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Esta semana, con varios trinos y retrinos, el presidente Gustavo Petro alentó la idea de que La Silla Vacía hace parte de una conspiración periodística y política de la derecha.
Por micrófonos, en la plenaria de la Cámara, al menos dos representantes de su coalición (David Racero y Alfredo Mondragón) se refirieron a ese equipo periodístico y a su directora, vinculándolos con el periodismo prepago y con un complot en contra de la democracia. Racero, investigado por presuntamente pedir coimas y abusar del trabajo de miembros de su UTL, pidió expresamente que se “investigue legalmente” al medio.
Igualmente, por X, ministros de Estado y otros congresistas petristas ayudaron a difundir la misma narrativa, presentada y promocionada a diario en el sistema de medios públicos, que se convirtió en una máquina de propaganda del Gobierno, como está ampliamente documentado.
La versión fue retomada por el candidato presidencial del continuismo, Iván Cepeda, quien también pidió investigaciones y judicializaciones por los supuestos hechos sin menciones directas; y por la campaña de la ultraderecha, la de Abelardo de la Espriella, a cuyo abogado le abrieron tribuna en la revista Semana para atacar a La Silla.
La circunstancia que antecede a estas movidas es, como se sabe, varias publicaciones de La Silla Vacía que han incomodado a esas dos propuestas electorales y al dueño de Semana. Vista en fragmentos, la secuencia puede parecer una disputa más entre medios. Vista completa, es otra cosa: un alineamiento improbable en el que extremos que no coinciden en nada sí coinciden en algo esencial: la intolerancia y necesidad de poner bajo sospecha al periodismo crítico. Es decir, al bandido del periodismo. Ese sobre el cual no se presume buena fe ni eventuales equivocaciones, sino confabulaciones y tretas. “¡Delincuentes!”, como les dijo Milei a los colegas argentinos. “Malignos, terroristas y plumas llenas de odio”, como vocifera desde la orilla aparentemente contraria —tan lejos y tan cerca— la dictadura de izquierda de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo. Causa de males y otra piedra que hay que remover en el camino del “cambio” o “milagro” prometido por proyectos populistas y maniqueos.
Bajo esta dinámica, el único periodismo aceptable y decente es el que hace la propaganda. El resto, todo, está siempre al servicio de alguien y quiere manipular. A este escenario llega el oficio más que debilitado, al límite de su supervivencia, con su modelo y su hábitat arrebatado por las redes sociales y casi ahogado en el mar de sus propios errores y falta de transparencia. El contrato social entre los medios y las audiencias —ese que dice que, en principio, confiamos en lo que nos están contando— está quebrado.
Por supuesto, un medio tiene que responder por lo que publica y sus intereses y relaciones no están por encima del escrutinio. Todo sesgo o error en una investigación puede (y debería) ser criticado y desmontado. Pero una cosa es exigir transparencia y rigor y otra es deslegitimar como regla. Y, además, hacerlo usando el aparato estatal. Es un método. Llevamos tres años largos viendo cómo lo usan con más de un colega y tenemos enfrente varias campañas que prometen continuarlo.
Trabajé en La Silla Vacía durante una década, llegué a ser su editora general, y no tengo dudas de la integridad de sus periodistas y de su directora, que no es mi jefa desde hace casi cuatro años (cuando renuncié a esa redacción y a todas porque quise). Este episodio me importa, además, por lo que revela para todos. Porque ratifica el relato del periodismo enemigo. De actor encubierto, de bandido. Y eso es peligroso porque, si todos somos sospechosos, entonces ninguno merece ser escuchado con seriedad. Es un método.
