Independientemente de si era o no el mayor capo de la historia colombiana, el golpe a Otoniel no generó emoción colectiva. Fue un hecho noticioso, pero un titular repetido. Leer los detalles de esa captura es como patinar en círculo.
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Esa inercia, así dada, quedó confirmada por el mismo presidente cuando dijo que “un golpe así no se daba desde la caída de Pablo Escobar”, dejando claro que 28 años después el Estado no ha podido acabar con los narcos a punta de capturas. Casi absurda la anotación del ranking de capturas y de que este capturado era casi tan matón o más matón que el otro.
En el gobierno de Virgilio Barco se celebró la captura de Carlos Lehder con el mismo tono con que se festejó en el de Gaviria el abatimiento de Pablo Escobar y en el de Pastrana la atrapada de Fabio Ochoa Vásquez. De todos esos hechos, se dijo que dejarían muy debilitados a los carteles. Pero eso nunca pasó: cada vez que cae un jefe de cartel, diez salen de debajo de las matas. ¿Acaso el Cartel de Sinaloa desapareció cuando apresaron al Chapo? ¿O el Clan del Golfo se quedó sin jefe?
Algún heredero vendrá. Hárlinson Úsuga, primo de Otoniel, fue extraditado en marzo de este año, la misma semana en que fue capturada Nini Úsuga, hermana del capo. Y otro primo, Alexánder Montoya Úsuga, fue extraditado tres meses después. El Clan no desaparecerá: Otoniel llevaba formando narquitos leales en Urabá desde hace diez años, que heredarán su oficio como él heredó el de su hermano Giovanni y de Don Mario, quien ya había trabajado para Vicente Castaño. Y ahí está su sucesor, Jesús Ávila Villadiego, listo para reemplazarlo. Ahí, siempre firme, está la cadena de sangre, de negocio y de mando.
Ojalá Otoniel nunca quede libre y pague también por ser un exterminador de líderes sociales, un promotor de la violencia contra comunidades y activistas. Pero ojalá también a quienes tienen el poder político se les revele un cambio de enfoque. Ya que tanto les gustan las ideas repetitivas, ojalá piensen en la que reiteró millones de veces Antonio Caballero en sus columnas: la actual lucha contra el narcotráfico, tal y como está concebida, tiene poco sentido.
Porque en las celebraciones de las capturas siempre se dicen las verdades a medias. ¿Cuándo, al anunciar una captura, un presidente ha mencionado que en Chocó no hay Estado? ¿Que no solo a punta de plomo se soluciona la guerra entre mafias? ¿Que tras decenas de acueductos robados en La Guajira la gente no tiene agua? ¿Que en Urabá abunda la pobreza y que hay tropas que ayudan a los narcos? Razones como esas se callan, así como el Gobierno calló que el propio Blinken dijo en su visita a Colombia que era necesario repensar la política antidrogas y nunca mencionó el glifosato.
Es fácil acudir a viejas fórmulas. En lugar de atacar las condiciones del delito, a Duque, como a otros presidentes del pasado, le gusta competir por el primer lugar en el ranking de maldad de sus capturados.