El próximo fin de semana, el prestigioso fotoperiodista Stephen Ferry va a devolverle a la comunidad de Villarrica (Tolima) la reconstrucción de un periódico con una historia que había sido escondida por la censura. Entre 1954 y 1955, bajo el gobierno de Rojas Pinilla, allí tuvo lugar la represión estatal en respuesta a la movilización estudiantil de 1954. Sin evidencias y con suspicacias, el Gobierno asoció esta movilización con el riesgo de que se crecieran las reivindicaciones del movimiento campesino del Tolima. El establecimiento no oyó a los estudiantes ni a los campesinos, y a cambio de la paz social se tragó el sapo autoritario de Rojas Pinilla.
Setenta años después y con un Acuerdo de Paz firmado, los temores del poder siguen vigentes. La izquierda sigue siendo vista como el coco y cualquier cosa es posible con tal de evitar que asome la nariz.
Las tragedias generadas durante años por la violencia guerrillera legitiman ese susto. Las guerrillas colombianas, aunque siempre mantuvieron el discurso ideológico, se degradaron con el tiempo. Esa ha sido una de las razones por las cuales aquí el temor a la izquierda ha sido mayor que en otros países y a las Farc les ha ido tan mal en las urnas.
Pero, así como Colombia ya pasó por la derecha de Turbay y Uribe, y el país, ahí, sobrevivió, las élites no deberían tener tan altos niveles de pánico a la izquierda. Una democracia seria no debería postergar las posibilidades de demostrar que el tránsito de las armas a la civilidad tuvo un sentido y que para pacificar el país fue que en 1991 y en 2016 hubo aperturas políticas.
Pasar por la izquierda también sería razonable para que las fuerzas que se declaran progresistas vean que gobernar no es tan sabroso como lo pintan. La gente quiere soluciones urgentes que necesitan de los técnicos que a veces desprecian y que son imposibles de dar en el corto plazo. En esas condiciones, ningún gobierno, por populista que sea, tiene garantizado ser popular.
No obstante, desde el poder se siguen justificando adhesiones electorales con lugares comunes.
El primero es el del salto al vacío. ¿Cuánto más podemos hundirnos? ¿Con un índice de pobreza multidimensional del 16 % y 7,5 millones de personas en situación de pobreza extrema, no tocamos fondo? ¿Con el 85 % de los colombianos creyendo que las cosas van por mal camino, no estamos ya en el vacío?
El segundo es considerar que Colombia es la democracia más solida de América Latina. No lo es. Se pueden contar decenas de quiebres institucionales desde la dictadura de Rojas Pinilla hasta la aprobación de la reelección, pasando por el Frente Nacional, los “narcocasetes” y el Proceso 8.000.
En las democracias sanas el cambio y la incertidumbre son valores esenciales, así los representen outsiders como Rodolfo o políticos como Petro. Pero en Colombia las élites políticas imponen alianzas para evitar lo desconocido. Los poderosos cierran filas en torno al statu quo así este sea lamentable, pues desconocen los clamores y prefieren la negación. Como en Villarrica.