Es tan ambigua la figura de Iván Duque, que después de tres años uno no sabe si es malo o se hace. Si es moderado o si es facho. Si conoce las normas o no. Si es ingenuo o un mediocre peligroso. Para los periodistas era fácil descifrar a Uribe, a Duque no.
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Sus posiciones ante lo sucedido la semana pasada son una mezcla de ignorancia y maldad. Frente a la decisión de la Corte Constitucional sobre aborto, se entrometió en la Rama Judicial al descalificarla diciendo que cinco “personas” no pueden decidir sobre las mayorías. Como si esas personas no fueran magistrados facultados por la Constitución para tomar decisiones de esa magnitud. Como si él no fuera una sola persona con capacidad de incidir sobre el rumbo de 45 millones. Para eso hacen carrera los jueces y para eso se hizo elegir él. Es la esencia de la representación democrática.
La decisión de la Corte tampoco le gustó porque “rompe el principio constitucional de cosa juzgada”. ¿No era cosa juzgada la Ley Estatutaria de la JEP cuando él sugirió cambiarla? ¿No estaba prohibida la reelección cuando unas “personas” decidieron que Uribe pudiera reelegirse para un segundo mandato?
Frente a la atrocidad del robo a los investigadores de la Comisión de la Verdad que entrevistaron a Otoniel, las respuestas del mandatario oscilaron de nuevo entre la estupidez, el cinismo y la maldad. Guardó silencio sobre la decisión de la policía de suspender la entrevista al delincuente por parte de los comisionados, y cuando le robaron las grabadoras a uno de los investigadores, Duque sugirió que era culpa de él por guardar materiales en su casa. ¿No se enteró de que se habían hecho copias del material, como lo dijeron los medios? ¿Aplicará el mismo principio para decir que fue culpa de la entonces ministra Abudinen que se robaran $70.000 millones de las TIC?
Al menos con Uribe sus audiencias sabían a qué atenerse. Los periodistas, la opinión y la ciudadanía lograron entender quién era. Entraba Job por el garaje de la Casa de Nariño y las chuzadas estaban a la orden del día para quien se atreviera a desacreditar al régimen. Nunca quiso proyectar algo contrario a lo que era y sus comunicaciones, así fueran descuidadas, eran coherentes. Nunca quiso parecer un gobernante del primer mundo en los foros internacionales ni habló del cambio climático ni de la economía naranja. Patrón, de frente.
La Comisión de la Verdad es un ente público, estatal, que hace parte de la justicia transicional. Como también es parte del Estado la Corte Constitucional de la que despotrica Duque.
Es tarde para comprender al presidente, pero ¡qué más da! Fue ya un desastre hasta para la derecha. Su exagerada y fingida pose de estadista, su civilidad hacia afuera y su autoritarismo para adentro han golpeado la paz y hecho trizas a su partido. También afectaron la democracia, la misma que defiende con palabras avejentadas mientras la canciller dice que Dios salve a Ucrania y él delega la diplomacia en el Ministerio de Defensa.
Bien ido, Duque. A la institucionalidad que ha sobrevivido a su mandato le queda resistir seis largos meses.