Ni los académicos, ni los analistas, ni los opinadores han podido entender del todo la personalidad política de Gustavo Petro. Sucesos como el cambio de gabinete o el balconazo solo alientan especulaciones: que se encierra durante horas, que planeó entregar la cabeza de la ministra Corcho, que tiene en mente una constituyente, que es pragmático, que es su estilo... Suposiciones desde lo desconocido.
Lo paradójico es que Petro lleva años en el poder y tiene unas formas de liderazgo predecibles. En contraste con su antecesor, tiene una narrativa propia, que es su fuerte: es disruptor y tiene un discurso en torno a las causas que, a la vez que cala en el exterior, le permite proyectarse como el redentor de los suyos.
Es la primera vez que el grueso de los movimientos sociales son parte del Estado. O al menos eso sienten. En un contexto de radicalización ese hecho, que se traduce en activismo estatal, sumado a que el presidente juega al todo o nada, genera nerviosismo. Tensa la cuerda todo el tiempo, al punto de recordar: “El Estado soy yo”. Aunque jugar duro no siempre es prudente, esa vocación explica los discursos de ahora y de su alcaldía.
Que eso requiere análisis por fuera de la caja ha sido difícil de asimilar por los analistas. Tras el balconazo, ellos le dedicaron mucha tinta al riesgo de una eventual revolución, en vez de entender el recurso retórico de movilizar la calle. La derecha populista hablaba de la patria; Petro se refiere al pueblo.
Que muchos crean que con Petro Colombia se va a volver Cuba evidencia que las categorías que rigen en varios corrillos políticos y académicos siguen siendo anacrónicas y que así se reforzaron por culpa de la reciente obsesión de la derecha con Venezuela. Si bien en el balconazo el mandatario expresó la dicotomía maniquea y confrontacional del pueblo contra el poder, también es anticuado pensar que nada hay de Petro a Fidel.
Son anacrónicas las categorías con que los académicos tratan de analizar el entorno de un país tan presidencialista y al que llegó un mandatario tan diferente. Políticamente se está tratando de ver un fenómeno nuevo, con las viejas gafas. No hay que olvidar que en Colombia nunca había sido elegido un presidente de izquierda y que el asesinato de Gaitán se saltó el paso obligado por el populismo. Desde entonces, en las presidenciales ganaba el mismo arquetipo.
Analizar a Petro requiere categorías de análisis propias. Justificar un cambio de gabinete hablando de “mermelada”, cuando los nuevos son propias tropas, o limitar la gobernabilidad a la relación histórica con los partidos es quedarse en las miradas tradicionales, a las que estaban acostumbrados el análisis y el periodismo. Excepto Uribe, habían primado los formalismos considerados correctos y propios de la esencia democrática colombiana.
La personalidad política de Petro es nueva no para la izquierda, sino para la institución presidencial y para el análisis. Profundizar en sus decisiones pasadas, sobre todo como alcalde, sirve para entender que las referencias para comprender su actuar público son otras y ya están dadas. En 2022, para ver si la ruptura en las formas implicaba algún cambio, el país eligió a Petro siendo Petro.