capuchas, él mismo hubiera impuesto que los funcionarios apagaran sus celulares.

Pero ese adolescente seguramente llevaría su plan a la segunda línea si por razones públicas o privadas pudiera acceder a sus derechos. Si el Estado ayudara a abrirle espacios para dejar la ignorancia que va pegada a la violencia a un lado. Si el Estado no fuera su enemigo.

Frente a él y a los que cacerolean, bailan, cantan, se expresan sin necesidad de violencia, y también frente a los que deciden no protestar, la narrativa del emprendimiento es ofensiva. Porque, para quienes romantizan la miseria, el emprendimiento equivale a informalidad. “Montó su chacita”, dicen cariñosamente de quienes no tienen seguridad social. Como si fuera una opción, porque “pudiendo robar”…

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A Iván Duque le fascina reiterar que los colombianos son “pujantes” y les agradece que “no se dejan derrotar”. Lo que no ve es que cada vez más colombianos quieren emprender, pero la huida.

Tratándose de un gobernante, esa negación es grave: en un país serio, la vida no debe ser solo para resistir, “arrancar de ceros” y soportar la ineficiencia estatal; debe serlo también para amar, tener certezas, cuidar, ver colores, proyectarse, disfrutar...

Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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