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Las cifras recientes demuestran que la salida de colombianos del país rompió todos los récords en 2022 y 2023 con 547.000 y 445.000 personas, respectivamente, que han salido para no volver.
Buena parte de esos colombianos vivían en Bogotá, donde a finales de los 90 el 88 % de los habitantes se sentían optimistas del futuro de la ciudad, pero hoy apenas el 53 % tiene este sentimiento.
El desamor por la ciudad ha tenido implicaciones que van más allá de lo emocional. Según el DANE, entre 2005 y 2018 el crecimiento vegetativo de la capital fue de un millón de personas: aunque nacieron un millón y medio, 500.000 no se quedaron en la ciudad.
Los impactos urbanísticos son enormes. Buena parte de la gente que se va decide irse a municipios vecinos, implicando mayores distancias, tiempos, costos y emisiones derivadas del desplazamiento. Como la mayoría de quienes se desplazan son de bajos ingresos, la diáspora aumenta la segregación y pauperización de lugares como Soacha. El urbanista Carlos Roberto Pombo, presidente de la Sociedad de Mejoras de Bogotá y quien acaba de lanzar la plataforma Construyendo Civilidad, explica que la expulsión se debe a dinámicas universales pospandemia, pero también al desencanto con la ciudad y al hecho de que es muy cara para vivir, entre otras cosas.
Lograr que la gente quiera vivir en una ciudad no depende solo de aumentar la seguridad —París y Nueva York son inseguras—, sino que también está ligado a la posibilidad de sentirse bien en el entorno. Recuperar el sentido de ciudad —que deriva a su vez en bajar la abstención y mejorar el recaudo tributario, como sucedió en los 90, por ejemplo— pasa por recuperar la ciudad como un lugar con arquitectura de valor, con un paisaje urbano especial, con sentido.
A estas alturas, una ciudad con esos valores solo se reconstruye con renovación urbana: cualificando el centro, haciendo intervenciones urbanas integrales y entendiendo las nuevas dinámicas demográficas. Los análisis actuales de la Sociedad de Mejoras permiten anticipar que, aunque la población de Bogotá seguirá disminuyendo entre 2024 y 2035, el número de hogares aumentará en cerca de 800.000 en el mismo plazo. Cambiarán las cosas, porque los hogares unipersonales pasarán del 26 % al 39 % y al menos dos quintas partes de esa población trabajarán desde la casa.
Esa reconfiguración requiere hacer más viviendas nuevas y de bajo costo cercanas a bibliotecas, servicios de salud y opciones de movilidad. La gente estará más sola y será mayor, por lo cual es urgente construir más y mejores espacios de calidad y de encuentro. La construcción de edificios de oficinas será inútil y las promesas de hacer más viviendas, a secas, no responderán a las prioridades.
El programa de gobierno que presentó el alcalde Galán tiene elementos que apuntan a esos propósitos ligados a la renovación urbana. Sacarlos adelante dependerá de que en Bogotá se acabe la judicialización del urbanismo y de que las promesas políticas entiendan la realidad demográfica. Por entender cómo se configura una nueva ciudad pasan las salidas para controlar el éxodo y recuperar el orgullo de una Bogotá anímicamente golpeada, triste y desencantada.
