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La ceremonia en la que a Daniel Coronell le entregaron su primer premio de periodismo incluía una cena. Su silla estaba junto a la de Antonio Caballero, un periodista a quien, para entonces, Coronell ya conocía bien.
Más allá del saludo, la despedida y algún cruce de palabras casual —o quizá forzado—, no hubo mayor interacción entre ellos. Coronell pensó que el mutismo de su colega se debía a él. La ansiedad social propia de esos eventos lo llevó a creer que, seguramente, él era la causa de ese hermetismo. Con esa duda se quedó durante años, hasta que entendió que Caballero era así: tímido, más bien huraño, silencioso.
Mucho tiempo después, ambos coincidieron como columnistas de Semana. Un día se encontraron en la sede de Noticias Uno. Al salir, Coronell se dio cuenta de que Caballero no tenía carro y que iba a tomar un taxi.
—Antonio, ¿para dónde va?
—Para Semana.
—Yo lo llevo.
Caballero se subió al carro y, durante todo el trayecto, mantuvo la mirada fija en la ventana. No habló. Al bajarse, le dio las gracias. Si se sumaran los minutos de conversación entre ellos, no alcanzarían los quince, cuenta ahora el columnista de Los Danieles. Años después volvieron a coincidir en un almuerzo. Entonces Caballero le dijo: “Leí su columna sobre los gases lacrimógenos”. Coronell solo respondió: gracias.
Coronell acaba de recibir el Premio Guillermo Cano al Mérito Periodístico. Se lo entregaron en los CPB: es la mayor distinción que concede esa organización. Estos reconocimientos suelen invitar a los balances. El suyo es este: que aquel comentario escueto de Caballero —uno de los colegas que más ha admirado y uno de los escritores que más ha consultado— ha sido, hasta hoy, el mayor halago de toda su carrera.
