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Bichos literarios

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Juliana Muñoz Toro
08 de abril de 2017 - 03:00 a. m.
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Afuera, Nueva York. Nueva York y la lluvia y el viento y la primavera que nunca llegó. Adentro, un café. Un café y tres sobres de azúcar rasgados al pie de la taza y una edición vieja de Crimen y castigo de Dostoievski. Humberto Ballesteros lleva un tiempo esperando. No se le ve impaciente. Lo cité para que habláramos de Cuaderno de Entomología (Animal Extinto Editorial), que publicará en la Feria del Libro de Bogotá, y terminamos repasando un par de versos de Dante y de Simone Weil.

No es un capricho. El abrazo entre el erotismo, la poesía mística y la búsqueda de la santidad de la Divina comedia fueron un motor de inspiración o, mejor, de obsesión para escribir uno de los cuentos de este libro. En Una cucaracha nos convencemos de que existió una santa y poeta llamada Elsa de Marmato que tenía visiones celestiales que empezaron a contaminarse con una cucaracha que era tan grande como el universo. La cucaracha como Dios, digo yo. Ballesteros no me da la razón, pero habla de una religión paradójica. Vuelve a Weil para subrayar la idea de que la única manera de llegar a la lucidez verdadera es tener conciencia de la muerte. Menciono a Kafka por aquella posible transfiguración de la santa en una cucaracha y él reconoce el guiño a La metamorfosis. “Sea cual sea la verdad lo que importa es la poesía”, dice en el cuento.

Hay otra transformación muy bien lograda en este libro: la de cada ilustración que acompaña las historias. La artista, Ana Velásquez, más que un dibujo o una artesanía (cada obra está hecha sobre cuero) hizo una trampa visual que adquiere un nuevo significado una vez se ha leído el cuento.

A propósito del tema, pasamos a Una libélula y a su propuesta de un artista que no quiere terminar su obra. Es la pintura de una libélula que, curiosamente, está hecha de nada. ¿Podemos llamarle a esto arte? Él me cuenta que partió de la idea del outsider, ese artista que crea algo que posiblemente nadie más llega a ver, sólo que lo lleva al extremo. Dones de la ficción. Concluyo que la nada también puede ser sueño y me remito al cuento: “A las libélulas les gusta pasar a toda velocidad rozando el agua. Si no fuera por las ondas, uno juraría que las ha soñado”.

Pedimos una segunda ronda de café. Podríamos seguir hablando de los otros cuentos, como Una mariquita, en el que la pérdida de un prendedor abre una paradoja: ¿es inocente un hombre cuando ha perdido la memoria? O tal vez de Una luciérnaga, que es un cuento de ciencia ficción, y de Una colmena, la historia con que comenzó su colección entomológica. Sin embargo, me desvío. Le pregunto si acaso los escritores alcanzan alguna vez una cierta tranquilidad. Ballesteros, quien además da clases de historia de la literatura en la Universidad de Columbia, me responde que en la docencia, como en la escritura, cuando no hay incertidumbre no se está arriesgando nada. Y yo, fanática del oxímoron, pienso en una frase para esto: “tensa calma”.

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