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¿Hacia un pacto de caballeros?

Lariza Pizano

04 de diciembre de 2022 - 12:30 a. m.

El Observatorio de Democracia de la Universidad de los Andes ha insistido en que la polarización política comenzó en 2011. No porque entonces se supiera sobre los diálogos de paz, sino porque, por cuenta de ellos, el uribismo tildó a Santos de traidor. La paz, a la que antes de 2011 uribistas y no uribistas respaldaban casi por igual según las mediciones, fue asociada por la derecha como una traición a la patria.

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Doce años después, y seis tras el plebiscito, esa sensación ya no es relevante para nadie. Según la última encuesta Invamer, los problemas son otros: la economía y la corrupción. Una pandemia hace que las prioridades sean tener trabajo, tener con qué comer y con qué estudiar. Y la corrupción toma fuerza porque la gente asocia la robadera con la pobreza. Escándalos hay todos los días.

El disminuido peso electoral del uribismo, el triunfo de la izquierda y su renovada sintonía con el entorno internacional son otras condiciones que suman a una coyuntura que favorece el cambio político y que sabe capitalizar Gustavo Petro. La radicalización de la derecha tampoco es ni será la de 2011 ni la de 2016: Uribe hoy le pone la sombrilla de la unidad nacional a la idea de que José Félix Lafaurie participe en una negociación de paz y a la de aliarse con fuerzas opuestas a la suya para recuperar electorados perdidos. “Con coalición amplia Medellín puede elegir alcalde”, dijo al reunirse con el político paisa Gilberto Tobón Sanín, militante del partido de izquierda de Carlos Caicedo.

El país está empobrecido como el resto del mundo y la economía pinta mal. En un contexto social de supervivencia y drama colectivo, y en uno político marcado por las nuevas relaciones Uribe-Petro, Ernesto Macías criticando a Lafaurie o Gustavo Bolívar diciendo que “con Uribe nada”, quedan como marcianos. No en vano la polarización era un terreno ideal para los sectarios. ¿A qué barras bravas se movilizarán los radicales cuando vean que las condiciones están dadas para una transición política? ¿Qué harán cuando se piense en una fórmula de representación en el Gobierno en la que uribistas y petristas tengan cabida? ¿Cómo se comportarán los aduladores cuando los líderes de ambas fuerzas dejen de marcar distancias irreconciliables de cara a 2026?

La historia de Colombia está llena de pactos de caballeros que han permitido transiciones razonables y a veces necesarias para lograr la paz política. Petro podría pasar a la historia como uno de ellos si logra calmar las aguas y buscar consensos mínimos entre los extremos, dos propósitos que son fáciles de articular a su idea de “paz total”.

Esta vez un pacto político tendrá un significado histórico si, además de calmar las aguas, logra fortalecer lo público. Eso requiere acciones que van más lejos que los acuerdos para la transición: la argumentación política, el cuidado de las formas y de la democracia, la defensa de las causas, las decisiones técnicas sobre el activismo, la batalla contra la mermelada y el desate de los personalismos son necesarios para que, quienes aún son vistos como las cabezas de una pelea de odios puedan sellar una transición crucial.

Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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