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Este es el mes de Frida Kahlo. En julio nació y en julio murió. Antes de que llegara ese último julio, la artista mexicana se refugió en un diario para habituarse a la muerte, para divertirse —o creer que así lo hacía— con el dolor: “Sin la muerte que nos precede, no estaríamos aquí. La muerte es nuestra compañera”, “lo horrible, lo doloroso puede llevarnos a la verdad del conocimiento de nosotros mismos”.
El diario de Frida Kahlo: un íntimo autorretrato (La Vaca Independiente) fue publicado hace unos años, luego de que permaneciera bajo llave. ¿Era acaso necesario revelar este secreto? Algunos respondieron, mejor, que era importante. Esta es una obra de arte en sí misma que documenta su proceso creativo a partir de borradores, autorretratos, escritos, cartas e ideas que luego llevaría al lienzo: “Mis temas son mis sensaciones, mis estados de ánimo, mis reacciones ante la vida”.
Es una obra que le tomó diez años (la última década de su vida, entre 1944 y 1954), que está hecha con tinta, acuarela, colores, lágrimas y en la que se dio más libertad para experimentar. Tal vez Kahlo creía que sería sólo para ella: “A todos les estoy escribiendo con mis ojos”. La publicación es un objeto de colección. Las tapas reproducen la cubierta de su diario: la inscripción dorada de las iniciales F.K. sobre el fondo rojo. Luego viene el facsímil en su totalidad y a color. Además lo introduce el escritor mexicano Carlos Fuentes (que se referirá a Frida como la mujer “matada por la vida”), y comentarios a las pinturas de la historiadora del arte Sarah M. Lowe.
El diario, para Kahlo, fue un espacio para relacionarse consigo misma, para entender su propio pensamiento político. Allí se despide a su manera, con estas últimas palabras escritas en el cuaderno: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás / FRIDA”. Es también una larga carta de amor, en especial a Diego Rivera, en la que queda claro que a veces las pasiones difíciles son las que dejan más historias para contar: “Era sed de muchos años retenida en nuestro cuerpo. Palabras encadenadas que no pudimos decir sino en los labios del sueño”. Su plano cartesiano, en vez de espacio-tiempo, sería el de amor-tiempo: “Lo que se vive en los minutos de los no-relojes y los no-calendarios y de las no-miradas… es él”. Sabremos que la falta del cuerpo es la cercanía del alma, del recuerdo: “Estás presente, intangible y eres todo el universo que formo en el espacio de mi cuarto. Tu ausencia brota temblando en el ruido del reloj; en el pulso de la luz; respiro por el espejo”.
