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Depredadores de la libertad de prensa

13 de septiembre de 2026 - 12:07 a. m.

Si continúa su tenaz guion de rasgos compartidos con proyectos de extrema derecha —como los de sus admirados Trump y Bukele—, Abelardo de la Espriella va camino a ocupar puesto en la estantería global de depredadores de la libertad de prensa —como sus admirados Trump y Bukele—.
Según Reporteros Sin Fronteras, una organización internacional que lleva 41 años defendiendo el derecho a informar y ser informados, y ha sido reconocida como entidad consultiva por las Naciones Unidas, los depredadores de la libertad de prensa son, básicamente, los odiadores de esta. Sus armas difieren, pero sus objetivos coinciden: acallar las voces independientes e incómodas para imponer el silencio o que sólo se escuche lo que ellos quieren.
Apenas se cumple un mes de gobierno y ya suenan alto y nos encandilan con luz roja las alarmas. Las colegas Ana Cristina Restrepo, Camila Zuluaga y Vladdo (mi solidaridad con ellas) fueron echadas de espacios que tenían en Blu Radio y Noticias RCN, respectivamente, luego de hacer cuestionamientos o ratificar sus posiciones críticas frente al presidente y lo que este representa.
El encargado en Blu Radio argumentó razones económicas, y de RCN (donde tenía contrato Vladdo) no se conoce pronunciamiento formal mientras escribo estas líneas. A tono con la ineludible sospecha, las cancelaciones fueron celebradas por fanáticos abelardistas en redes, y se suman a un deterioro de las condiciones y un escenario cada vez más restrictivo para el ejercicio del periodismo en Colombia.
Para empezar, a Abelardo de la Espriella no le gusta que lo critiquen, lo incomoden o le pidan cuentas. De su animadversión hacia la libertad de expresión ha hecho gala desde mucho antes de llegar a Palacio (o a su casa blanca de “quillami”). Por años, acosó judicialmente a periodistas por asuntos como calificarlo de “filipichín forrado en oro” o sugerir que es excéntrico —dos opiniones bastante defendibles en su caso, además—.
En la primera quincena de su mandato, fueron silenciadas las 20 emisoras de paz que informaban a casi medio millón de personas en la ruralidad y nacieron tras los Acuerdos de La Habana, de los que es crítico el presidente (ahora anunciaron que volverán, pero con otro nombre y la terminología religiosa abelardista). Y su gobierno estrecha progresivamente el acceso a la información pública, que es un deber y no un favor, con directrices oficiales y otras movidas más opacas.
Ningún ministro puede hablar sin permiso de presidencia. Pero, allá en presidencia, la directora de comunicaciones, María Fernanda Sandoval, suele contestar apenas requerimientos menores, según coinciden cuatro colegas que cubren a diario la fuente. A muchos derechos de petición les están alargando los plazos bajo el argumento de la transición gubernamental, un mes después (¡!) del arranque del gobierno. Y, en los eventos a los que asiste, el presidente se limita a entregar declaraciones unilaterales y no accede a responder contrapreguntas de los periodistas, como si el suyo fuera un poder personal y no un encargo público sometido al escrutinio.
Esta semana, La Silla Vacía reveló que, por orden presidencial, el DANE canceló su rueda de prensa de resultados de inflación, un asunto particularmente destacable debido a que, por ley, la elaboración y difusión de las estadísticas oficiales debe poder decidirse de forma libre y lejos de cualquier presión o injerencia política. Algún jefe de prensa de entidad, con amigos en medios, comenta fuera de micrófonos que la orden para todos “es cerrarse” frente a las respuestas y que “da pánico” responder cualquier otra cosa así sea informalmente. Todas las banderas rojas apuntan al mismo camino: limitar la información que es de todos, controlar el mensaje. Que se escuche lo que ellos quieren.
No es el primer poder que lo intenta en Colombia y, también, hace parte un libreto internacional cuyos resultados agresivos vemos en otros países. Aunque hay algo que los depredadores de la libertad de prensa suelen no entender: el buen periodismo no se achica cuando lo quieren callar. Se crece, porque los intentos de censura afilan las palabras. Eso también muestra el guion.

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Por Laura Ardila Arrieta

Periodista Caribe con un gusto especial por la crónica y los reportajes sobre el poder. Autora del libro ‘La Costa Nostra’, historia no autorizada del clan Char. Ha ganado cinco premios nacionales de periodismo, incluyendo el Simón Bolívar en la categoría Periodista del año en dos ocasiones.
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