No es que no haya sido un gran protagonista en otras ocasiones. Ya lo habíamos visto (y sentido, y padecido) compartir en el salón junto a la rabia, el miedo, el cansancio, la esperanza, la simpatía, la gratitud. Pero, esta vez, como se anticipaba, entró más fuerte y logró arrinconarlos a todos ellos y adueñarse de la fiesta. O del funeral.
Se manifestó en los vidrios rotos y en la publicidad despedazada de varias sedes de campaña, en los gritos de “¡guerrillera!” a la señora de 60 años que salió de un puesto de votación en Londres, en el rostro del hombre en Bogotá que vomitó insultos homofóbicos a Juan Daniel Oviedo. Lanzó alaridos y nos atravesó como un rayo con el asesinato de Miguel Uribe. Avanzó abrumador con las 59 agresiones (con corte a mayo) a periodistas relacionadas con el cubrimiento de las elecciones, con los linchamientos digitales de los matoneadores de las campañas. Con todas y cada una de las ofensas, descalificaciones y mensajes misóginos, que hemos tenido que soportar en redes especialmente las mujeres con voz pública, en particular de los seguidores de Abelardo de la Espriella.
Es el odio. Estas fueron sus elecciones. Lo ayudaron sus amigos la inteligencia artificial y la desinformación. A fines del mes pasado informaba la Misión de Observación Electoral (MOE) sobre 63 afectaciones al proselitismo político en 21 departamentos, con hechos como daño a material electoral, hostigamiento a activistas, control de grupos armados, y esto es mucho, pero no es todo. Es algo más que se nos metió en la conversación pública, en la oficina, en el trayecto del taxi, en los almuerzos de domingo. “Llevo 20 años leyendo los procesos electorales a partir de la degeneración que causa el clientelismo y la violencia física, pero esto no es medible. En esta ocasión se nos sumó otra cosa para la cual la sociedad no estaba preparada, un control del odio y también del miedo, potenciado por todo lo que ocurre en las redes sociales”, me dice Alejandra Barrios, la incansable directora de esta organización. Es decir, el ejercicio de mirar las anomalías democráticas en Colombia ya no sólo tendrá que consistir en entender a los actores que administran la burocracia y los territorios, sino también a aquellos que se hacen gobernantes de nuestros temores y animadversiones.
El rey del año electoral pareció invadirlo todo y no encontró resistencia evidente en quienes aspiran a gobernar el país. Los dos candidatos que se verán las caras hoy en el tarjetón fueron incapaces siquiera de ponerse de acuerdo en ofrecer juntos un debate de ideas a los colombianos, jamás se dieron la mano y, por el contrario, no se bajaron el uno al otro de “delincuente”, “bandido”, “fascista”, “estafador de estafadores”. ¿Qué esperarían que hicieran sus simpatizantes? ¿Qué esperarán que hagan ahora?
Mañana, gane quien gane, Adriana, en Manizales, comenzará su primer día de vacaciones como profesora de universidad y estará desde temprano en su computador escribiendo su próximo libro. En el sur de Córdoba, Orlando, dedicado al oficio de lanchero, se levantará a las 3 para visitar sus cultivos de café, cacao y aguacate. María José, en Barranquilla, tendrá que terminar un trabajo de la universidad. Jennifer irá al Congreso, en Bogotá, a cumplir su agenda legislativa. José Luis, en Maicao, arrancará jornada a las 7 buscando datos para el noticiero independiente que dirige. Y, en Alicante, Noelia seguirá su búsqueda de trabajo.
Independientemente del deseo que hayamos tenido para el país en estas elecciones, en unas horas, los colombianos tendremos que continuar la vida e intentar recoger los pedazos de todo esto.
Con la esperanza de que el rey odio no siga ocupando el centro del salón ni termine por hacer realidad la promesa de destripar al que piensa distinto. Fue mi deseo para el país en estas elecciones. Y, aun así, habrá que seguir.