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Hace un año que la Comisión de la Verdad entregó su Informe Final: un documento lleno de evidencias que hoy reposan en una potente multimedia y reconocen la profunda relación del conflicto con el racismo, machismo y clasismo en Colombia.
Excepto el debate sobre las recomendaciones, que finalmente fueron retiradas del Plan de Desarrollo, y la movilización social a favor de las víctimas, el Informe no impactó como se esperaba. “El país sigue en modo de enemigos internos, señalamientos, activación de odios, conspiraciones y peleas inútiles de lado y lado”, dice el padre Francisco de Roux, expresidente de la Comisión.
Su reflexión apunta a que los avances con el ELN y otros grupos reducen muertos, pero no garantizan reconciliación. La exclusión en el discurso político sigue siendo resultado y motor de los privilegios de algunos y del populismo de otros. En Colombia la modernidad ha sido esquiva, plantea Mauricio García Villegas en sus análisis de la ética colectiva: y así se ve todos los días, en discursos desde todas las orillas y dimensiones.
Recientemente presencié una discusión en la que alguien comentaba con desprecio que un profesor del colegio de su hijo debía ser de izquierda por parecer “de la Nacional”, vago por ser de izquierda y gay por tener el pelo largo. El padre preocupó a un corrillo de iguales “por la manera como el colegio escoge a sus profesores”.
Desde el Gobierno y con la retórica inversa, también se busca cohesionar audiencias a partir de divisiones. Sobre las marchas del 20 de junio, el presidente dijo en París que “no salió el obrero, no salió la obrera, no salió la señora de los tintos, no salió la enfermera […] salió una clase media alta arribista a decir: «Fuera, Petro, no queremos sus ideas», como salieron en 1851, con armas en la mano, a decir que no querían que se les quitaran los esclavos”. Un discurso tan estigmatizante como los que, a la inversa, pronunciaba Iván Duque en 2019 refiriéndose a la bondad de los no marchantes.
La concepción de la sociedad de castas sigue siendo nuestra: firmantes de paz, excombatientes, negros, gais, ricos y pobres siguen estigmatizados y estigmatizándose en medio de contradicciones. Las mayorías están a favor de la paz, pero solo a una parte (el 47 %, según el Barómetro de las Américas) le gustaría que hijos de exguerrilleros estudiaran en el colegio de sus hijos. ¿Cuadra en el discurso de Petro la posibilidad de que sus hijos estudien con algún “arribista” de clase media?
No habrá paz sin conciencia de lo que implica ejercer la ciudadanía. La apuesta debe ser reconocer mínimos: que los otros viven con los mismos derechos, en un mismo territorio y bajo un mismo Estado. Eso requiere que gobernantes y gobernados entiendan que no es contra los ricos, ni contra los pobres, ni contra Petro, ni contra Uribe, ni contra los negros, ni contra los machos, ni contra los arribistas, sino con ellos, con las mujeres, con los obreros, con los ricos y los gais.
“El futuro lo construimos entre todos y todas hasta donde sea posible o no habrá posibilidad seria y tranquila para nadie”, reitera De Roux un año después de entregar su Informe.
