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El escándalo de las sábanas de 500 hilos y los plumones de ganso no es una banalidad. Además de ir más allá de la discusión sobre los derechos y lo que es legal, puede generar reacciones de fondo. Las grandes revoluciones han empezado por el alza en el precio del pan o el rechazo al lujo. Y así la plata que se gastó el DAPRE en amoblar la Casa de Nariño no hubiera sido mucha en comparación con el hueco fiscal, tras simplificar los titulares a la gente le quedan grabadas dos palabras: poder y derroche.
Que Duque también haya comprado cosas para su casa familiar y privada con plata pública no justifica que la familia Petro lo haga. Primero, por un tema de raseros: si se hubiera sabido que Duque gastó $118 millones en televisores, la oposición al uribismo habría criticado el derroche. Segundo, porque, a diferencia de Duque y de todos los presidentes anteriores, al actual lo eligieron los indignados, los mismos que han sido los protagonistas de la movilización social desde 2019.
A los indignados que quieren un cambio, el que sea, pero cambio, les chocó que María Juliana Ruiz usara el avión presidencial para llevar niños a una fiesta infantil en Panaca y que a Marta Lucía Ramírez le cargara la cartera un policía.
En este episodio simbólico de las compras de la residencia presidencial se olvidó que la comunicación política suele ir más allá de la defensa de la legalidad y su esencia es la empatía. No se trata de que el presidente no pueda tener sábanas de 500 hilos, pero que, si decide tenerlas, las compre con su salario. Petro llegó a la Presidencia porque en su relato eran claves los atributos de sencillez, popularidad, trabajo, esfuerzo y humanidad. Una de las estrategias definitivas de su campaña fue demostrar que podía dormir en una cama en las casas de trabajadores de Nobsa, Honda o Ciudad Bolívar; así, sin lujos, como los demás.
Al presidente le hace falta un buen asesor. No hay un consejero de alto nivel que le hable al oído, para que le desaconsejara meterse, vía Twitter, en una pelea barata de pesos, hilos y pulgadas.
Porque para que se interese en el tema de las sábanas no se necesita que la ciudadanía tenga una gran cultura política. Como el asunto salió hasta en la sopa, puede dejar cicatrices ante la ciudadanía. Si quieren ratificar la idea del cambio para mantener alta su popularidad y gobernabilidad, el presidente y su equipo deben cuidar las comunicaciones. No solo en temas de la casa privada, sino también en los esenciales para el Gobierno. Ya mucho se ha dicho sobre la necesidad de poner en plastilina qué es eso de la paz total y aclarar con quién se hace y por qué. Errores como el de meter a Rafael Uribe Noguera en la foto de la discusión sobre paz total en La Tramacúa, además de generar confusiones sobre quiénes hablan con el Gobierno, cómo y cuándo, pueden generar nuevas indignaciones.
Buenas noticias como la reanudación de los diálogos con el Eln o la apertura de la frontera con Venezuela no se deben ver afectadas por discusiones sobre temas palaciegos y que a largo plazo pueden ser tan costosas como las sábanas. Nadie como Gustavo Petro sabe que por él también votaron los indignados.
