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Ni cielo ni eternidad

Mi plan era escribir los recuerdos de Margot en esta columna. Que, a través de sus memorias, llenas de olores y sonidos, pudiese decir algo sobre una época en la que había tiempo de oler y escuchar. Pero a Margot se le están acabando los recuerdos: del pasado solo repite las historias que ya me contó, solo que no sabe que las está repitiendo. Habla de ellas como si fuese la primera vez que las cuenta, pero cada vez que cree que recuerda por primera vez, solo me insiste en que está envejeciendo.

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El pasado 10 de junio cumplió 90 años. En su fiesta, recitó un poema de Madame Edmond Rostand: “Cuando tú envejezcas, cuando yo envejezca / y mis rizos blondos se truequen en canas...”, comenzó. Todos se callaron porque tuvo la capacidad de congelarlo todo.

Margot sabe cómo se llaman todos sus hijos, incluidos los que ya murieron. A mi tío Antonio lo mataron después de estar tres días desaparecido: su cuerpo apareció con tres agujeros en un anfiteatro de Medellín. Nunca he podido hablar de eso con ella. Me dice que no se acuerda. Y luego me aclara que no se quiere acordar.

De las ausencias de María Helena y Sonia, mis otras dos tías, que murieron de cáncer, tampoco dice nada. A veces se pregunta dónde estarán, si no es una crueldad que no sepamos nada de ellas… Y mi tía la reprende: que no es una crueldad porque a Dios no se le cuestiona y que ella sí sabe dónde están: en el cielo.

Pero Margot no queda satisfecha con esa respuesta. No cree mucho en la eternidad ni en los cielos ni en los infiernos. Y como no quiere acordarse de que de sus cinco hijos solo quedan vivas dos, de que no pudo evitar la muerte de los otros tres, de que no puede salvar del dolor a los que aún seguimos aquí, de que tener 90 años es mucho y de que no sabe qué habrá después de la muerte, se pone a limpiar.

A veces la sentamos a ver fotos de flores o de pájaros, y eso la calma un rato, pero después limpia. Limpia y limpia y limpia. Y así se evade. También logra abstraerse cuando nos vamos de viaje.

Las historias de Margot protagonizan esta columna porque ella insiste en vivir, así eso a veces sea insoportable. Y qué opinión mía puede ser más importante que ese hecho.

A Margot se le están acabando los recuerdos y yo intento quedarme con algunos. Supongo que así se construye también el pasado: con lo que alguien alcanza a contar antes de olvidarlo y con lo que otro alcanza a recordar después.

Por Laura Camila Arévalo Domínguez, El país de Margot

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.
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