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Cuando mi abuelo se reunió con la familia para presentar a mi abuela como su esposa, había expectativa: se sabía que “la niña” de Francisco era de un pueblito en Norte de Santander llamado El Carmen, que se habían conocido en Pailitas, César, y que se llamaba Margarita. Esperaban a una mujer desaliñada, reducida, encorvada y de malos modales. No le tenían mucha fe a la elección de Quico ni a alguien que lo hubiese elegido a él. Después de fugarse de su casa se sostuvo a punta de administrar fincas y de trabajos esporádicos: nada con proyección ni estabilidad.
Cuando me contaron sobre la impresión que causó Margot al ser presentada, pensé en Lisa, el personaje interpretado por Grace Kelly en La ventana indiscreta, y su primera aparición en la película: la mujer hecha mito, lo sublime y lo delicado en un cuerpo menudo que, además de verse muy bien, produce magia: resuelve problemas, hace chistes y sirve comidas sin revelar el hechizo, sin romper nada, sin ensuciarse, como si todo lo tuviera calculado. Mi abuela saludó a su nueva familia con una voz suave y un brillo en sus ojos verdes que puso de rodillas a sus cuñados y sus esposas.
Hoy recuerda ese día con detalles: que el color de su vestido era verde oliva, que el collar que le prestó su cuñada Victoria para resaltar sus ojos era blanco, que se recogió el cabello, se puso tacones, se tomó dos copas de vino blanco y que la reacción de los que la vieron por primera vez la relajó.
Aprender a fijarme en esos detalles, los que ella recuerda de ese día, es lo que más me gusta de sus historias. Y de sus intentos de que me vista y me vea como cree que me vería mejor: los de la contemplación de lo simple y lo bello y los del criterio de saber por qué le parece bello lo que admira, lo que compra, lo que me regala y me sugiere a mí, su única nieta. Ese día, Margarita Nieto sorprendió a los Domínguez por su gracia, construida con tiempo y atención a lo pequeño. Yo envidio su capacidad para embelesarse.
Cuando era pequeña, escuchaba esas historias con atención y después me escondía para esculcar sus cofres de joyas: sus anillos me quedaban grandes, sus aretes me pesaban, sus perlas se veían ridículas en mi cuello infantil, pero así me entrené para, como mi abuela y mi madre, no aplazar las ceremonias. Para adueñarme de lo solemne, que desde esos días dejó de ser un lujo de las iglesias o los palacios.
