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Las grietas del guion

Laura Ardila Arrieta

16 de agosto de 2026 - 12:06 a. m.

Ha pasado una semana, pero parece que fueran cien. Del despliegue y teatralidad de la posesión presidencial, y la expectativa por las rotundas promesas de arranque del nuevo gobierno, pasamos en minutos a este dolor colectivo como país; el horror que acabábamos de ver golpear a Venezuela. Esas primeras horas de incertidumbre. La pena infinita por los hogares aplastados, los lugares que no volverán a ser los mismos, tantos corazones rotos. Los números tristes, que aumentan lentamente y hoy rozan los 300 fallecidos y los casi cien mil afectados. La esperanza aferrada a cada indicio de vida, sostenida por héroes que no se cansan de buscar. El llamado desesperado por sumar ayudas. Las ganas de dar, de contar. La frustración por siempre sentir que no se hace lo suficiente.

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Antes de cualquier consideración, la gente. Y, por eso mismo, también el poder. Porque una tragedia como esta obliga a mirar cómo responden a la gente los que tienen el deber de hacerlo y qué revelan sus formas. En campaña, Abelardo de la Espriella dio muchas señales sobre qué podríamos esperar de él al respecto, y en estas horas largas varias más.

Tras el terremoto, el presidente tuvo que cambiar la escenografía que había escogido para comenzar su mandato y regresar de Barranquilla a Bogotá, a constatar que el aparato institucional está en la capital, y que la descentralización es mucho más que mudar un escritorio cerca a su casa.

Horas después de la catástrofe y de activar el Puesto de Mando Unificado para coordinar la emergencia, se pronunció para anunciar acciones y dar el primer reporte de cifras de lo ocurrido. Rodeado de altos funcionarios con expresión solemne, De la Espriella se ubicó frente a los micrófonos y, antes de que el noticiero arrancara la transmisión, pero ya con las cámaras encendidas que captaron el gesto, tomó unos segundos para saludar a quienes parecían observarlo en algún punto alto de la sede de la UNGRD. Los recorrió con el dedo índice al tiempo que les sonreía, les lanzó besos y les hizo su típico saludo militar de campaña. Luego, comunicó ya serio: 111 muertos, 87 heridos. Apenas empezábamos a asimilar la magnitud del daño. Mientras, el mandatario parecía seguir en escena.

Ese mismo día, por decisión de su gobierno, la Cancillería tuvo tiempo de emitir un comunicado reconociendo la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, un territorio sirio ocupado desde 1967, cuya anexión por parte de Israel no reconoce ninguna nación del mundo distinta a Estados Unidos. Una movida que alineó al país (en la cola y solitario) con la agenda geopolítica de Donald Trump, pero provocó una tensión diplomática con los países árabes que la rechazaron.

Al guion nuevamente se impuso la realidad cuando entonces se supo de otra decisión con consecuencias inmediatas más urgentes: en un primer momento, Colombia no autorizó la entrada de equipos extranjeros de búsqueda y rescate, bajo el argumento de que el país contaba con suficientes capacidades propias en esa materia para atender la emergencia. Mientras tanto, en ciudades como Pereira y Cali, cientos de desconocidos levantaban escombros con sus propias manos para intentar sacar sobrevivientes, como reportó El País de España el 12 de agosto, es decir, dos días después del terremoto.

Con las críticas encima, y luego de explicar que fue el director de la UNGRD de la administración (petrista) saliente el que certificó que no se necesitaban rescatistas internacionales, el gobierno permitió la intervención sobre el terreno únicamente de equipos provenientes de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador. Dicen que son los que cumplen con las certificaciones. También son los que están alineados con la ideología del presidente De La Espriella, quien asumió el desastre después de haber resuelto no hacer empalme con Petro, una decisión que pesa ahora que le toca dar directrices sin tener de una toda la información, como lo señaló The Economist. Otra grieta que golpea el libreto.

Por Laura Ardila Arrieta

Periodista Caribe con un gusto especial por la crónica y los reportajes sobre el poder. Autora del libro ‘La Costa Nostra’, historia no autorizada del clan Char. Ha ganado cinco premios nacionales de periodismo, incluyendo el Simón Bolívar en la categoría Periodista del año en dos ocasiones.
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