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Matronas, patrones y elecciones

Lariza Pizano

17 de mayo de 2026 - 12:06 a. m.
“No es casualidad que, en medio de la matazón, el país haya votado tantas veces por hijos, viudas, hermanos”: Lariza Pizano.
Foto: Captura de pantalla
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En esta campaña ocurrieron dos pérdidas. Una violenta y otra no. La de Miguel Uribe Turbay y la de Germán Vargas, cuya muerte cerró uno de los capítulos más influyentes de la política colombiana reciente. Dos hombres distintos en edad, estilo y visión, pero ambos con capacidad de gravitar sobre sectores importantes del electorado.

Por cuenta del dolor derivado de esas pérdidas, tomó fuerza la voz de María Claudia Tarazona y Clemencia Vargas. La primera asumió la vocería durante la hospitalización de su esposo y despertó solidaridades genuinas. La segunda, históricamente distante de los medios, apareció en medio del duelo por su padre.

Consultadas por los medios, ambas hablaron de sus preferencias políticas. Para María Claudia, el uribismo es la única manera de ganarle a Cepeda. Para Clemencia, hay que votar contra Petro “y sus secuaces”. Sus afirmaciones son libres, pero chocan. Primero, porque las recomendaciones electorales de los familiares de los difuntos eran propias de otra época, y no de una que valora las ciudadanías libres. Segundo, por la obsesión de los medios por registrar las decisiones de quienes no han tenido trayectorias de liderazgo.

Durante días, los medios convirtieron las declaraciones de las dos en un hecho mayor y amplificaron una idea arraigada en la cultura política colombiana: que las lealtades se heredan como patrimonio familiar. Una política que ha estado atravesada durante décadas por apellidos, redes clientelares, herencias simbólicas y capitales electorales que se administran como fincas. No es casualidad que, en medio de la matazón, el país haya votado tantas veces por hijos, viudas, hermanos.

En el caso de Tarazona y Vargas, lo que causa molestia no es el liderazgo femenino —que, en términos de vida pública, ninguna ha tenido—, sino la obsesión mediática con reproducir respuestas propias de una legitimidad emocional, patrimonial, afectiva. Una cosa es reconocer el duelo y otra aprovecharlo. Tamaña cobertura sobre las preferencias de una viuda y una hija genera muchos clicks, pero revive una lógica colonial. No en vano, en la encomienda latinoamericana el poder no descansaba sobre ciudadanos autónomos sino sobre casas políticas, linajes y fidelidades heredadas de generación en generación.

Miguel Uribe y Vargas Lleras tenían una capacidad política mucho más compleja que esa reducción. Miguel fue un dirigente uribista que acompañó causas liberales, respaldó el plebiscito y tuvo interlocución con sectores distintos al suyo. Vargas tuvo un corazón institucional y era reconocido, pese a sus bravuras, por la habilidad de relacionarse con personas de todas las orillas.

Pero Colombia ha cambiado y aunque las famiempresas políticas siguen existiendo, chocan cada vez más con una sociedad donde millones de personas sienten que su representación ya no depende de apellidos sino de experiencias propias y demandas autónomas. En ese contexto, el obsesivo y exagerado cubrimiento de las preferencias electorales de hijas, esposas o familiares es el reflejo de una cultura política replicada por los medios y que todavía no termina de abandonar la finca, la parcela y las famiempresas que evocan con fuerza las dinámicas de los patrones, las matronas, la encomienda, las redes y la Hacienda.

Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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