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Los retazos de mi abuela

Así como esta columna, mi abuela está hecha de retazos. Retazos de poemas, como el que recita a medias cada vez que quiere demostrar que aún tiene memoria: “Cuando yo envejezca, cuando tú envejezcas / y mis rizos blondos se truequen en canas, / en mayo, en el huerto, del sol la caricia/ nuestras manos trémulas buscarán con ansia…”. Retazos de las canciones de Vicente Fernández, que para ella es un difunto cercano, así como las ausencias de los nuestros: de mi abuelo, de mis tías… También está hecha de recuerdos que evita con esfuerzo: a ella no le gusta recordar lo que no entiende. Cómo así que tiene un hijo asesinado, y que sus otras dos hijas se murieron por un cáncer. Cómo así que ellos se fueron antes que ella. “No sé, no me acuerdo, no me quiero acordar”.

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Margot prefiere los retazos de su infancia: hoy nos repite que quisiera vivir otra vez en el campo, aunque en tierra caliente, porque donde nació, en El Carmen, Norte de Santander, hacía muchísimo frío, y a ella, que era asmática, le tocaba ver a sus hermanos jugar mientras Victoria, su mamá, le traía unas flores negras llamadas besitos, para que las viera de cerca. Retazos de los momentos en los que su papá, Antonio, sentaba a un montón de campesinos en el monte y les hablaba de política. Él era liberal y mi bisabuela solo era su esposa y la mamá de sus hijos, así que se encargaba de la comida de la familia y del “fresco” del público de su marido, mientras pontificaba sobre la situación del país.

Si le preguntan la edad, dice que no sabe, aunque sospecha que tiene 89 años. Lo intuye por su pelo totalmente blanco, su falta de apetito, sus preguntas constantes sobre cosas que habíamos acabado de hablar y las arrugas que le enmarcan esos ojos verdes, cada vez más verdes, con los que nos mira al preguntarnos: “¿Y para dónde vamos hoy?”. Porque ella siempre quiere irse. Quiere ir al Hueco, a ver qué hay para comprar, o a los centros comerciales, a ver cuáles son las modas de ahora, o al Jardín Botánico, en donde se detiene en cada hoja que la asombra.

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Los retazos de Margot también se ven como pedazos de tela: a veces, nos hace vestidos. Tiene una maquinita de coser que usa con la misma destreza de hace 20 o 30 años, y de allí sale la ropa con la que ella cree que deberíamos vestirnos: faldas largas con colores pasteles y detalles con encajes o alguno que otro bordado. Parecen de azúcar, como ella, que camina con lentitud, pero con decisión, con el dedito meñique levantado, como si estuviera caminando sobre una cuerda tensada en el aire.

Los retazos de los que está hecha esta columna, son sus pedazos de vida, que se siguen extendiendo día a día porque tenemos suerte, y porque ella, a pesar de sus 89 años, sigue amarrada a esta tierra que aún le pone esos ojos verdes, cada vez más verdes, por la sorpresa de respirar.

Por Laura Camila Arévalo Domínguez, El país de Margot

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.
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