Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

La perversión “buena”

Laura Ardila Arrieta

18 de enero de 2026 - 12:06 a. m.

Si hay alguien que ha podido ver de cerca la tragedia de Venezuela, después de los propios venezolanos, somos los colombianos. Perdón la obviedad. Yo creo que, como ocurre con todo gran acontecimiento que nos atraviesa colectivamente, cada uno en el país tiene su memoria personal de cómo ha observado y se ha sentido afectado individualmente con esa ruina ajena y un poco propia. Por el hilo de algún pariente o conocido que reside allá. Un vecino migrante. Los acentos en la calle, que en nuestro Caribe se entremezclan y confunden hasta que a cualquiera se le sale un “coñoemadre”. Por la inolvidable mirada de absoluto abandono del niño de 14 años que pide para comer en un semáforo del norte de Barranquilla. Uno de los tantos.

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

PUBLICIDAD

Como periodista, me la encontré de frente una vez, a esa tragedia, en la también golpeada Guajira. Puntualmente, en el fronterizo municipio de Maicao, en donde conocí la historia de la calle 13: cinco cuadras en línea recta, más algunas aledañas, llenas en sus andenes de venezolanos que a la intemperie intentaban vender mercancías de todo tipo, incluyendo viejos enseres de sus propias casas; para sobrevivir, por supuesto. Muchos dormían allí mismo, arrumados en el suelo o en hamacas amarradas a los árboles, y con suerte algunos de vez en cuando lograban alquilar el baño de una casa del sector para asearse.

Eran, y son, la cara del éxodo al que no le alcanzaba para llegar a ciudades más grandes, como Barranquilla o Bogotá. Ofreciendo ropa vieja, trapos, abanicos, ollas, galletas, minutos de celular. En época electoral, políticos locales —¡oh, políticos locales!— los buscaban para que hicieran bulto en sus reuniones proselitistas y así éstas se vieran más llenas en las fotos. A cambio, les daban refrigerio y entre dos mil y tres mil pesos por persona. Fue en 2018. Ya había iniciado el bloqueo económico gringo, pero la diáspora, a causa del descalabro económico provocado por la dictadura, venía de mucho antes que eso, como está ampliamente documentado.

Read more!

Poco después de que se conociera la captura de Nicolás Maduro, un muchacho que pudo ir más allá de la calle 13 de Maicao, uno que llegó hasta las calles de Madrid, fue insultado por celebrar en público el destino de uno de los verdugos de su gente. “¡No han vivido allá, bro!”, “¡La gente allá se está muriendo!”, “Yo estoy aquí trabajando”, se le oye intentar explicar al joven de gorra, uniforme de béisbol de Venezuela y termo en la mano, en el video que corrió por redes. “¡Facha pobre, los peores!”, le gritan mientras sus insultadores, después de lo cual habrán llegado con medallita de antiimperialista a casas bastante lejos de la tragedia venezolana.

La escena es la representación de lo que se vio por muchos lados en aquellas horas, y aún en estas, en las que no se termina de desenredar la terrible encrucijada de Venezuela. Tienen razón en la perversidad inaceptable de la intervención imperialista del confeso saqueador Donald Trump, pero muestran las costuras al no reconocer la perversidad del sátrapa en la otra orilla. Su problema, entonces, no es lo perverso sino quién lo ejerce. No les indigna el mal: les incomoda sólo el que viene de los de siempre.

Es un drama que también conocemos bien en Colombia, un país que se abstuvo de votar una resolución de la OEA que exigía publicar las actas de las elecciones que se robó el régimen en 2024, y cuyo presidente Gustavo Petro asegura, sin empacho, que la migración de millones de venezolanos fue causada por el bloque económico, cuando basta mirar los picos de migración para comprobar que eso es falso, como ha señalado el periodista venezolano Roberto Deniz.

Read more!

Ahí parece que algunos viven en una ensoñación moral según la cual hay atrocidades justificables y porquerías que ofenden menos, convencidos de que el fin siempre justifica los medios, incluso cuando no han sido capaces de llegar a ningún buen fin. Es la perversión “buena”. O, más bien, hipócrita.

Por Laura Ardila Arrieta

Periodista Caribe con un gusto especial por la crónica y los reportajes sobre el poder. Autora del libro ‘La Costa Nostra’, historia no autorizada del clan Char. Ha ganado cinco premios nacionales de periodismo, incluyendo el Simón Bolívar en la categoría Periodista del año en dos ocasiones.
Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.