Nada es garantía de nada. Ni siquiera un contrato, ni un cheque, ni un CONPES. Aquí todo es contrario a la definición más simple de la democracia, la de un régimen en el que hay certidumbre en las reglas y la incertidumbre en los resultados. Es al revés y así se firmen en piedra, las cosas no tienen un cierre definitivo: ni la paz, ni la guerra, ni el metro.
La amenaza de que la primera línea del metro se hace subterránea o la nación no cofinancia otros proyectos ya acordados en Bogotá es símbolo de que el Estado no escapa a los voluntarismos. Para salvar la idea del metro hubo que reinstalar mesas técnicas entre la Alcaldía y el Gobierno. Como “un pacto”, las definió el presidente. Un acuerdo que se vuelve a buscar así ya se hayan firmado pactos y presupuestos para el mismo propósito entre la ciudad y Santos (2017), y entre la ciudad y Duque (2021).
Tan poco importan las definiciones públicas, que el ministro de Transporte de Petro dice que la del metro es su plata. “Si nosotros hablamos de que nosotros ponemos el 70 % de la financiación de la línea 1…. pues nosotros tampoco vamos a girar la plata de otros proyectos”. “Nosotros”, dice.
Si lo público existiera como un propósito mínimo de la mayoría de políticos, la historia del no metro en Bogotá no habría sido tan trágica. Desde 1942, cuando el alcalde Carlos Sanz de Santamaría propuso la primera línea, hasta 2023, del metro solo hay un hueco en la 72 con Caracas, y ni siquiera sabemos si los trenes pasarán por ese lugar.
Lo público no se ha reflejado en la planeación en el ámbito local ni en el nacional. Ni los Planes de Ordenamiento Territorial son certezas, ni los proyectos de ciudad permanecen en el tiempo. Candidatos, congresistas y opinadores hablan sin cifras. Como si no fuera un tema de ingeniería, defienden lo que les parece más bonito.
La ciudad se ha gastado $118.000 millones en estudios que no han servido para nada. Y abierto el debate del metro, ya opinan desinformadamente políticos de todas las épocas. Hollman Morris dijo que en la alcaldía de Petro se había optado por hacerlo subterráneo por la Caracas, cuando fue por el corredor de las carreras 13 y 11; Ernesto Samper trinó que su proyecto fue el mejor; Katherine Miranda le contestó a la alcaldesa que Francia Márquez y el presidente pensaban en el bien de la ciudad y Gustavo Bolívar aseguró que como “el 90 % de los metros del mundo son subterráneos”, el de Bogotá debía serlo. Bien lo dijo Peñalosa, quien pasó de oponerse al metro a plantear que fuera aéreo: “Subirse a un metro no lo vuelve experto en movilidad”.
Durante los años 90, sobre la estructura institucional que armó Jaime Castro, Mockus y Peñalosa hicieron viable a Bogotá. La esperanza hizo que en 2002 los contribuyentes aportaran $1.165 millones voluntariamente. Esa suma llegó a cero después del carrusel en el gobierno de Samuel Moreno.
Hoy la terquedad del Gobierno nacional es la que se impone sobre lo técnico y lo público. No se deberían abrir mesas sobre algo ya resuelto ni hacer pactos sobre algo ya acordado. El despelote que armó el ministro ratifica que en Colombia lo que hay es incertidumbre en las reglas y ausencia de resultados.