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Mi abuela Margot y su revolución

Margot nos desespera, pero no es culpa de Margot. Yo trato de tenerle paciencia porque hago el esfuerzo de mirar a través de sus ojos: pide que la llevemos al Jardín Botánico y cuando le hacemos caso, el recorrido nos irrita: se detiene en cada flor y enumera sus colores o pregunta sus nombres. Y las mira y las toca como una novedad. Mi mamá, mi tía o mi hermano, que viven con ella, le dicen: “Síí, Margotttt, las tenés en tu casa”, con ese tono en la voz de que eso no es nuevo, de que se está repitiendo. Y yo me callo, pero ellos dicen que es porque no vivo con ella. Y tal vez tengan razón.

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A mí también me incomoda un poco tanta contemplación por una hoja, por sus venas verdes, por lo grande o lo pequeña que es, por la insistencia de Margot en llevársela para la casa y encartarnos a todos con los piecitos que se va encontrando. Pero sé, en el fondo sé que me irrito porque no sé estar donde estoy, y Margot sí sabe. Ella tiene 88 años y, por fortuna, aún vive en este mundo en el que ser humanos es una ofensa para el progreso: lo que se nos dice que hagamos para ser exitosos, nos atropella.

Como no hay tiempo para el error, no hacemos nada, y así por lo menos no nos equivocamos. Renunciamos al derecho de tener procesos: toma mucho tiempo aprender y lo que necesitamos es producir algo que nos valide. Pero producirlo ya. Y a Margot eso no le importa: ella ya no tiene que demostrarle a nadie que vale, a ella solo le importan sus matas y sus dulces y sus hijas y sus nietos.

“¿Cuándo vas a venir?”, me pregunta cada vez que hablamos, y yo siempre le contesto que en un mes para tranquilizarla. Ella me contesta que por qué tanto tiempo. Yo le digo que tengo que trabajar. Ella me dice que pida permisos, que trabaje desde allá, que nos vayamos a pasear.

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Por Laura Camila Arévalo Domínguez, El país de Margot

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.
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