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No por repetido hay que dejar de decirlo las veces que toque: en Colombia, más que políticos tenemos dinastías, y del poder se aprende no en el debate público sino en los álbumes familiares. Las maquinarias, ese paisaje electoral naturalizado al que estamos condenados mientras no haya una reforma política que sacuda las reglas, lo establecieron así para evitar traiciones y garantizar aún más sus votos cautivos. En ocho días, cuando se abran las urnas de las legislativas, veremos en todo su esplendor una vez más la república de los apellidos, que va así:
En Caquetá, el congresista de la curul de paz (Jhon Fredy Núñez) quiere heredarle la silla de las víctimas a su hijo (Fredy Andrés Núñez) y repetir él por la circunscripción ordinaria, con lo cual quedarían el papá y su muchacho en el Congreso. En Sucre, una senadora del Partido Liberal (Karina Espinosa) está dedicada, y tendría que averiguar la Procuraduría si en el tiempo que le paga el Estado para que legisle, a hacer campaña. Pero no para ella, sino para elegir a su hermano exgobernador (Héctor Olimpo Espinosa), con quien busca dejar la credencial en el patrimonio familiar.
En el Atlántico, un cacique condenado por corrupción (Eduardo Pulgar) lleva a su hermano (Yessid Pulgar) al Senado y también busca quedarse con una de las curules de los afro con un candidato (Winsner Sandoval) que es hermano de la alcaldesa más poderosa de su estructura.
También ahí en Atlántico, puntualmente en Puerto Colombia, el clan pechichón con contratos públicos en el gobierno Petro (los Torres) quiere sumar un nuevo senador a su haber en cabeza de un sobrino del jefe del grupo (Camilo Torres Villalba), de corta trayectoria política, más conocido por un famoso video en Barranquilla, en el que se le ve gritando a una señora que le quitó el puesto en el estadio.
En Córdoba, a uno de los símbolos de la corrupción en el departamento (el desacreditado Musa Besaile, condenado por corrupción y parapolítica) Roy Barreras le puso bala de oxígeno incluyendo a su esposa (Milena Flórez) candidata a Senado en la lista de La Fuerza. Y en el Tolima, el todopoderoso de la región (Óscar Barreto) mueve su estructura de alcaldías y clientelas para elegir al sobrino (Santiago Barreto) como su reemplazo en el Congreso.
En Medellín, el alcalde (Federico Gutiérrez) tiene a su, hasta hace nada, poco conocida hermana (Juliana Gutiérrez) encabezando la lista de aspirantes a senadores de su abelardista movimiento Creemos. Mientras, su primo (José Miguel Zuluaga) va por un puesto a la Cámara por el mismo colectivo.
En Barrancabermeja, el alcalde (Jonathan Vásquez, suspendido por la Procuraduría por participar en política) lleva a la esposa (Laura Ahumada) al Senado, con una estructura tan poderosa que ya logró ponerle una de las más altas votaciones en la consulta del Pacto Histórico.
En Risaralda, el gobernador (Juan Diego Patiño) tiene al papá (Diego Patiño) dando el salto de Cámara a Senado, y el alcalde de Pereira (Mauricio Salazar) a su esposa (María Irma Noreña) intentando convertirse en senadora por primera vez.
Buena parte del detalle de cómo se están haciendo varias de estas campañas, con ruido de uso indebido de los entes públicos, lo están contado periodistas regionales como los de El Armadillo, de Antioquia; Metropolitano, de Santander; y varios otros independientes. Dice Adriana Villegas, columnista y codirectora de Barequeo, de Caldas, que para entender las movidas toca armar árbol genealógico.
“Si tú quieres que cambie esta verga, vota por el Pechy Players”, promete el influencer que se lanzó a político en el jingle más pegajoso de este año electoral, mientras hace campaña al lado de Efraín Fincho Cepeda, el veterano barón conservador que no representa precisamente ninguna renovación. Pero el planteamiento tiene un sentido: si tú quieres que la democracia heredada de las curules como fincas privadas cambie, vota, no por el Pechy Players, sino quizás a conciencia. No por repetido hay que dejar de decirlo las veces que toque.
