El Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional cumple 40 años bien cumplidos. Desde su creación, impulsada por Marco Palacios y Francisco Leal, ha buscado explicaciones profundas sobre la tragedia colombiana. Sus hitos comenzaron en 1987 cuando, liderando la pionera Comisión de Estudios sobre la Violencia, abrió un camino de interlocución entre academia y Estado.
El método cuenta. En los espacios de argumentación semanal, y que Eduardo Pizarro bautizó “Gólgotas”, los investigadores se acostumbraron a sustentar sus textos con evidencias. Desde entonces, los profes, muchos de los cuales fueron llamados violentólogos, pusieron en aprietos a lugares comunes como: la pobreza como explicación de la violencia, la crisis perpetua y la nostalgia de que todo tiempo pasado fue mejor.
Francisco Gutiérrez, uno de ellos, columnista de este diario, ha demostrado la necesidad académica de pensar por fuera de la caja. Ejemplo de ello es su cuestionamiento a la idea de "voto de opinión". En una columna de 2022 señaló que el triunfo de Petro expresó una voz popular, un movimiento con sus propias razones y que no había encontrado representación adecuada en el pasado.
Cinco años antes, una encuesta del Centro Nacional de Consultoría, publicada por Semana, encontró que el 42 % de los consultados del estrato 6 escogía candidatos por beneficios particulares: el mayor porcentaje de voto “interesado” entre los estratos. Como Gutiérrez, los datos sostienen que clientelismo no es ni patrimonio popular ni tan irracional como se cree. La cercanía al Estado y la conservación de privilegios merecen tanto análisis como los mercados, las tejas y las tradiciones sobrevinientes al racismo, al clasismo o al caudillismo, sabiamente estudiado por Gonzalo Sánchez, también profe del Instituto.
Otro lugar común que ha cuestionado el IEPRI es el de considerar a Colombia una democracia ejemplar. Desde ahí se ha argumentado la coexistencia de una "democracia electoral" y una represión devastadora. Ni democracia plena y feliz, como la presentan políticos y registradores, ni una historia en la que las armas hayan borrado todas las conquistas democráticas.
Desde el análisis comparado, otro activo del Instituto, también se ha demostrado que la pobreza no es la causa primordial de la violencia. En 2022, India e Indonesia tenían más pobreza que Colombia, pero tasas de homicidio muy inferiores: 2,82 y 0,30 por cada 100.000 habitantes, frente a 24,95. Esto, y análisis de internacionalistas como Socorro Ramírez o Diana Rojas, han dado insumos para cuestionar la miseria como explicación automática.
Con pertinencia frente a todos esos temas, otro ejemplo contracorriente fue el cuestionamiento que el profesor Álvaro Camacho hizo de la categoría de crisis, tan maltratadita en el periodismo y el análisis. Ante tragedias que persisten durante décadas, ¿hablamos de excepciones o de problemas estructurales?, planteó.
El legado del IEPRI incluye revisar las propias certezas. El desacuerdo, los datos, el trabajo de terreno y la conexión con el mundo han permitido trascender la opinología. Ante tanta academia de garaje, allí está la muestra de que en Colombia la excelencia es posible y que en la de calidad, la de los intelectuales públicos y comprometidos, hay respuestas que el Estado haría bien en escuchar y llevar a la práctica para escapar de la inviabilidad.