Esta elección es la primera en este siglo en la que la voz de Antanas no se escucha, preciso. Porque Mockus siempre actuó como una conciencia moral para rechazar los autoritarismos y para recordar la necesidad de amar lo público, lo colectivo, como un proceso racional. Si pensamos en los demás, nos va a ir bien a todos, decía.
Pero hoy, justo cuando este país se acerca a una quiebra democrática, no está él ni hay otro actor político con su fuerza para evocar la moral pública. Porque una particularidad de Colombia había sido la coexistencia absurda de dos carriles, el de la violencia y el de democracia formal. Aquí no pegaron las dictaduras y esta era considerada la democracia más antigua del continente. Eso, mientras la matazón hacía del conflicto armado uno de los más largos del mundo. Un país narco, traqueto, injusto, clasista y racista andando en paralelo a una Registraduría eficiente, de alternación cada cuatro años y de unas instituciones que, pese a todo, resistían. Ahora esa coexistencia podría romperse. No porque cese la violencia, sino porque está en riesgo la democracia. La plata se muestra, la prensa se persigue, la soberanía se entrega y el desprecio a las instituciones se hace vigente.
La vulgaridad y el autoritarismo no responden a una sola causa. La toxicidad discursiva de Petro; el daño que parte de la derecha ha hecho a la arquitectura de la paz; el triunfo de Westcol sobre los debates y la crisis universal de credibilidad en la democracia, ayudan a explicar por qué Colombia parece caer en un populismo autoritario capaz de defender el statu quo a las patadas.
Que esté a punto de ser elegido un presidente impulsado desde afuera, extremo, seguidor ético y estético de Trump, tiene lógica. Además de una buena campaña, los hallazgos preliminares del Observatorio de la Democracia de Uniandes calcan una dinámica mundial: menores niveles de satisfacción con la democracia, deterioro de la confianza institucional y crecimiento de las actitudes autoritarias.
Según el Observatorio, en el país el 26,3 % de las personas se declara satisfecha con la democracia, y en Bogotá apenas el 23,8 %. Es decir, quienes tienen mayor acceso a la información de medios y redes, son también quienes expresan mayores niveles de escepticismo frente a la democracia. La percepción de inseguridad alimenta demandas de mano dura, mientras la expansión de las clases medias genera un afán por preservar de lo alcanzado. Entre el miedo a perder y la expectativa de cambio se juega la disputa y, cuando la confianza en la democracia se erosiona, el autoritarismo y la chabacanería comienzan a parecer razonables.
Lo que podría suceder el próximo fin de semana en las urnas merece ser visto desde una perspectiva de larga duración y considerando la llegada tardía de Colombia a una ruptura entre democracia e ilegalidad. Dos elementos que coexistieron durante décadas, incluso después de 2016, pero cuyo equilibrio está a punto de romperse. Podría ceder el aguante de la democracia y, preciso, no está Mockus.