Aunque, para ser precisos, la presidencia fue la que les llegó a los Char. A la puerta de la casa. O, más bien, dentro de una Casa Blanca (como se llama la de Washington, pero también la de Aída Merlano), que en fotos parece de cartulina. Cargada con dos ministerios propios, una línea directa al nuevo “jefe de jefes” y muchos juegos pirotécnicos de supuesta descentralización desde Barranquilla.
Se lo merecen, dirán quienes saben de realpolitik y conocen el detalle de lo que había en campaña detrás del discurso de outsider y los videos con IA: una alcaldía volcada a presionar por votos para Abelardo de la Espriella. Versiones de personas de adentro de la entidad que se sintieron afectadas o lo vieron coinciden al asegurar que, durante semanas, hubo trabajadores dedicados exclusivamente a verificar que algunos contratistas le consiguieran, cada uno, 50, 80, 100 apoyos al “Tigre”.
Hace unas semanas, la Corte Suprema ratificó el llamado a juicio por corrupción electoral (en el caso Aída Merlano, ocurrido en 2018) del exsenador Arturo Char, uno de los principales líderes de los Char. Por los mismos días, el clan más poderoso del país concretó la mayor de sus empresas desde que decidieron colonizar políticamente el resto del Caribe: alcanzar la silla presidencial. Los contrastes cuando se ejerce el poder así.
Del abogado De la Espriella han sido amigos cercanos. El alcalde Álex Char fue su cliente. En ese papel, en 2017, el hoy presidente electo señaló de mentirosa y vulgar a la en ese momento senadora Claudia López, luego de que ella revelara que Char tenía 21 procesos en Fiscalía durmiendo el sueño de los justos (sí los tuvo, pero se los fueron archivando).
Así que no debe ser nada más porque le guste la brisa del río, o porque quizás odie los trancones, que ahora el entrante primer mandatario decidió no sólo establecer una de sus sedes alternas en Barranquilla, sino convertir la ciudad en “capital alterna” de Colombia. Sí: la misma que desde hace 18 años los Char controlan como su feudo. Mucho menos será casual que por estas horas los reyes de la concentración de contratos públicos allí, los Daes de Tecnoglass, estén regalando ventanas para la nueva Casa Blanca barranquillera.
Hay también suficientes indicios para anticipar que esta movida implicará mucho más que el traslado del escritorio presidencial y la repartija simple de burocracia. Junto al espectáculo permanente, el tono militarista y el conservadurismo militante que anuncian varias de las designaciones de De la Espriella, se extenderá al resto del país el “modelo Char”. Una forma de gobernar que es varias cosas: idea de gestión milagrosa (del “milagro barranquillero” a la “Patria milagro”), fuerte endeudamiento público, anulación del disenso, castigo al periodismo incómodo y, sobre todo, una idea: la idea del uso del Estado para apalancar negocios. Los beneficios para el entorno propio, como está ampliamente contado.
Abelardo de la Espriella sintoniza con eso último, sobre todo. Al fin y al cabo, ha demostrado que, como dice una cosa, dice la otra. Ayer era ateo, hoy carga 10 religiones en el cuello. Ayer proponía paz sin cárcel para jefes de las FARC, hoy “Timochenko merece estar preso de por vida”. Ayer era más uribista que Doña Lina, hoy las pulgas pican a los leones. Ayer había que cerrar la ONU, hoy hay embajador designado. Ayer mataba gatos, que a nadie se le olvide. En algo, sin embargo, ha sido coherente ayer y hoy: el presidente colombiano a partir de este 7 de agosto ha sido, como él mismo se ha encargado de mostrar, principalmente un negociante. Como lo son los Char. Y, parafraseando a Eduardo Sacheri, la gente puede cambiar de todo, menos de pasión.