Hay algo paradójico en esta campaña. Nunca habíamos escuchado tantos llamados a “recuperar la institucionalidad” mientras parte del establecimiento parece dispuesta a entregársela a cualquier caudillo que prometa orden.
Durante tres años, desde el poder se insistió —muchas veces con razón— en que Petro tensionó las instituciones: atacó a las Cortes, tuvo pulsos con organismos de control, agitó la constituyente y lideró una confrontación permanente. Sus críticos insistieron una y otra vez en que había que defender las instituciones.
Pero en nombre de esa misma defensa institucional, hoy gana terreno alguien como De la Espriella, cuya idea de institucionalidad se reduce al efectismo. No es casual que él admire públicamente modelos como el de Bukele: las megacárceles, la militarización y la idea de que los problemas complejos se resuelven con mano dura y un palillo en la boca, sacando el macho ante a los enemigos.
Pero la Constitución de 1991 no fue construida solo para garantizar orden. También se diseñó para impedir que Colombia se organizara alrededor de una sola cruzada. Por eso habla de pluralismo, libertad religiosa, debido proceso, separación de poderes y límites al Ejecutivo. Son barreras levantadas en reacción a la violencia narco, después de reconocer la exclusión, el cierre del sistema político, la ausencia de derechos efectivos.
Ahí es donde las posturas de Abelardo inquietan. Cuando contrapone el Estado laico con el islam para echarle cepillo a Trump y Rubio, desconoce que en los países serios el Estado no excluye credos. Tampoco es institucional cuando cuestiona los efectos formales de la paz o promete desmontar medio Estado sin explicar cómo garantizaría derechos en un país con una institucionalidad tan frágil.
De la Espriella no transmite confianza en la justicia sino deseo de revancha. Eso explica la disposición de muchos a aceptarlo como un “mal necesario” con tal de que el país vuelva ser el de antes. Como si 2022 hubiera sido un accidente.
Incluso en privado, sectores admiten que el candidato no es exactamente de los suyos. Su estilo les incomoda. Demasiado gritón, performático, corroncho y nuevo rico para los códigos del poder. Pero aun así parecen tolerarlo como el instrumento para intentar restaurar el orden previo al petrismo.
También obvian los escándalos. La mafia es de quinta; Maduro también. Pero se tragan sapos como los denunciados por Coronell de recibirle dólares a Saab o haber tumbado a David Murcia. Y de la estética ni hablar, se resignan a que se inspire en Miami y muestre la plata, cosa que creen de mal gusto, con tal de volver a lo de antes que, aunque no ha funcionado, les ha funcionado.
Es legítimo que la derecha vuelva al poder. De eso se trata la democracia. Pero pretender que todo puede “volver a la normalidad” a punta de mano dura y restauración, sin negociaciones institucionales, como las que parcialmente hacía la derecha preuribista, desconoce un cambio simbólico que ya ocurrió.
Y los países que cambian rara vez regresan en silencio. Además de que nuevos actores se sienten representados, la democracia no se defiende con autoritarismo. La última vez que alguien dijo “a defender la democracia, maestro”, y usó la fuerza para hacerlo, todo fue un desastre.