De 34 columnas publicadas desde el 7 de agosto de 2022, en 17 meses, sólo he escrito dos criticando al gobierno Petro. Tuve razones para cuidar opiniones en contra.
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La primera, la convicción-cliché de que si a Petro le va bien a todos nos va bien. Es oscura esa derecha que se regocija con los escándalos y dice que qué dicha que las cosas le salgan mal a Petro. Porque quienes la conforman prefieren que todo el mundo, incluyéndolos a ellas y a ellos, se caiga en el abismo con tal de que también se caiga la izquierda. No importan los paros cívicos, la estabilidad democrática, la tolerancia, la pluralidad: todo eso que se vaya a la porra, pero que no nos gobierne “ese guerrillero”, 34 años después de firmado con el M-19 el acuerdo de paz.
A veces el tono de la izquierda era igual de desesperante con Duque. Celebrar sus memes y sus tragedias ligadas a su narrativa inane y querer el mal porque a él le fuera mal terminó afectándonos a todos. A los indicadores de salud mental de la pandemia se superpusieron los de un paro mal manejado. Ojalá Duque no hubiera presentado una reforma tributaria en medio del estallido o no se hubiera disfrazado de policía pues nos hubiera ido mejor. Pero no faltó quien celebró que con esa tragedia se estaban generando condiciones para el cambio.
Hace un año también creí que evaluar a Petro de la misma manera como se ha hecho con los presidentes desde hace un siglo no era apropiado. Eso por cuenta de que nunca antes este país clasista y derechoso había permitido que la izquierda ganara en las urnas. Pero el tiempo me ha demostrado que hay criterios como la planeación, el trabajo en equipo, la honestidad y la puntualidad que importan en cualquier gobernante.
Han pasado cosas buenas en estos meses. Que una mujer afro haya sido elegida en un alto cargo y que la izquierda haya llegado al poder son cosas chuleadas. Además, el Estado ha dejado de matar gente: si bien siguen las muertes por omisión —en el caso de los líderes y los firmantes de paz, sobre todo—, no hay falsos positivos ni asesinatos de marchantes. La explosión social ha estado controlada y los intentos de “paz total”, aunque sin estructura, han salvado vidas. Es probable que por primera vez haya una fiscal independiente y, en política exterior, retomar las relaciones con Venezuela y tejer confianza con Biden ha sido valioso.
Pero mucho de eso se ha borrado con el codo y contra argumentar críticas claves al gobierno es cada vez más difícil. El desorden en la gestión, la costosa obsesión con sacar adelante una reforma a la salud cargada de dudas, la incapacidad de concertar, la peleadera con Bogotá, el desdén hacia el acuerdo de paz, los escándalos, el peligroso poder del séquito de la primera dama, la oscuridad de figuras como los Benedetti y los Leyva, y la falta de eficacia, la impuntualidad y el estilo de gobierno, hacen difícil defender la gestión del mandatario.
Sus retos no son pocos. Recomponer el caminado cuando ya lleva parte de 2022 y todo 2023 no será fácil. Le queda menos de lo que se cree para que llegue el momento de los balances y unas nuevas elecciones determinen, además de una evaluación, las posibilidades futuras de alternancia entre fuerzas. Tiene Petro un año y medio para jugarse el futuro de la izquierda.