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Diez días para volver a sí misma

Si estaba por fuera de su casa, Fernanda* calculaba el tiempo para que el domicilio llegara antes que ella a la portería. Se convirtió en un hábito cuando comenzó a desesperarse por la demora del domiciliario, del almacén o de lo que fuera. Mientras se despedía de la gente, ajustaba los detalles del pedido y se montaba a su taxi solo cuando ya había un repartidor en camino.

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Siempre se preguntaba por qué se volvía tan torpe cuando recibía el paquete: comenzaba a caminar más rápido, sentía la tentación de abrirlo en el pasillo entre la portería y el ascensor, se le caían las llaves, le temblaban las manos al abrir la puerta, destrozaba la bolsa y abría la botella de vino. Ese afán la exasperaba.

A veces ni siquiera lograba sacar una copa. Tomaba dos tragos directamente de la botella para calmarse y después se servía. Metía todo el desorden de la cocina en una bolsa, también a trompicones se quitaba la ropa y se ponía la pijama, se llevaba la botella a la habitación y ponía alguna serie aprendida, de esas que no le exigían pensar. Según ella, quería relajarse, pero ese ritual solo la convertía en un manojo de nervios hasta que lograba zamparse el vino.

Ayer, Fernanda me contó que pagó un tratamiento para dejarlo.

—¿Dejar qué? —le pregunté—. ¿Crees que eres alcohólica?

—Dejar este “ritual” tan caro y dañino. Es que, si no lo hago, no puedo dormir. Y siempre me pasa cuando estoy sola.

El tratamiento dura diez días y Fernanda lleva dos sin pedir su botella de vino habitual. Como le da vergüenza contarlo, está sola en casa mientras atraviesa estos días y se ha refugiado en las películas y los libros. Ayer, mientras hablábamos, le pregunté por qué el vino y no las drogas. O por qué el vino y no el juego o el sexo. Podría haber sido cualquiera de esas cosas. El vino fue, simplemente, lo más fácil de conseguir para protegerse de sí misma.

Para Fernanda, esa botella era su llave. No quería estar sola porque, además de no ser capaz de cuidar de sí misma, no se sentía segura. Se torturaba con la culpa por lo que creía haber hecho o dejado de hacer; se castigaba por no poder salir de su círculo de sabotaje.

Y no se robó nada ni estafó a nadie. Sus tormentos solo son peligrosos para ella. Hoy me cuenta que, para no pensar en su escape, intenta concentrarse en otras cosas. Ayer se dio cuenta de que había libros en su biblioteca que le daban miedo. Había dejado de leer porque, muchas veces, no podía lidiar con lo que leía —es decir, con ella misma— y su ritual de adormecimiento la ayudaba a olvidarse de la inmensa desconfianza que sentía.

Se pregunta por la rabia. En estos días, al conseguir enfocarse de nuevo en sus lecturas y en sus películas, ha empezado a ver que también había dejado de creer en la solidaridad y la generosidad. Ha descubierto en sí misma una especie de desprecio por los afectos ajenos. Y cuanto más se deja caer en las palabras que lee o en los guiones de las películas que ve, más entiende que lo que realmente estaba odiando era su propia traición. Su incapacidad para protegerse.

“Me siento en una suerte de purificación literaria. En un baño de epifanías que solo habría podido darme esta terapia de choque tan extraña a la que me sometí”.

Por Laura Camila Arévalo Domínguez, El país de Margot

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.
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