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El gobierno de Iván Duque ha sido largo. Lleva dos años en los que se ha movido por inercia y faltan casi dos. Siempre, como esperando un milagro, una solución providencial.
Olvida el presidente que, según la Biblia —sobre la que él juró y que también lo inspira—, la fe sin obras es muerta. “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”, declara el libro de Santiago, dedicado a los pobres.
Por eso la Virgen de Santa Catalina, que el presidente consideró milagrosa al ver que no se cayó tras el paso del huracán, no hizo el milagro de evitar la destrucción. “Esa imagen es poderosa. Muestra la fe, la resiliencia y la gran capacidad de la comunidad de Providencia para enfrentar estas circunstancias”, dijo Duque sin considerar que, en países como el nuestro, la resiliencia es la capacidad que tiene la gente de acostumbrarse a sufrir. Eso, por no decir otra cosa.
Porque los habitantes de San Andrés, Providencia y Santa Catalina sí que han sufrido. Y en la inercial narrativa presidencial, ahora dejarán de hacerlo gracias a las medicinas, los implementos de aseo y los mercados que recibieron los isleños tras el desastre de la naturaleza. “¡Me sentí muy emocionada al ver que la primera dama tiene en cuenta a nuestros niños de la isla!”, afirma una mujer raizal en un video promocionado por la Presidencia tras registrar las entregas que hizo María Juliana Ruiz. “Ayudas”, se les llama en los comunicados de prensa.
El huracán no se podía evitar, pero muchas de sus consecuencias sí. No hubo muertos, pero habría sido mejor contar con un hospital para los heridos, con un Estado que hiciera cumplir las normas de construcción, con un alcantarillado. Hace más de una semana, las aguas podridas rebozan mezcladas con las de la marea.
Pero así como pasan los milagros, pasan las tragedias. Misericordia y no racionalidad es lo que ha estado presente en la narrativa del presidente. En la de este y en la de los anteriores. Se promete que llegará comida, pero se guarda silencio sobre todo lo que no hay. “Con nuestra presencia, queremos decirle al archipiélago que aquí estamos como país”. ¿Eso se traduce en más médicos? ¿En que por fin San Andrés tenga un hospital? ¿En educación? ¿En qué tipo de soberanía?
Junto al silencio estatal, molesta también el de la sociedad civil sanandresana. Duele que haya sido, como lo dice el mandatario, tan resiliente, tan adaptada a la inercia.
En contraste con el mutismo social y la inoperancia estatal, en 2014 sonó la voz de Rudolf Hommes quien, en una dura carta, renunció al Proyecto San Andrés porque no le veía impulso. Consideró una farsa que el Gobierno anterior insistiera en promesas, cuando en Providencia ni siquiera había un médico general. Tampoco pasó nada.
Ni esa vez, ni cuando Colombia estaba a punto de perder miles de kilómetros de mar en la Corte de La Haya, ni ahora ha habido ningún milagro en las islas. No han llovido desde el cielo ni desde el Estado perspectivas de un futuro diferente. No ha habido el mínimo cuestionamiento estatal a las condiciones estructurales y previas a este desastre.
Y así como no es suficiente en las islas, la fe sin obras tampoco será suficiente para hacer milagros en Chocó, en Tumaco, en Buenaventura o en el Cauca.
