Mi abuela Margot cose en una máquina comprada a plazos que costó COP 400 y que pagó mi abuelo Francisco.
Aprendió mirando a mi bisabuela Victoria, que cosía en una máquina de pedal. De ella heredó el gusto por la costura y por el jardín. Margot nació asmática y, cuando el frío la obligaba a quedarse encerrada, su mamá le llevaba ramos de flores hasta la cama. Entre ellos había unos pensamientos negros del tamaño de su mano.
Fue la menor de nueve hijos. Creció en una familia acomodada porque a mi bisabuelo Francisco Antonio le sobraban las tierras heredadas, pero le faltaba ambición. Si miraba al horizonte, no alcanzaba a distinguir dónde terminaban sus propiedades, así que decidió quedarse solo con el pedazo donde estaba su casa y repartir el resto entre fiestas, notario y chicha.
Era un “líder”: ponía a mi bisabuela a cocinar para los demás campesinos mientras él les hablaba de política, porque era un liberal convencido. Un orador con amigos, como los Gutiérrez, que vivían en un cerro relativamente cercano. Cuando había calma, batían un pañuelo blanco en señal de saludo. Cuando había problemas, el pañuelo era rojo. Con palos, en tolda y a caballo, acudían a recoger a los enfermos o a los muertos.
Margot se casó con Francisco José, mi abuelo fugitivo, que huyó de Aguadas, Caldas, porque su papá lo obligaba a trabajar. Se cansó de que lo mandaran y salió a buscar un lugar donde pudiera mandar él.
Hoy le pregunto a mi abuela si se casó enamorada, pero insiste en que no se acuerda. Solo dice que era muy joven, tendría unos 17 años, cuando se fue a vivir con él. Que cantaba muy bonito, que era muy alto, muy paisa y muy estricto con los trabajadores. Me parece cruel que mi mamá y mis tías le recuerden que fue un mujeriego. Todas se ríen, incluida Margot, sobre todo cuando cuenta que él la celaba con sus compañeros de carrera: mi abuela entró a la Universidad de Antioquia a estudiar Artes Plásticas cuando tenía 45 años.
El juego de la vida de Margot, tomando prestado el nombre del documental El juego de la vida, de Mario Andrés Ruiz, comenzó con tierra fría, asma, un papá con tierras, pero sin codicia, y una mamá sumisa. Después llegaron las muertes de sus propios hijos. Y, aunque esas cartas no la sacaron del juego, sí la dejaron detenida en una especie de limbo amnésico del que solo logra salir cuando aparecen las flores, los pájaros.
Y Chente.