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Un museo para la reina

Lariza Pizano

25 de junio de 2021 - 12:30 a. m.

Qué dicha que se llevaron las estatuas de la reina Isabel la Católica y de Cristóbal Colón para la Estación de la Sabana. Allá estarán bien mientras las restauran y deciden en qué museo las guardan y las exponen. Porque ni siquiera antes del paro tenía sentido que estuvieran en la 26 y que fueran el primer referente patrimonial con que se encontraban quienes aterrizaban en Bogotá.

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Hasta ahora, las esculturas no habían importado mucho. Tan irrelevantes han sido para la gente y para el Estado que durante décadas las habían trastearon de un lado a otro de la ciudad cada vez que obstaculizaban un proyecto vial. Se crearon para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América y llegaron a Colombia en 1897. En 1906 las inauguró Rafael Reyes, a quien le pareció bien ponerlas en la 13 con 16. Su mirada era la de su tiempo y celebraba el descubrimiento, no la liberación.

Cuarenta años después, las esculturas de la 13 se volvieron un encarte. En 1948 las movieron a las Américas, al lado del monumento a la Novena Conferencia Panamericana. Nunca nadie se preocupó por forzar un mínimo argumento de qué tenían que ver las figuras con la creación de la OEA.

Un tercer trasteo en 1988 las llevó a la 26, en donde se dijo que deberían estar para la celebración de los 450 años de la fundación de Bogotá y donde pusieron a Colón señalando a los moteles, no al punto cardinal en el que él había pensado. Eso, se dice, costó un reclamo diplomático del gobierno italiano. ¿Y por qué en la 26? Pues porque ahí cabían.

El patrimonio debe tener o debe dotarse de un sentido claro. Por eso, aunque no tienen razón los misaks en acudir a las vías de hecho para tumbar a la reina y al colonizador —como trataron de hacerlo hace 15 días—, sí la tienen en abrir el debate de por qué homenajear a quienes, se dice, los descubrieron.

Para la lectura de 2021, la placa del monumento puede ser ofensiva. “La República de Colombia al insigne almirante Cristóbal Colón, descubridor de la América, y a la digna protectora de su empresa, la ilustre reina católica, doña Isabel de Castilla”, dice. Gratitud.

En la otra orilla, la lectura es opuesta. “La retirada de estatuas y los actos vandálicos contra figuras de la historia de España abren un profundo debate en uno de los pocos países de Hispanoamérica que habían evitado entrar en este tipo de disputas. Con una huelga general fuera de control, la minoría indígena chantajea al Gobierno con viejas reclamaciones”, escribe en estos días un columnista de ABC.

Para algunos, Colón e Isabel pueden ser referentes de ese relato de la colombianidad “pujante”, hecha a pulso, en la que los buenos son más. Para otros, símbolos de 500 años de discriminaciones, corrupción e ineficiencia estatal. De ahí, para evitar que también las estatuas sean motivo de radicalización, la importancia de abrir el debate público sobre el tema.

Guardadas las proporciones, esa deliberación fue la que abrió Mockus en los 90 cuando se preguntó por el sentido del himno bogotano y por qué siempre el mapa de la ciudad se sigue pintando y se vende al revés.

Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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