A pesar de que ya ha menguado su protagonismo mediático, el novelón en torno a Nicolás Petro sigue generando tristeza. Se trata de un drama difícil de tramitar políticamente porque va mucho más allá de la coyuntura y tiene impactos en el largo plazo. No es lo mismo un escándalo que salpique a un mandatario del establecimiento —es visto como un escándalo más— que uno que contamine a alguien que ha combatido las mafias y prometió sacar a sus hijos de la escena de sus intereses. “Mis hijos jamás”, dijo el mandatario en 2022 en un trino que envejeció mal.
Aunque ante la ley todos deben ser iguales, la opinión les cobra más duro las fallas a los elegidos que hacen grandes promesas. Desde la mirada de la comunicación, no tienen tanto peso las denuncias en torno a un jefe político tradicional, que aquellas que afectan a un outsider. Para el corazón ciudadano sería predecible el escándalo de alguien como el ‘Ñoño’ e infinitamente doloroso el de alguien como Mockus.
Pero Petro, quien en su vida política siempre había tenido como narrativa la pelea contra las mafias, en 2022 decidió jugársela con personajes cuestionados. Se sabe ahora que Nicolás fue adoptado por Benedetti en la costa para presentarle sus contactos, a pesar de que el candidato tenía claro el talante del exembajador y de su hijo. No en vano, cuando fue alcalde pidió al fiscal Montealegre investigar las posibles presiones burocráticas de Nicolás a funcionarios de la Bogotá Humana.
Más allá de la coyuntura, este escándalo es triste porque afecta las posibilidades de la alternación democrática en el largo plazo. En este país había sido imposible que gobernara la izquierda y cualquier cosa que se pareciera a ella, así tuviera un origen liberal, había sido estigmatizada. Nunca hubo esperanzas profundas de que Lucho Garzón, Carlos Gaviria o Navarro pudieran ganar. Otros con menos suerte, como Jaramillo, Pardo Leal y Pizarro, fueron sacados de la competencia a tiros. ¿Tanta gente y tanto tiempo esperando un gobierno alternativo para soportar un escándalo tan barato y politiquero como este?
La responsabilidad histórica de Gustavo Petro no es menor. Si el cambio de izquierda no se traduce en eficacia, el enredo de Nicolás fortalecerá el escepticismo. Ya es una desgracia que solo el 46 % de los colombianos crean en la democracia, como para que ahora se sumen a los pesimistas quienes eligieron al presidente. Triste y muy lamentable, como dice él mismo refiriéndose al episodio de su hijo, es la realidad política para millones a quienes un delfín les puede quebrar la promesa del cambio.
Y es triste también para las ciudadanías no clientelizadas —las “libres”, como las llama Petro—, que han intentado relevar al establecimiento a los políticos que en Colombia siempre habían sido elegidos sin ser renovados.
Lo hecho, hecho está y cada cual, incluyendo al presidente, es consecuencia de sus decisiones adultas. En escoger el camino radica la libertad. Ahora Petro tiene el reto de evitar un mayor catastrofismo democrático.
Hacer un gobierno eficaz con la legitimidad golpeada y generar consensos sin cederles a los de siempre, como aquellos que escogió Nicolás para hacer campaña, no será nada fácil.