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El lugar de las cosas

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Laura Ardila Arrieta
12 de abril de 2026 - 05:11 a. m.
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Hay gestos que no cambian el mundo, pero lo corrigen un poco.

Hace más o menos tres meses, una señora española llamada Rosa Castejón se comunicó con la embajada de Colombia en España. Jubilada, asturiana, de 66 años, dijo que, desde hacía décadas, guardaba en su casa unas piezas que no le pertenecían. Las adquirió de manera formal, pagó por ellas, pero no eran suyas.

Fue entre julio de 1990 y junio de 1991, año en el que vivió en Colombia después de casarse con un colombiano con el que se conoció trabajando ambos en Alemania. Durante un paseo a San Agustín, entre paisajes de piedras que hablan, unos vendedores que abordaban a los turistas le ofrecieron los objetos de aspecto antiguo como souvenir.

Los tuvo de adorno por años como se tienen algunas cosas: sin hacerse demasiadas preguntas. Los mantuvo incluso después de su divorcio. Hasta que con el tiempo —esa forma lenta de la conciencia— comenzó a sentirse incómoda con ellos. “Yo misma me pongo de mal humor cuando leo que hay columnas de monasterios españoles en casa de millonarios de la Florida. Alguien me ha preguntado «¿y cuánto te darán por esto?» y yo digo: «es que esto no es mío, es de ellos»”, me dice minutos antes del breve y privado acto de devolución oficial en un salón de la embajada en Madrid.

Es 23 de marzo de 2026 a mediodía y Rosa está sentada frente al embajador Eduardo Ávila. Viajó expresamente a la ciudad para el encuentro y se regresa por la tarde a su región natal. Señala sentirse abrumada, pues nunca pensó que su llamada de hace varias semanas derivaría en el encuentro con un alto funcionario del gobierno colombiano.

La jubilada española Rosa Castejón en compañía del embajador de Colombia en España, Eduardo Ávila.
La jubilada española Rosa Castejón en compañía del embajador de Colombia en España, Eduardo Ávila.
Foto: Rony Muñoz

Después de la comunicación de Rosa, la embajada le pidió a la mujer fotografías de las piezas y las envió al Icanh (Instituto Colombiano de Antropología e Historia y máxima autoridad sobre el patrimonio arqueológico), que contestó que efectivamente se trataba de objetos compatibles con piezas precolombinas de la zona de San Agustín. Se entiende que fueron feriados, como tantos otros hallazgos/vestigios de lo que somos, en el contexto de guaquería histórica que se ha dado en los grandes lugares de yacimientos arqueológicos.

Y ahora aquí están ellas —antes de ser enviadas físicamente al Icanh para empezar un proceso de valoración y tratamiento— sobre una mesa larga, en medio del envoltorio de plásticos en el que las trajo Rosa para protegerlas: dos figuras antropomorfas, ambas con un sólo brazo; un cuenco de color café, el pedestal desprendido de ese cuenco tipo copa y una vasija intacta de cuello corto pintada en la superficie. Cinco piezas de cerámica para ser repatriadas. Para volver a su puesto.

Esto ocurre mientras Colombia insiste —como comenzó a hacerlo desde los 70— a España en la devolución del llamado “Tesoro Quimbaya”: 122 piezas de oro elaboradas hace más de 1.300 años y halladas en Filandia (Quindío) en 1890, que se exponen en el Museo de América en Madrid. El presidente godo Carlos Holguín Mallarino se lo regaló hace más de un siglo a la reina regente de España, María Cristina de Habsburgo. Un regalo ilegal, según nuestra Corte Constitucional. El gobierno español aún no responde por escrito la solicitud que el gobierno Petro le envió en 2024, me explica el embajador Ávila. Pero ha dado declaraciones a medios asegurando que no devolverán los objetos, pues estos ya hacen parte de su patrimonio nacional. Por ahora, desde la embajada no se atrincheran en la discusión alrededor de la titularidad y piensan en acciones conjuntas para que los disfruten “en los dos lados”.

Rosa Castejón, que creció oyendo historias de desplazamiento, pues junto a sus padres tuvo que emigrar a Alemania durante la dictadura franquista, no necesitó años de debate y diplomacia para decidir lo justo en su caso. El suyo es el rostro del contraste. De la ética que sabe el lugar de las cosas.

Laura Ardila Arrieta

Por Laura Ardila Arrieta

Periodista Caribe con un gusto especial por la crónica y los reportajes sobre el poder. Autora del libro ‘La Costa Nostra’, historia no autorizada del clan Char. Ha ganado cinco premios nacionales de periodismo, incluyendo el Simón Bolívar en la categoría Periodista del año en dos ocasiones.
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