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Entonces, llega el día en que el latido lleno de coraje del corazón colectivo que decidió romper el silencio nos alienta a las que, por evitar la exposición, por miedo, por pena, no nos habíamos atrevido. Después de días de reflexión para encontrar ánimo y palabras, hablar.
Durante un viaje de reportería, previo a unas elecciones locales, fui acosada por el entonces alcalde de una ciudad. El hombre había sido hasta el momento una buena fuente política, de esas que reconocen y cuentan las movidas sin tanta hipocresía. Habíamos acordado encontrarnos para que yo pudiera conversar con el político al que eligió como heredero para reemplazarlo: un alto funcionario de su gobierno que renunció para lanzarse como candidato.
Estaba contenta. El encuentro fuera de micrófonos me iba a confirmar una dinámica muy típica del poder, y a permitir llamar en mis historias “alfil” a ese aspirante y “padrino de” a ese alcalde, sin ninguna duda ni especulación. Me preguntaron en qué hotel me estaba hospedando y me propusieron reunirnos en un restaurante que queda justo en la calle de enfrente.
El alcalde pidió un trago. Enseguida me acordé de los cuentos que se oían en la ciudad sobre “los malos tragos del alcalde”; historias acerca de comportamientos agresivos del tipo cuando tomaba, que, sin embargo, yo nunca había tenido por confirmadas con algún video o fuente directa.
Estábamos hablando sobre la campaña. Recuerdo que yo vestía una camiseta que tenía una palmera dibujada. Después de su trago, el alcalde me dijo de repente: “Me gustan tus cocos”, mientras me miraba el pecho. Su funcionario se volteó hacia mí apenado y me ofreció excusas a nombre del jefe. Los tres nos levantamos, y yo crucé la calle camino a mi hotel.
El alcalde caminó detrás de mí, se sentó en el andén y me tomó del brazo para que yo también lo hiciera. Su acompañante desapareció de la escena, pero antes de que yo lo notara tenía al alcalde encima dándome un beso en la boca. Le dije varias veces no, me levanté como pude, entré al hotel, llegué a mi habitación, intenté dormir.
Al día siguiente, salí a hacer otras entrevistas, con ganas de no pensar en lo que había pasado. De vuelta al hotel por la noche, sonó el teléfono del cuarto. Era de la recepción: “Buenas, la busca el alcalde”. Me descompuse. No hablaba con el tipo desde el día anterior ni mucho menos tenía cita con él. “En un momento bajo”, dije, y colgué. No alcancé a pensar qué iba a hacer. A los pocos segundos, de nuevo el timbre: “Aló, el señor alcalde que va a subir”. Angustia. “No, no”, pedí, cerré y bajé. El hombre estaba en el lobby. Me insistió en subir a mi habitación y luego me pidió acompañarlo a su camioneta. Como por vez cincuenta, le respondí: no.
Después del desconcierto, la tristeza, la sensación absoluta de ultraje, las preguntas sobre qué más hubiera podido hacer frente a un tipo con poder la Laura de hace unos años, me quedé en la rabia. La indignación por un tipo impune que sigue aspirando a dignidades públicas y habla de respeto a la mujer en medio de denuncias en su contra por acoso. No busqué darle trámite de manera distinta porque entonces no me sentía lo suficientemente fuerte y opté por dejar por ahí la herida. Las amigas cercanas con las que lo he hablado saben que me costaba verbalizar los detalles. No diré su nombre porque el sistema judicial colombiano no nos da garantías a las mujeres, como lo evidencia el caso de Lina Castillo, víctima de acoso judicial luego de denunciar por acoso sexual a Hollman Morris. Pero decido salir de ahí para contar este episodio, alentada por la valentía que, por estos días, están mostrando tantas colegas ejemplares que ya no callan por casos mucho más graves que deben ser el centro. Del pacto de silencio también tenemos que dejar de ser parte las que tengamos la posibilidad.
A todas las abrazo, les agradezco y les manifiesto que les creo. Sepan que no están solas. Y que todos estos agresores sepan también que ya no cuentan más con nuestro silencio.
