Muchísimas cosas separan a los dos proyectos de país que aparecerán en el tarjetón de segunda vuelta, y en su forma de hacer campaña hay varias escenas que evidencian el contraste. Una es la de la noche antes de las votaciones, cuando ambos candidatos decidieron cerrar jornada en conversaciones digitales. Iván Cepeda en entrevista periodística, de formato tradicional, con Daniel Coronell. Y Abelardo de la Espriella en una charla de entretenimiento con un streamer, junto al que bailó, comió hamburguesa y vio fotos familiares.
Ese streamer es conocido como Westcol, tiene 25 años, suma casi 6 millones y medio de seguidores en sus principales plataformas y ha sido el protagonista más revelador de estas elecciones. La campaña Cepeda, que inicialmente le había rechazado la invitación, ahora sí quiere sentarse con él, en el trámite del desconcierto tras haber perdido la primera vuelta.
En ese primer tiempo de presidenciales, no hubo debate, pero sí stream de Westcol. No sólo con De la Espriella, la ultraderecha que sorprendió, sino también con Ávaro Uribe, la derecha que se transforma, y con Gustavo Petro, la izquierda que quiere repetir. Como sea, además del ganador, dos de los hombres más poderosos de la historia reciente de Colombia reproducidos en vivo y en directo bajo el lente de un nuevo poder: el de llegarle a una audiencia de millones sin requerir de los intermediarios tradicionales y con todo dado para quedar bien. Con un nivel de acceso y permanencia que ya querría hasta el periodista más influyente. En la transmisión con Petro (1 hora y 35 minutos, 2,3 millones de vistas en el video de YouTube) deshabilitaron los inhibidores de señal de Palacio para que no se presentaran cortes. En la de Uribe (2 horas y 45 minutos, 1,1 millones de vistas en el video de YouTube), hubo hasta recorrido para ver los ponys, gallos, gatos, pavos de El Ubérrimo. El exmandatario tomó aguardiente y Westcol se dirigía a él como “presi”.
Se llama Luis Fernando Villa Álvarez. Según él mismo ha contado, nació en Ciudad Bolívar (Antioquia), es desplazado por la guerrilla, creció en un ambiente de escasez, no pudo estudiar la universidad y en pandemia, encerrado en casa y sin trabajo, empezó a transmitir sus partidas de videojuegos. Pronto se dio cuenta de que podía monetizar y vivir de ello, y hoy es uno de los streamers hispanohablantes más consumidos en el mundo. En ese camino, se convirtió, de paso, en un millonario empresario y productor musical, con restaurante, discoteca, marca de gorras, cadena de hamburguesas, entre otros negocios. En mi burbuja de redes, supe de él por un escándalo de hace unos años, cuando en vivo lanzó unas expresiones homofóbicas por las que después tuvo que salir a disculparse. Mi sobrino de 19 años, que lo sigue, me lo describió como “un pelao que viene de abajo, tiene sus cosas, pero ha sabido salir adelante y muchos lo ven como ejemplo”.
Westcol, que en cada transmisión con políticos le aseguró a su audiencia que no estaba con ninguno y que lo que le interesa es que los jóvenes tengan oportunidades, es el presidente de la atención en el mundo que nos está dejando la era digital, con todas sus complejidades. Además, en su biografía conviven varios de los relatos que atraviesan Colombia. El del muchacho desplazado que conoce las heridas del país desigual. El del emprendedor que convirtió su esfuerzo y talento en riqueza y dice querer mejorar. No tengo idea de cómo votan o si votan los millones de personas detrás de su pantalla, pero sí sé que para segunda vuelta quizás merecen algo mejor que consignas y propagandas de parte de los poderosos que piden sentarse al frente. Por ejemplo y principalmente, oír con claridad qué significa el proyecto de ultraderecha inspirado en otros que están desmantelando las democracias en el mundo. Y una izquierda que les hable con más honestidad sobre sus errores y limitaciones. Lo necesitamos. En el país de Westcol y en el del resto.